Desde los tiempos en que detestaban a las cantantes en inglés al extremo de echar a silbidos a Anita O´Day de un escenario, los franceses han cambiado completamente. Comenzaron por dar refugio en París a grandes intérpretes negras acabadas en su país, pero con resto suficiente para reubicarse en el tope del jazz vocal, como ocurrió con Abbey Lincoln, Nina Simone y Dee Dee Bridgewater, y de ahí ascendieron a crear divas propias, interesantes pero poco conocidas fuera de su territorio.
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La que se ha puesto de moda en los últimos años es Elisabeth Kontomanou, una mujer con madre griega y padre africano -tradiciones que se reflejan en su estilo- y dos décadas de actividad que incluyen discos espaciados, colaboraciones con Mike Stern y actuaciones en comedias musicales.
Alguien que comenzó titubeando como imitadora de Flora Purim -ya casi no se habla de esta originalísima vocalista brasileña- y creció hasta elaborar una personalidad tan fuera de lo común que es capaz de atraer la atención hasta cuando canta los estándares de costumbre.
Son sus dos últimos álbumes los que mejor muestran ese crecimiento: "Midnight Sun", de 2004, y el aclamado "Waitin´ for Spring", que publicó a fines del año pasado; una equilibrada selección de clásicos, antiguas canciones pop en camino de serlo y composiciones propias que no desentonan. Lo que sí parece fuera de lugar es la dedicatoria: "A las mujeres sin lugar donde vivir de todo el mundo y a sus hijos".
Ni el peor de los malvados dejaría de hacer lo posible por socorrer a esas desdichadas, pero un disco en el que la Kontomanou aparece en la tapa posando descalza igual que lo haría para la revista Vogue y canta temas como "Sunny", "Fever" y "La buena vida" -"... repleta de felicidad, parece ser el ideal", afirma la letra de Sacha Distel- no resulta el espacio apropiado para semejante declaración de solidaridad.
Casos parecidos de sospechosa corrección política se registraron en el festival Bainlieues Bleus, que finalizó el viernes pasado en la región de Seine-Saint Denis. Esta irreprochable muestra de músicas alternativas desarrollada a lo largo de un mes y medio incluyó un proyecto de fusión con la denominación "G.O.I.N", iniciales de las palabras inglesas correspondientes a la exhortación "¡Salgan de Irak ahora!"
Si los responsables de la ocupación no le han hecho caso ni a Bono, parece improbable que vayan a obedecer esa exigencia de Eugene Chadbourne, veterano guitarrista norteamericano, conocido como "el médico loco de la vanguardia", que con su free-country suele conseguir más palabras en la prensa que oyentes para "Tour de la Guerra del Golfo" o "La chica de Al-Qaeda", repertorio que, tocado ante generales en Bagdad, sería un acto de arrojo, pero en la sala Jacques Brel de Pantin y con un público que prefiere repudiar atrocidades distantes sin ver lo que sucede en la esquina, no resulta más que un gesto oportunista a expensas de una verdadera tragedia.
Burdo, pero al menos con la actualidad esperada en cualquier intento de oportunismo político, una condición que parece ausente en "Cacerolazo!! La Argentine en fanfare", la "création" presentada también en Bainlieues Bleus por el Urgente Quartet de la exiliada argentina Clea Torales, con la pretensión de "expresar musicalmente la cólera de un pueblo", sin reparar en que se va a cumplir un lustro del día en que las cacerolas sonaron por última vez y ya nadie recuerda el ruido que metían.
Resulta imposible aborrecer a Andrea Bocelli, porque se trata de un ídolo sin excesos que ha mantenido sus sencillas propuestas dentro del buen gusto y nunca hizo de su ceguera un espectáculo aparte.
Por eso suena imprudente el intento de hacer pasar su última producción, "Amor", por propuesta antibélica cuando es nada más que un blando álbum de temas románticos, el más convencional dentro de una discografía en la que no abundan las audacias. Si fuera cierto -como él dice- que lindas baladas pueden desalentar guerras, la segunda del siglo pasado no hubiera tenido lugar, porque "Amapola", elegida por Bocelli para iniciar el disco, se empezó a cantar en la década del veinte. .
