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Los intelectuales y el país de hoy

"Sin guerra, ya serían nuestras las Malvinas"

Política

Opina el embajador Carlos Ortiz de Rozas

A las cuatro de la mañana del 2 de abril de 1982, Carlos Ortiz de Rozas descansaba en un hotel romano cuando lo despertaron para comunicarle que fuerzas argentinas estaban desembarcando en las Malvinas.

"No me gusta hablar de invasión; uno no invade lo que es de uno", dijo el ex embajador en Gran Bretaña cuando se desató la guerra. Pero, aunque cree que las Malvinas son y seguirán siendo una causa nacional, tiene la certeza de que la guerra fue un error y que sin ella es probable que el país tuviera hoy soberanía sobre las islas.

Ortiz de Rozas tiene una carrera diplomática intensa. Llegó a ser propuesto para el cargo de secretario general de las Naciones Unidas y obtuvo 13 votos sobre 15. Su candidatura fracasó por el veto de la Unión Sovietica pero Ortiz de Rozas fue dos veces presidente del Consejo de Seguridad y presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, además de embajador en París de 1984 a 1989. Autor de numerosos artículos sobre temas de geopolítica y política exterior, Ortiz de Rozas es descendiente directo de Juan Manuel de Rosas. Está casado con María del Carmen Sarobe.

"La admiración por mi tatarabuelo no es una cuestión de la sangre. Tengo un respeto muy profundo por el papel que le correspondió jugar a Rosas, que fue el defensor de la soberanía argentina. Pero mi admiración no impide mi reconocimiento a otros próceres que lo combatieron. No voy a dejar de honrar a Sarmiento. Si lo combatió a Rosas, bueno, allá él. Todos ellos, en su medida, construyeron una gran Argentina", dice.

-Hemos recordado los 30 años del golpe militar y se ha destacado la importancia de tener memoria. Pero para muchos es una memoria parcial. ¿Coincide?

-Hay que tener memoria, pero no se debe parcializar la historia, porque entonces los vencidos estarían escribiendo la historia argentina de aquellos años. Las vencidas fueron las agrupaciones terroristas guerrilleras. Los montoneros y el ERP liquidaron a argentinos indefensos, y no estoy hablando de militares, sino de civiles. Hablo de Soldati, de Rucci, de Mor Roig, a quienes se asesinó fría y cobardemente. Cuando se asesina a mansalva es condenable desde todo punto de vista, de la misma manera que los excesos cometidos por el gobierno militar lo son. La tortura no es compatible con el honor militar. Pero la historia no puede reducirse solamente a lo malo que hizo el gobierno militar.

-¿Por qué ocurre esto?

-Porque los que estuvieron del lado de enfrente están hoy en el gobierno. No vale la pena dar nombres: todo el mundo los conoce y están en cargos importantísimos.

-¿No existe la misma vocación por tener memoria sobre las Malvinas?

-Yo creo que sí. Las Malvinas han sido, son y serán siempre una causa nacional. Pero no tenemos al respecto una política de Estado.

-¿Tampoco antes de 1982 hubo una política de Estado sobre el tema Malvinas?

-Tampoco. Hubo, sí, hitos extraordinarios, como fue la llamada política de comunicaciones, muy criticada por los ultras.

-¿Quiénes eran los ultras?

-Gente que siempre boicoteaba todo porque quería soluciones absolutas, pero que lo único que conseguía era hacer fracasar todo intento de una solución pacífica. Eran militares, pero también había muchos civiles. Siempre dificultaron la tarea de la Cancillería.

-¿Por qué fue extraordinaria esa "política de comunicaciones"?

-El acuerdo se firmó el 1º de julio de 1971. Antes, en 1966, yo era encargado de negocios en Londres y estaba a cargo de la embajada cuando Henry Hohler, subsecretario del Foreign Office para Asuntos de América del Sur, y Robin Edmonds, jefe de la división del Foreign Office a cargo del tema Malvinas, me invitaron a almorzar. Hohler me dijo que las islas habían dejado de tener el valor estratégico que habían tenido para la marina británica en las dos guerras mundiales. Creía que había que resolver la disputa de soberanía ya que, tarde o temprano, la Argentina recuperaría las islas, pero que no se podía hacer de una manera repentina. "Es necesario que ustedes conquisten las mentes y los corazones de los isleños, para que no haya resistencia de parte de ellos", dijo Hohler. Esta conversación la transmití a Buenos Aires y a partir de entonces empezó un largo camino que fue la negociación para el acuerdo de comunicaciones de julio de 1971.

-¿Cómo se concretó el acuerdo?

-Con becas para que los hijos de los isleños pudieran estudiar en los mejores colegios ingleses de la Argentina, con la construcción de una pista de aterrizaje que operaba Líneas Aéreas del Estado (LADE), con el establecimiento de YPF en las islas... Con todo esto se fue creando un clima de confianza. El 11 de junio de 1974, la embajada británica en Buenos Aires le propuso al gobierno argentino un condominio en las Malvinas. La propuesta era extraordinaria: los idiomas oficiales serían el español y el inglés, los isleños iban a tener doble nacionalidad, se suprimían los pasaportes. Los gobernadores de las islas serían nombrados alternativamente por la reina y por el presidente argentino, las dos banderas iban a flamear en las islas...

-¿Los malvinenses apoyaban eso?

-Esa propuesta tenía la aprobación del Consejo Legislativo y del Consejo Ejecutivo de las islas. Perón, inteligentísimo, le dio instrucciones a Vignes, su canciller, quien me dio una fotocopia de ese acuerdo. Le dijo: "Vignes, esto hay que aceptarlo de inmediato. Una vez que pongamos pie en las Malvinas no nos saca nadie y poco después vamos a tener la soberanía plena". Pero el diablo metió la cola y dos semanas después, antes de que Vignes pudiera hacer nada, murió Perón. Cuando el canciller insistió con la viuda, Isabel Martínez de Perón, ella le dijo: "No tengo la fuerza política del general para venderle esto a la opinión pública". Evidentemente, muchos argentinos se iban a resistir a la soberanía compartida, con esa errónea visión del todo o nada. Bueno: fue nada. Y puedo asegurar que estábamos muy cerca de una solución diplomática negociada. Muy cerca...

-¿Cómo se enteró del desembarco?

-Me enteré a las 4 de la madrugada del 2 de abril. Me llamó el subsecretario de Relaciones Exteriores, Enrique Ross, de parte del canciller Costa Méndez. Estaba en Roma desde hacía un par de semanas tratando la negociación por las islas del Canal de Beagle, bajo la mediación de Juan Pablo II. Cuando miro en retrospectiva entiendo por qué el 7 de enero de 1982, sin tener el más mínimo justificativo, me llamó Costa Méndez para anunciarme que iba a ser reemplazado en la embajada en Londres. Me ofreció la embajada en Italia. Lo que querían era poner un almirante para que tuviera la gloria de la recuperación de las Malvinas. Estaba muy bien pensado dentro del esquema militar.

-Pero no resultó...

-No lo lograron porque el gobierno inglés se enteró y el embajador inglés en Buenos Aires, Anthony Williams, hizo una presentación diciendo que tenían información de que se podía enviar a un marino y que no sería bien recibido en Londres. Por eso lo pararon. Finalmente me dejaron en el puesto, pero me pidieron que me hiciera cargo de la negociación en Roma, con lo cual me sacaban del escenario algunas semanas al mes.

-Usted tenía trato frecuente con Juan Pablo II. Se dijo que el Papa viajó a la Argentina para convencer a los militares de que detuvieran el baño de sangre. Su viaje coincidió con la rendición...

-Eso, como decía mi padre, son pamplinas. El no sabía que era el final. Nadie lo sabía. El papa me contó que había sido recibido muy cálidamente y que le había impresionado que cuando el papamóvil pasaba entre filas de policías que estaban allí para protegerlo, esos policías se hacían la señal de la cruz y se arrodillaban. Eso le dio la pauta del fervor católico del pueblo argentino.

-¿La guerra fue un error?

-Fue una decisión política a todas luces equivocada y dramática. Yo rindo homenaje emocionado a los que murieron en combate por una causa justa, pero, para mí, se atrasó el reloj de la historia por muchísimo tiempo.

-Si no hubiera ocurrido la guerra, ¿ya tendríamos la soberanía en Malvinas?

-Creo que sí. Al menos, estoy seguro de que habría un acuerdo en virtud del cual, pasados unos años, se reconocería la soberanía plena argentina, como fue con Hong Kong. La última ronda negociadora con los ingleses fue el 27 y 28 de febrero y el 1º de marzo de 1982. Fíjese de qué año estamos hablando. Estábamos negociando un retroarriendo, consistente en un período de administración inglesa antes de ceder la soberanía total. Estábamos hablando en término de una o dos generaciones, 40 o 50 años a lo sumo. Ya ha pasado la mitad de ese tiempo. Quiere decir que como máximo para 2030 las Malvinas hubieran sido argentinas sin necesidad de disparar un tiro y sin necesidad de que hubieran muerto más de 600 buenos argentinos, más todo lo que vino después, incluida la tristísima historia de los ex combatientes que se suicidaron. .

Por Carmen María Ramos Para LA NACION
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