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Opinión

Trujillo, el dictador psicópata

Enfoques

La criminal desmesura del más terrible, arbitrario y despótico régimen que haya padecido América latina es el eje de la novela La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que su primo Luis Llosa acaba de llevar al cine con admirable fidelidad

 
 

Primero en el festival de cine de Berlín, y luego en Madrid, se acaba de exhibir "La fiesta del Chivo", una película escrita y protagonizada en inglés, dirigida por el peruano Luis Llosa, cuñado de Mario Vargas Llosa, autor de la novela de igual título publicada en el año 2000 con extraordinario éxito. Luis Llosa es un experimentado realizador de cine, conocido en toda América latina por sus telenovelas y en Hollywood por dos films de aventuras muy taquilleros: "El especialista", con Sylvester Stallone y Sharon Stone, y "Anaconda", con Jennifer López.

La actuación de "La fiesta del Chivo" estuvo a cargo de un reparto fundamentalmente europeo: Isabella Rosellini, Tomás Milián ?un cubano italiano formado en el Actor´s Studio de New York?, una espléndida Stephanie Leonidas y el británico Paul Freeman, excelente actor de carácter capaz de transmitir con unos pocos gestos toda la infamia, la ambigüedad y el dolor de un padre que le entrega su hija adolescente al anciano dictador para que la desvirgue, a cambio de recuperar sus privilegios políticos.

La película de "Lucho" Llosa cuenta dos historias perfectamente articuladas: la de la muchacha deshonrada y la de la conspiración para asesinar al dictador Rafael L. Trujillo, ajusticiado el 30 de mayo de 1961 por un comando formado por ex partidarios del gobierno que se habían convertido en enemigos del "Chivo", uno de los sobrenombres con que el pueblo se refería al despótico militar. Pero, al margen de las anécdotas con que se trenza ese hilo argumental, hay algo todavía mucho más importante que trasciende en el film: la atmósfera de terror, adulonería y salvajismo a que fue sometida la sociedad dominicana durante tres interminables décadas de horror y degradación.

Trujillo fue el más monstruoso, arbitrario y pintoresco de la larga cadena de dictadores que ha padecido América latina. Le quitó el nombre a la ciudad más antigua de América, Santo Domingo, y la bautizó como Ciudad Trujillo. En las ceremonias se cubría la cabeza con un bicornio emplumado y el pecho con mil estrafalarias medallas. Hacía despedazar a sus enemigos y con los restos de los cadáveres alimentaba tiburones o perros feroces. Se acostaba con cualquier mujer que le apetecía, ya fuera la esposa de un colaborador o la hija de un campesino. Nombró coronel del ejército a uno de sus hijos cuando tenía siete años. A los diez lo hizo general. Ordenó que lo llamaran Primer Maestro, Primer Médico, Primer Periodista de la República y Benefactor de la Patria. Se lo calificaba de Genio de la Paz, Protector de todos los obreros, Salvador de la Patria y Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos. Organizó campañas para obtener el Premio Nobel de la Paz para él y el de Literatura para su mujer, una señora cursi que amaba la ópera Aída y por eso le puso a dos de sus hijos Ramfis (el precoz militar) y Rhadamés.

El mundo creado por este psicópata tal vez no ha tenido parangón en Latinoamérica. Ni Fidel Castro con sus vacas enanas, sus diez mil muertos, su histrionismo de feria y sus discursos de ocho horas; ni José Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo, el paraguayo que en la primera mitad del siglo XIX secuestró a su país y lo aisló del mundo durante 26 años; ni el irresponsable Antonio López de Santa Anna, perdedor de Texas, el dictador mexicano que hizo enterrar con honores militares una pierna cercenada en combate, que ni siquiera era la suya, se comparan en ridiculez, crueldad y perfidia con el dominicano Trujillo, arquitecto de la dictadura más loca y terrible de cuantas ha padecido la región.

Pero es, precisamente, esa criminal desmesura lo que se convirtió en el gran reto de esta película. ¿Sería creíble ver en pantalla a Trujillo humillando públicamente a uno de los jefes militares con el detallado relato del placer sexual que le proporcionaba la esposa de su subordinado? Tomás Milián lo logra. Consigue hacer verosímil al personaje, de la misma manera que Marlon Brando le dio vida al loco coronel Kurtz en "Apocalipsis now". Nada de insinuar los rasgos del demente. Había que mostrarlos sin recato, incluso exagerando, porque no hay otra forma de encapsular en cuatro escenas y apenas ciento veinte minutos todo el horror y la perversión de una tragedia brutal que duró treinta años y envileció a casi toda la sociedad en ese largo periodo. Cuando se apagan las luces los espectadores, consternados, salen en silencio, cabizbajos. Creo que han comprendido.

© LA NACION y Firmas Press .

Por Carlos Alberto Montaner
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