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Editorial II

El trauma de la desmalvinización

Opinión

DE las guerras y sus penosas consecuencias mucho se conoce. Sin embargo, por densa que sea la información al respecto, golpea de manera diversa cuando el conflicto bélico y sus secuelas físicas o morales han afectado al país, a nuestro pueblo y, en especial, a quienes fueron nuestros combatientes. Uno de los aspectos más insidiosos del mal de la guerra es el que perdura en la posguerra como trauma de naturaleza psicológica que parece no cicatrizar aunque corra el tiempo. En esa situación se hallan quienes vivieron crueles experiencias próximas a la muerte en el frente, luego acumularon las frustraciones de la derrota y sobre todo sintieron, al regresar, decepción y olvido en vez de reconocimiento y apoyo.

Así como la guerra reclama una especial preparación para afrontarla, la posterior desmovilización requiere otro proceso de adaptación para reinsertarse en la vida diaria. Porque el comportamiento bélico obliga a enfrentar situaciones anormales que exigen, también, conductas fuera de lo normal como respuesta. De ahí que sea indispensable atender al soldado que se prepara y al que se le da la baja con los mejores recursos de la higiene mental, la psiquiatría y la asistencia social, según demande. Los que combatieron en las islas Malvinas no contaron con auxilio suficiente y el vacío experimentado fue terrible para muchos de ellos.

La conciencia de que no fuimos solidarios con los soldados convocados en las Malvinas se reaviva cada vez que se tienen noticias de muertes por suicidio de ex combatientes. Si bien las estadísticas a mano no son oficiales, las cifras menores alcanzan a 350 casos; las mayores agregan un centenar más. La magnitud de estos datos surge de inmediato si se tiene en cuenta que el hundimiento del crucero General Belgrano provocó 323 muertes y que otros 326 soldados argentinos fallecieron en los enfrentamientos ocurridos en el archipiélago.

Se advierte entonces que la posguerra ha estado lejos de dar la ansiada paz para quienes volvieron, y así es como no cesan las noticias impregnadas del luto por los que han seguido atentando contra su vida pese al plazo transcurrido.

Esta dura realidad demuestra cuánto se omitió hacer al regreso de los soldados de las Malvinas. Fallaron los poderes públicos que no dieron la atención médica adecuada ni facilitaron la reinserción laboral o la continuidad de estudios de esas personas, y fallamos nosotros también como sociedad, al no saber dispensar la contención afectiva necesaria.

Es evidente que la guerra constituyó un grave error político y militar. La posguerra, por su parte, desnudó las debilidades de nuestra sociedad que parecería haber querido olvidar una historia penosa.

Hace poco tiempo un film revivió recuerdos y puso fallas y culpas dolorosas a nuestra reflexión, signo elocuente de que la deuda contraída está pendiente y debe ser redimida. Si se necesitara un caso concreto más para meditar, habría que citar el caso del ex combatiente Ignacio Bazán, condecorado con medalla de honor por acto de arrojo, que luego debió empeñar su medalla por falta de recursos y concluyó suicidándose. Acaso sorprenda agregar lo ocurrido con los ex combatientes del Reino Unido, que registraban ya en 2002 tantas muertes por suicidio como por combate. Tampoco allí las cifras son oficiales y fueron dadas por una organización de veteranos.

Podría decirse, en fin, que la desmalvinización no se ha cerrado para quienes participaron en esa guerra. No nos abandona el deber de hacer por los nuestros lo que corresponde sin más demora. Se trata de atender como se merecen a hombres que hoy tienen alrededor de 43 años y han padecido las fallas de una sociedad que, en buena medida, los ha defraudado. .

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