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Colectividades: aporte productivo en el sudeste bonaerense

El fruto del trabajo holandés en Tres Arroyos

Campo

Llegados hace más de 115 años, introdujeron su cultura de trabajo en el campo, crearon instituciones señeras y formaron la colonia más importante de la Argentina

TRES ARROYOS.- Este partido del sudeste bonaerense, capital provincial del trigo y polo agrícola por excelencia, atesora entre sus surcos y a la sombra de sus árboles el sudor y el trabajo incansable de muchos inmigrantes pioneros. Llegaron a estas tierras dispuestos a labrar un futuro próspero, sin más herramientas que sus cuerpos fornidos y confiados en su fe religiosa. Pasaron años de carencias y sacrificios pero concretaron la obra, matizada con cereales, vacunos, flores, tambos y quesos.

Los primeros holandeses desembarcaron en Tres Arroyos hace más de 115 años, sin saber que convertirían a aquella lejana estación -por entonces la más austral del Ferrocarril del Sud- en la ciudad sede de la colonia más importante y numerosa de holandeses radicados en suelo argentino. La Iglesia Reformada, la Cooperativa Rural Alfa y el Colegio Holandés, además del ejemplo en el modo de cultivar la tierra, son los principales aportes de este grupo humano a la localidad que el próximo 31 de marzo recibirá a los máximos representantes de la Casa Real de Orange Nassau.

"Los colonos holandeses venían con una cultura de trabajo de campo mucho más avanzada que la de la gente criolla y fueron para adelante, progresando año tras año; actualmente

casi un 10 por ciento de Tres Arroyos está explotado por descendientes de holandeses", contó Elba Zijlstra, gerente de la Cooperativa Alfa y nieta de don Diego Zijlstra, uno de los patriarcas de la colectividad, que llegó junto a sus padres y hermanos en 1889.

La superficie en el país de los molinos de viento, surcado por canales y represas, es de 41.528 kilómetros cuadrados, muchos ganados al mar y densamente poblados. Viajaron durante más de un mes en barco y se adentraron en las inmensidades bonaerenses, siete veces más grande que su patria, pero dominada por pajas vizcacheras y pueblos de campaña. Todo estaba por hacerse.

"Fue muy dura la vida de los primeros inmigrantes porque vinieron tras una promesa que nunca se cumplió. Muchos regresaron, otros murieron y los más fuertes quedaron", expresó Ida van Mastrigt, cónsul del Reino de los Países Bajos en Tres Arroyos y nacida en ese país.

Hacia fines del siglo XIX, cinco años después de la fundación de la ciudad que toma su nombre de los arroyos Orellano, del Medio y Seco, hubo dos intentos de colonización: uno en La Hibernia, una estancia propiedad de don Enrique Butti, y el otro en Cascallares, impulsado por Benjamín del Castillo. "Fue la inmigración más sufrida", contó Zijlstra, de 51 años.

La colonia de Castillo fue la que trajo la mayor cantidad de holandeses y alrededor de 80 familias de esa nacionalidad se asentaron en sus tierras. Cuentan que prácticamente todos los días salían carros con cuerpos para ser sepultados en el cementerio. La alimentación era una de las principales barreras: estaban acostumbrados a comer verduras y desconocían la manera de preparar la carne, que terminaban hirviendo. No existían los alambrados, el suelo nunca se había movido y escaseaban las herramientas de trabajo. Los rebaños de ovejas eran más frecuentes que los vacunos, chúcaros y huidizos.

Muchos holandeses se vieron obligados a abandonar el país o dedicarse a algún oficio en Tres Arroyos. Pero hubo un grupo que logró continuar con sus propósitos y comenzó a trabajar las tierras de lo que hoy es San Cayetano. Con arados tirados por bueyes y hasta con palas contribuyeron a cambiar la fisonomía de la llanura tresarroyense.

Segunda oleada

En 1924 los tiempos eran mejores y llegó una segunda oleada inmigratoria de jóvenes chacareros. El pastor Sonneveldt -padre de Cornelia S. de Verkuyl, la holandesa más antigua que vive en Tres Arroyos, con 96 años- fue el artífice de esta nueva esperanza al difundir las bondades de las tierras pampeanas durante sus vacaciones por Holanda.

Antes de la cosecha de esa campaña arribó el nuevo grupo a los pagos de San Cayetano. Zijlstra y Olthoff los recibieron y les asignaron sus quehaceres. Algunos cumplieron con su trabajo y volvieron, otros no se irían nunca más.

Humberto J. Groenenberg, Jaapje para sus conocidos, tiene 41 años, trabaja en el campo y es nieto de uno de esos holandeses. "Ellos traían una manera de trabajar que acá no se conocía, con mucha organización, tecnología y orden", relató. Su abuelo regresó a la patria que lo vio nacer tras cumplir con su cometido, pero volvió al año siguiente con el capital necesario para arrendar una pequeña parcela, que con el tiempo se transformó en un campo de 3000 hectáreas de su propiedad.

"En ese tiempo, en la Argentina se estaba bien y había mucho trabajo; con una cosecha se pagaban el pasaje de ida y vuelta y se ahorraban unos pesos", agregó Pedro Ouwerkerk, hijo de un holandés.

El espíritu solidario, las convicciones religiosas y el empeño por conservar sus costumbres los mantuvieron unidos, trabajando campos cercanos entre sí. Compraban los comestibles y otras mercaderías en conjunto y ahorraban así un 30 por ciento de su costo. "Es la colonia más grande de la Argentina y sus miembros conservan la forma de trabajar; aun los de la segunda y tercera generación encaran con mayor seriedad y con mejor visión económica los proyectos", expresó, de paso por su ciudad natal, Jaime Kolen, un tresarroyense que emigró al país de sus padres.

Guiados por ese espíritu, en 1931 entraron en negociaciones con Candia, un estanciero de Tres Arroyos, propietario de La Federación. Llegaron a un buen acuerdo de arrendamiento y deshicieron todo lo hecho en San Cayetano, alambrados, casas, molinos y galpones, para trasladarse a las nuevas tierras. Todavía ninguno tenía campo propio, oportunidad que sólo les llegó cuando fundó la colonia de San Francisco.

En su mayor parte eran agricultores, pero también había gente dedicada al tambo y a otras producciones. "Mi abuelo materno es floricultor y se vino solo; acá formó una sociedad con otro holandés y se dedicó a cultivar flores, actividad que todavía continúa la familia", contó Evelina Attema, una joven de 23 años con todos sus ascendientes ligados al país de los zuecos y los tulipanes. Por parte de la familia del padre son tamberos. "Es como que siempre hemos estado entre las flores y las vacas."

Los colonos se mantuvieron inquietos a la hora de buscar nuevas alternativas para el desarrollo de esta porción de la pampa. Instalaron un molino forrajero para afrontar la escasez de pastos y llegaron a producir el 70 por ciento del total de la leche ordeñada en la zona. También hicieron ensayos con soja y girasol cuando éstos eran cultivos desconocidos en la región, y hasta fueron pioneros en importar fertilizantes.

Enriqueta Prinzen de Zandstra quedó como la cabeza de una familia de tamberos. "Tenemos alrededor de 280 vacas y 6000 litros de leche de producción, se hacen dos ordeñes por día y mediante un chip, al ordeñarlas, sabemos cuántos litros da cada una de ellas", contó esta mujer nacida en Holanda que vive en el campo. Su hijo Walter está al frente de Trelactea, una conocida empresa local.

Nada le fue fácil a aquel grupo de inmigrantes rubios que desembarcó en Tres Arroyos cuando esta pujante ciudad era tan sólo un caserío en medio de la campaña. Pero con tenacidad y empeño alcanzaron el cometido. "No vinieron simplemente para hacer la América; sentían que aquí, en su nueva patria, que iba a ser el país de sus hijos, tenían que cumplir una misión", resumió alguna vez Abraham Groenenberg.

El colegio anhelado

TRES ARROYOS.- Una de las principales preocupaciones de los inmigrantes holandeses fue la educación de sus hijos, conservando las costumbres y las tradiciones traídas de Europa. El fruto de esos anhelos es el Colegio Holandés, lugar donde se recibirá a los miembros de la Casa de Orange Nassau en su próxima visita a Tres Arroyos.

De orígenes campestres, el Colegio surgió en la chacra de Jacobo Groenenberg, dentro de La Federación. El fue el encargado de traer un maestro de su tierra natal y Nicolás de Koning comenzó a andar el camino hacia lo que es hoy el Colegio Holandés.

En 1939 llegó el recordado maestro Cornelio Slebos, que, al igual que su antecesor, día por medio viajaba en sulky a dar clases en la ciudad, guiado por sus caballos Duque y Pobre.

Cuando la colonia se mudó a las tierras de San Francisco de Bellocq, el Colegio -con internado- se radicó definitivamente en Tres Arroyos. Sólo en 1946 se adquirió el edificio propio, gracias al esfuerzo conjunto de todos los miembros de la colectividad.

La institución es por estos días una de las escuelas más prestigiosas de la ciudad, a la que concurren alrededor de 600 alumnos.

Como los abuelos

Al igual que sus abuelos, actualmente muchos desarrollan su actividad en el campo, como agricultores, tamberos, ganaderos o floricultores. .

Por Carolina Buus Para LA NACION
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