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Hacia el Bicentenario: el juicio del siglo

De las ilusiones del 1900 a la cadena de decepciones que lleva hasta hoy, la Argentina recorrió un sinuoso camino que la revista Punto de vista se propone analizar en una serie de artículos escritos por diversos intelectuales. Aquí, adelantamos un fragmento del primero de esos textos

Domingo 09 de abril de 2006
PARA LA NACION

Los cien años se cortan en segmentos desiguales. La Argentina fue contemporánea de su época: la ampliación de la república en 1916; las primeras vanguardias en los años veinte y la modernización cultural de las décadas siguientes, el protagonismo de la corporación militar desde 1930; el peronismo, populismo plebiscitario y carismático, primero en su dimensión social y política, luego en su giro hacia la violencia y el terrorismo, finalmente en su restauración neoliberal y su reconversión a un nacionalismo populista de nueva era; el arte político de los años sesenta, en paralelo a los cambios en las costumbres, la radicalización de las capas medias y la violencia revolucionaria; la dictadura militar de 1976, culpable de crímenes que superaron cualquier otro crimen, y la aventura soberbia e ignorante de la invasión a las islas Malvinas, cuyos muertos hicieron posible la recuperación de la democracia. Trataré de seguir un hilo cultural que se cruza con estos hechos del pasado.

Entre los dos centenarios, la modernidad argentina giró dos veces a lo largo de algunas líneas, de las que elijo: la prolongada batalla de los públicos; la imposición y transformación de la lengua; las modificaciones del concepto de pueblo y de su representación cultural y política. Considerarlas fundamentales no responde a una voluntad de síntesis, porque conflictos de todo tipo muestran que esos procesos no despliegan avatares comparables, salvo para el ojo de un historicista fanático que encuentre en el presente un reflejo de lo sucedido en el pasado. No es mi caso: lo que está en disputa puede parecer análogo pero no lo es. Los sujetos enfrentados tampoco son los mismos. Los hechos no se repitieron ni como tragedia ni como farsa. Y si algo caracteriza con precisión estos cien años es que el país cambió de modo radical. Por eso, jugar el juego de las comparaciones históricas demuestra erudición e ingenio, pero también la creencia de que vivimos en un teatro de fantasmas recurrentes. Lejos de la repetición con variaciones y simetrías, en cien años se pasó del país de señores al de masas y esto basta para preguntarse más por el cambio que por las recurrencias. [...]

Enigmas de la representación

¿Qué es el Pueblo y quién lo representa? Durante cien años, la cuestión a resolver fue su representación política no simplemente como hecho institucional sino como hecho de discurso y de cultura. Se exploraron y se experimentaron desde formas más o menos republicanas (la ampliación de la ciudadanía por la extensión del voto primero a todos los hombres, luego a las mujeres) hasta modalidades plebiscitarias características de lo que, desde los años treinta, se denominó democracia de masas para oponerla a la democracia de los ciudadanos.

La modernidad argentina fue primero, hasta 1930, democrático-republicana, y el Pueblo fue lo que las élites modernizadoras y poco más tarde el radicalismo definieron como cuerpo electoral de ciudadanos, cuya representación universal masculina se alcanzó, en la ley escrita, poco después del primer centenario. Desde 1940, el Pueblo se redefinió en los términos de una oposición cultural e ideológica (pueblo versus oligarquía) cuya representación fue populista plebiscitaria y tuvo al peronismo como espejo. En los años sesenta y setenta, el nacionalismo antiimperialista surgido de la radicalización de cristianos y peronistas definió al pueblo como sujeto y objeto de la lucha política y de la violencia guerrillera. La militancia formó junto al pueblo, en lugar del pueblo, luchó con el pueblo y para el pueblo. Hoy, finalmente, la categoría aparece bajo la modalidad populista mediatizada y ha perdido especificidad política. La "gente" o la "sociedad" no es el pueblo; los "pobres" sí lo son. De todos modos, la legitimidad democrática restaurada en 1983 necesita de un sujeto-pueblo, aunque sus contenidos ideológicos y políticos sean mínimos.

La violencia de los golpes militares quebró este arco varias veces y pudo conducirlo a una crisis definitiva. Sin embargo, y contra toda predicción plausible, los cien años tienen, en su comienzo y en su final, los dos períodos más extensos de gobiernos constitucionales. Dicho esto, la cuestión de la representación los atravesó de punta a punta, primero potenciada por las proscripciones y luego contradictoriamente irresuelta por el voto, porque el ganador no siempre fue considerado el representante de una mayoría política ideal y las intervenciones militares convirtieron esta deficiencia en su justificativo.

El enigma de la representación del Pueblo intrigó a los intelectuales particularmente. Grandes corrientes de la historia como el revisionismo, además de una reivindicación ideológica de las tendencias que resultaron derrotadas en el siglo XIX, construyeron una alianza (no sin antecedentes europeos) entre Pueblo y Nación. Quizás mejor sería decir Nación irredenta y Pueblo sometido. Su vocabulario permutó valores y significaciones: patria, caudillo, montonera, gaucho, litoral y provincias, ciudad-puerto, centralismo y federalismo, colonia, barbarie, invirtieron o transformaron sus valencias. La batalla revisionista comenzó en los años treinta y, en los cincuenta, ya había dicho todo lo que tenía para decir. Sin embargo, su verdadera impregnación como ideología de masas culmina mucho después por dos caminos: es la historia espontánea de la radicalización de los sesenta y setenta; es la forma espontánea de la divulgación histórica mediática de la última década, una narración simple y monocausal perfectamente afín con la digestión mediática de las cuestiones públicas.

Por supuesto: entre los revisionistas del treinta y cuarenta y los discursos difundidos por la industria audiovisual hay una curva descendente. Pero acompañada por una expansión muy fuerte en los nuevos públicos de masas. El punto medio de esa curva, entre los años sesenta y setenta, marca probablemente el de mayor intensidad política de los usos de la historia (basta leer la interpretación con que los Montoneros creyeron oportuno acompañar el asesinato de Aramburu) y también el de mayor centralidad de la idea de Pueblo como noción cultural y pivote de consignas y programas.

En síntesis: el proceso tiene al peronismo como clave de bóveda y recorre tres vías: electoral, en el comienzo de los cien años; social, en las décadas marcadas por el primer gobierno de Perón; revolucionaria en la traducción radicalizada del peronismo en los sesenta y setenta.

Estos cien años no dieron lugar a una representación de la izquierda, que encaró sucesivas aventuras frustradas: se acopló a la radicalización, que generó la estrategia violenta de los setenta; o mantuvo incólume, por la vía reformista, una marginalidad arcaizante que no estaba anunciada como destino en el comienzo del siglo XX. No existe hoy una identidad política de izquierda que supere sectores sociales muy restringidos.

Las palabras de la política, la definición de los significados y la asignación de los lugares simbólicos del campo político fueron operaciones donde el peronismo demostró una movilidad y potencia semántica inigualadas, tomando en préstamo temas de la izquierda, de la derecha, del fascismo, del nacionalismo revolucionario, del nacionalismo tradicional, del socialcristianismo, etc. etc. De las dictaduras militares no han quedado rastros en el vocabulario político, lo que señala su profundo fracaso de adoctrinamiento que tampoco era predecible cuando el golpe de 1976 pareció que se adueñaba por mucho tiempo de la Argentina.

La persistencia del problema de la representación de lo político en un léxico probablemente siga siendo fundamental en los próximos años. La crisis de los partidos es una crisis de lenguaje y toda crisis de lenguaje es una crisis de la capacidad representativa. La televisión tomó el lugar de esa representación. Si la representación política está llena de fisuras, la representación televisiva parece plena. Frente al tiempo prolongado de las instituciones políticas, la televisión trabaja con las potencialidades y promesas del tiempo real. Ofrece una solución imaginaria a conflictos que se resuelven, si pueden resolverse, en el curso tedioso, formalista y a menudo incomprensible de los plazos institucionales. A la irresponsabilidad, la incompetencia o la corrupción de la política, la televisión opone su magia de la completa inmediatez y muestra a quienes, en las últimas dos décadas, optan por la presencia directa en la escena pública como forma de lucha pero también, y fundamentalmente, como consecuencia de la desconfianza hacia toda mediación política.

Dos modernidades

Argentina en estos cien años atravesó dos modernidades. La primera, basada en la expansión electoral, la industria periodística y editorial, la asimilación del inmigrante y la represión de sus culturas y lenguas de origen, la "normalización" de los criollos, los indios y los mestizos, la urbanización. La segunda sostenida por la extensión de derechos sociales, la redefinición de la democracia, las intervenciones militares y el desarrollo de la industria cultural.

Después del golpe de estado de 1976 y la transición democrática, entramos en un tercer capítulo: hegemonía audiovisual, debilidad de la representación política e institucional, dos rasgos también atribuidos a la posmodernidad en Occidente. En estos cien años, de ser un país que prometía integración creciente, la Argentina se desintegró y exacerbó cortes sociales que contradicen todas las predicciones de la primera mitad del siglo, cuando los rasgos en cuya estabilidad se confiaba eran pleno empleo, alfabetización, ascenso social, universalización de derechos.

El centenario encuentra a la Argentina muy lejos de dos destinos imaginarios: ser como Europa (incluso en los años ochenta se soñó que había un posible pacto de la Moncloa para la transición democrática), hacer la Revolución (sobre todo desde que Cuba demostró que su camino pasaba por América). Uno de esos destinos caducó en todo el planeta; el otro demostró que los límites materiales son más fuertes que los programas y los deseos.

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