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Experiencias educativas: una costumbre que se impuso en todos los estratos sociales

Alumnos pupilos, una especie en extinción

Cultura

De los colegios tradicionales, sólo el St. George´s, de Quilmes, conserva una modalidad que tuvo su esplendor en los años 50

Las escapadas a hurtadillas en plena noche y las quejas por la sopa y el arroz con leche en el comedor escolar son algunos de los recuerdos que Miguel Cané evoca en su libro "Juvenilia", sobre sus años de internado en el Colegio Nacional Buenos Aires.

Estas memorias, similares a las de muchos otros ex alumnos pupilos, parecen historia antigua para las recientes generaciones.

El régimen de pupilaje, que existió en el país hasta la pasada década del 90, hoy está prácticamente desaparecido. El St. George´s Colleges, en Quilmes, parece ser el último ejemplo de esta tradición. Hoy, muchas escuelas agrotécnicas, liceos militares, escuelas hogares o de montaña albergan a algunos de sus alumnos por tiempo completo pero no denominan pupilos a sus alumnos.

"Me gusta porque vivo con mis amigos y además, en mi casa, en Capital, no tengo jardín", cuenta uno de los alumnos pupilos que cursa primer año del polimodal en el St. George´s. Entró a los 11 años y sigue una tradición familiar, ya que su padre también fue alumno del colegio.

En el edificio donde viven los varones los cuartos son individuales o dobles. En el de las mujeres son para dos o para cuatro. Mientras las chicas adornan sus cuartos con las fotos de sus familias y los muñecos de peluche sobre la cama, los chicos prefieren fotos de modelos, de autos o la bandera de su equipo de fútbol. Después de las 16.30, los pupilos quedan a cargo de los house masters que supervisan la disciplina en ambas casas.

Muchos de los chicos -cuyos nombres se mantienen en reserva por pedido del colegio- dicen que sus padres les ofrecieron la posibilidad y aceptaron. "Cuando ves a tus padres estas re-contenta porque hace cinco días que no estás con ellos. Si los extrañas los llamás por teléfono", dice otra de las alumnas.

Viviana Pérez, a cargo del área de Relaciones Institucionales del colegio, dice que una de las claves del proyecto es que no aceptan a chicos castigados. Los chicos están en el colegio porque quieren. "El pupilaje te da la oportunidad de ser más independiente, más organizado. Aprendés a tener responsabilidades", apunta otra de las chicas.

Un día en el colegio

La rutina comienza a las siete menos cuarto de la mañana. Todos deben estar listos para el desayuno, que se sirve a las 7.10, y se puede optar entre tostadas de pan blanco o de centeno, cereales, leche chocolatada, jugo de naranjas te o café.

A las 8 comienzan las clases y los pupilos se unen al resto de los alumnos del colegio. Vuelven al comedor para almorzar a la una del mediodía y para la merienda, a las 16.30. Después tienen libre hasta las 19. Aprovechan ese tiempo para jugar al tenis en alguna de las seis canchas que tienen el colegio, para bañarse en la pileta durante el verano u organizar un partido de fútbol mixto. También pueden ir a la biblioteca, a clases de teatro o tomar alguna lección particular de piano, violín, flauta traversa u otro instrumento.

De 19 a 20 hacen las tareas. Luego van a cenar. Todos los días se sirve una entrada, un plato principal y un postre. A las 20.30 vuelven a hacer las tareas hasta las 21.30. Antes de irse a dormir, a las 22, tienen media hora más libre que muchas aprovechan para ver un poco de televisión.

Inaugurado en 1898 con seis alumnos, en el St. George´s viven hoy 46 chicos y 28 chicas, de 11 a 17 años. Muchos son del interior, pero también hay de Buenos Aires y de Cuba, Brasil, Bolivia y Chile. Comparten las clases y muchas actividades con los alumnos convencionales, que se retiran diariamente a sus casas. Hoy algunos de los pupilos vuelven a sus casas los fines de semana y otros sólo una semana en mayo, otra en septiembre y tres en julio. Pero ya casi nadie se queda el sábado y domingo en el colegio. Los chicos del interior o del exterior muchas veces van a dormir a lo de algún amigo.

Los años dorados

El pupilaje tuvo una fuerte demanda en el país hasta la década del 50, cuando se expandió el número de colegios secundarios por todo el país, lo que terminó con la necesidad de mandar a los chicos a otras ciudades o pueblos para completar su educación.

También el aumento de los costos y las nuevas corrientes de la psicología, que indicaban que los niños debían permanecer más tiempo con sus padres, fueron causa de la desaparición.

Esta modalidad escolar era requerida por todo el espectro social, desde los colegios de elite, pasando por las familias que vivían en el campo, hasta los niños huérfanos o de bajos recursos que no podían ser mantenidos.

"Los padres mandaban a los chicos a los colegios de curas o monjas para que se los educará en forma integral, no sólo en lo académico", indica José María Del Corral, profesor de filosofía y presidente del Consejo Episcopal del Arzobispado de Buenos Aires. Y agrega: "Se les enseñaba a vivir y a convivir".

La Congregación de Hermanos Maristas tuvo colegios con alumnos pupilos en Mar del Plata, Rosario, Rafaela y otras ciudades. El último en abandonar esta modalidad fue el de Luján, en los años 80, aunque los hermanos maristas aún conservan un colegio agrotécnico en Darregueira, que alberga a los chicos durante la semana.

Para el hermano Magdaleno, director del colegio Champagnat, la extinción de estos colegios se vincula con la evolución juvenil ("antes los chicos eran menos sometidos. Hoy si un chico no quiere ir pupilo, no va", acota). Y recuerda que antes "no todos los pueblos tenían un secundario y los caminos eran muy malos".

El Colegio Nacional de Monserrat, en Córdoba, y el Nacional de Buenos Aires fueron los primeros colegios del país y ambos contaban con su "convictorio", un internado donde vivían y estudiaban los colegiales, que se prolongó hasta fines del siglo XIX.

En el pasado, los fuertes vínculos que se establecían entre los alumnos de los internados servían para acortar distancias políticas. "Rivadavia traía becarios del interior para que estudiaran en el Colegio de las Ciencias Morales, hoy Nacional Buenos Aires. Luego Mitre siguió esta política para que las elites de las provincias se hicieran amigas con las de Buenos Aires y después no se mataran", cuenta Horacio Sanguinetti, actual rector del colegio.

Similar fue el intento del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto a principio de la década del 70, cuando estableció un convenio con varios colegios ingleses con internado, para ofrecer una educación bilingüe a alumnos de las islas Malvinas. El objetivo era favorecer el intercambio con los habitantes de las islas y que luego estos chicos se radicaran en la Argentina. La guerra terminó con el convenio. .

Mercedes Monti
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