Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Gitanos, una nación sin tierra

Opinión

Por Jorge Nedich
Para LA NACION

UN 8 de abril de 1971 tuvo lugar en Londres el primer Congreso Mundial Gitano, con los más importantes líderes de la comunidad. Se pudieron escuchar por primera vez los compases del himno y también contemplar la bandera gitana. El mundo moderno, a pesar de haber reconocido entonces los símbolos patrios gitanos, tardó once años más en otorgarles el rango definitivo de nación.

En la Unesco hubieron de aceptar el reclamo gitano cuando sus representantes sostuvieron -echando mano a un supuesto oxímoron- que la nacionalidad gitana debía ser internacional, por la sencilla razón de que, al ser un pueblo nómade, jamás poseyó territorio. Por lo tanto, se debía entender que la nacionalidad gitana no tenía, ni tiene, nada que ver con la tierra, sino con una férrea conciencia social de grupo.

En la actualidad, el pueblo gitano está constituido por más de diez millones de personas que viven diseminadas por todo el mundo, con la nacionalidad del país de donde cada una de ellas es originaria y su nacionalidad gitana. En Europa, es la minoría étnica más importante y numerosa, con más de ocho millones de personas. Ocho países de ese continente han resuelto impulsar un proyecto para los diez años que van de 2006 a 2015: la Década para la Inclusión de los Gitanos; un programa auspiciado por el Banco Mundial y la Fundación Soros.

Este año, como los anteriores, está previsto que se celebren diversos actos culturales, lúdicos e institucionales, entre ellos una recepción en el Parlamento Europeo. La celebración del 8 de abril ha supuesto, en los últimos años, una importante ocasión para el reconocimiento de la historia oral de los gitanos, de su diversidad grupal, de su diversidad lingüística, de sus múltiples sublenguas y de su idiosincrasia, matizada siempre por los préstamos culturales impuestos o autoimpuestos a lo largo de su extenso derrotero.

A partir del 8 de abril de 2002 se adoptó una vistosa celebración que ha sido extraída de la milenaria pomana, ceremonia que procura limpiar el alma de los difuntos a los 39 días del deceso, justo un día antes de ser recibidos en el cielo. Consiste en acompañar el tránsito a la otra vida arrojando al río, el gran nómade, todo aquello que hubiera agradado a los muertos. Es la llamada Ceremonia del Río, en la cual las organizaciones gitanas se reúnen frente a los principales ríos en todo el mundo para lanzar al agua flores y velas en recuerdo de sus antepasados y, especialmente, de las víctimas gitanas asesinadas por la barbarie nazi. La fecha también es conmemorada como una llamada de atención a la discriminación: según mediciones avaladas por el Inadi, ésta es la sociedad que en más alto grado la sufre en el mundo.

El trabajo de las asociaciones gitanas y progitanas que luchan contra este flagelo en muchos casos se ve superado por los múltiples frentes en los que deben dar batalla. La brecha que hay entre las asociaciones y sus integrantes alfabetizados y un pueblo que todavía conserva las marcas de una milenaria cultura basada en la oralidad y el nomadismo, por ejemplo, es muy ancha. Por lo tanto, la comunicación entre ambos sectores es compleja. La tarea de divulgación se dificulta y el ingreso en el sistema burocrático del mundo moderno intimida y produce sospechas de todo tipo.

No se debe confundir cultura oral con analfabetismo, ya que los niños reciben educación oral de sus padres y, especialmente, de sus abuelos. El analfabetismo, en cambio, es un flagelo padecido por un individuo excluido que ha perdido su categoría de ciudadano por deficiencias del sistema. En el pasado, todos los cercenamientos hechos al pueblo gitano se han realizado por medio de instituciones estatales que, con supuestos planes de integración, incurrían en maltratos o, en los peores casos, en persecuciones, con muertes a granel.

Otro de los inconvenientes que aguarda una pronta solución es la falta de cohesión entre los diversos grupos que conforman esta nación, que a sólo 24 años del reconocimiento internacional, sin una representatividad fuerte -salvo en Europa- y con sus integrantes dispersos por el mundo, padece la falta de unión. Lograr un frente prolijo no parece, de momento, una tarea sencilla. De la plurigrupalidad se desprenden las fuertes luchas políticas que dan lugar a las duras internas por los espacios de poder. La falta de una clara delimitación de esos espacios culminó con la pérdida del único representante gitano que había en las Naciones Unidas.

También es cierto que, a pesar de las internas y de esa pérdida, el tema viene ganando un espacio cada vez más importante en las agendas de los mandatarios europeos. Eso se debe, sin duda, al trabajo de las asociaciones, que obligan a la toma de conciencia. En toda América latina las asociaciones están bastante apartadas de la ardua tarea que realizan sus pares europeas. Eso se debe, en primer lugar, a que la discriminación en este continente es menor, y es menor también la tarea de las asociaciones, aunque no es menor el trabajo social que debe realizarse. Cabe señalar aquí una excepción, y es el liderazgo que en la región lleva adelante la Asociación Prorom de Colombia, que ha logrado entrevistarse con el presidente colombiano y ha gestionado una aceptable cobertura social para sus integrantes y un mayor respeto de la sociedad colombiana a la identidad gitana.

En la Argentina no hay asociaciones que reclamen por los derechos de los gitanos locales, ni existen trabajos sociales destinados a estos ciudadanos argentinos y gitanos. Es una población que jamás ha sido censada en el país. No se sabe en qué porcentaje la población infantil asiste a las escuelas públicas ni hay planes sociales que incluyan al grupo entre sus objetivos. No hay planes educativos que promuevan una mayor inserción social y hagan descender el antagonismo.

La discriminación es muy alta. El país tiene, además, algunos antecedentes lamentables de violencia, que comenzaron durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, cuando, en un triste episodio, fueron incendiadas unas cien carpas, causando víctimas fatales. Después de la revolución que truncó su segunda presidencia, fueron expulsados los gitanos que vivían en el predio que hoy ocupa la plaza Houssay porque afeaban el paisaje, y por el mismo motivo se desalojó a todas las familias que vivían en lo que hoy es el paseo de la Recoleta.

En la década del 70, durante el conflicto con Chile, gran cantidad de gitanos nómades sufrieron el secuestro de sus camionetas a manos del Ejército. Jamás les fueron devueltas. Y durante la presidencia de Raúl Alfonsín se prohibió el tránsito de gitanos por la provincia de Río Negro. Además de estos antecedentes, nunca hubo, desde el Estado nacional, una política de integración real, que promoviera como valor supremo el reconocimiento del otro, con sus valores y sus creencias.

Se calcula que en la Argentina viven alrededor de 40.000 gitanos. Pertenecen a diversas castas, que podríamos dividir en dos grandes grupos: el eslavo, que ha llegado al país alrededor de 1880 y es el más numeroso, y el de gitanillos españoles, que llegó a mediados del siglo XX, aunque también se dice que este grupo llegó como parte de la tripulación de Pedro de Mendoza, en 1536, y que posteriormente los Reyes Católicos enviaron a varios cientos de ellos para poblar las colonias españolas que iban desde Puerto Rico hasta Buenos Aires. Lo cierto es que hace exactamente un año, en un acto realizado en el Salón Dorado del antiguo Concejo Deliberante, tuvo lugar el primer reconocimiento hecho por la ciudad a esta cultura, que lucha por el reconocimiento de un espacio propio en el mosaico de la República Argentina.© La Nacion .

El autor es escritor. Su última novela, El aliento negro de los romaníes, fue finalista del Premio Planeta 2004.
TEMAS DE HOYInseguridadSergio BerniArgentina en defaultNarcotráficoMundial de Básquet