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Quizá los populistas tengan razón

Opinión

Por Jeffrey D. Sachs
Para LA NACION

NUEVA YORK

La aparición en América latina de gobiernos inclinados hacia la izquierda ¿presagia un giro continental hacia la izquierda dura? ¿Marca un repudio regional de la política exterior de los Estados Unidos? ¿Evo Morales, por ejemplo, a una renacionalización de los vastos yacimientos bolivianos de gas natural? Estos interrogantes son vitales, pero se les escapa la significación más amplia del ascenso de una figura como Morales. Por primera vez, Bolivia eligió a un presidente aborigen. Su victoria señala un avance en la democratización latinoamericana, de trascendencia positiva y duradera para el desarrollo socioeconómico de la región.

Para comprender el porqué, conviene echar una mirada panorámica a la historia y el desarrollo económico de América latina. Las sociedades del Nuevo Mundo se forjaron con la conquista europea de los pueblos indígenas y las siguientes divisiones raciales y étnicas. Todavía hoy, ni Estados Unidos ni América latina se han conciliado del todo con esas divisiones históricas.

Los europeos que conquistaron y colonizaron América después de 1492 no encontraron desiertos extensos, como a veces proclamaron, sino más bien tierras pobladas por comunidades milenarias. Una parte considerable de estas pronto sucumbió a las enfermedades y penurias traídas por los colonizadores europeos, pero muchas otras sobrevivieron y, a menudo, constituyeron mayorías, como en Bolivia y otras áreas (bastantes) del Altiplano. En casi toda América, las poblaciones indígenas sobrevivientes fueron incorporadas a sociedades gobernadas por europeos, en condiciones serviles.

Más tarde, los europeos trajeron millones de esclavos africanos. En el siglo XIX, después de la emancipación, las comunidades de raza negra continuaron sumidas en la pobreza y, en gran parte, privadas de derechos políticos.

Las enormes desigualdades de poder, posición social y bienestar económico fueron, pues, parte integral de la forjadura de América. Desde entonces, las comunidades aborígenes, negras y mixtas han venido luchando por sus derechos sociales, políticos y económicos.

En América latina, la democracia ha sido una contienda duramente ganada. Aun en Estados Unidos, un país que cree ser modelo de democracia, los negros sólo adquirieron verdaderos derechos políticos a mediados de los años 60. La democracia latinoamericana también ha sido incompleta, inestable y, con frecuencia, inaccesible a las poblaciones indígenas, negras y mixtas.

Es más: con sus enormes desigualdades de riqueza y poder, con gran parte de su población privada de tierras y de educación, América latina ha sido vulnerable, por largo tiempo, a las políticas y rebeliones populistas. Los caudillos prometían rápidas ganancias para los desposeídos mediante la apropiación de los bienes de las elites y estas contraatacaban, a menudo en forma brutal, para protegerlos. De ahí la frecuente debilidad de los derechos de propiedad y la índole, más violenta que electoral, de la pugna política.

Tanto en Estados Unidos como en América latina, ha prevalecido esta pauta: las comunidades blancas dominantes se resisten a participar en inversiones públicas en el "capital humano" (salud y educación) de las comunidades negras e indígenas. Las sociedades europeas han desarrollado estados benefactores con acceso universal a la educación y los servicios de salud públicos. En cambio, en toda América, las elites han tendido a favorecer la prestación privada de los servicios de enseñanza y salud. Esto refleja, en parte, su renuencia a costear los servicios sociales destinados a otros grupos étnicos y raciales.

La elección de Morales debería encararse contra este telón de fondo histórico. En Bolivia, se calcula que los grupos indígenas constituyen un 55% de la población y los mixtos otro 30%. Y no es un caso aislado. La transición latinoamericana de los regímenes militares a la democracia, en los últimos veinte años, va ampliando en forma gradual e irregular, pero firme, la distribución del poder más allá de las elites y las etnias dominantes tradicionales. Por ejemplo, Alejandro Toledo es el primer presidente aborigen de Perú.

A la larga, la propagación de la democracia en América latina promete no sólo sociedades más justas, sino también economías más dinámicas, al aumentar las inversiones públicas en salud, educación y capacitación laboral. Las inversiones siempre insuficientes en educación, sobre todo en ciencia y tecnología, han determinado en parte el estancamiento económico de la región durante el último cuarto de siglo. En vez de dar un gran paso hacia delante en las industrias de alta tecnología, como lo hicieron India y Asia Oriental, América latina sufrió un período de bajo crecimiento del PBI, crisis de endeudamiento e inestabilidad macroeconómica.

Eso puede cambiar ahora, al menos gradualmente. Bolivia haría bien en seguir el ejemplo de Brasil, cuyas inversiones en educación y ciencias han repuntado desde la democratización del país en los años 80. Los mejores logros en educación también ayudan a promover exportaciones tecnológicamente más elaboradas.

Desde luego, la elección de Morales también plantea muchas dudas e interrogantes importantes a corto plazo. El nuevo gobierno, ¿seguirá políticas económicas responsables? ¿O Bolivia coqueteará con medidas populistas desestabilizadoras, como tantas veces lo ha hecho? Morales se ha comprometido, y con razón, a renegociar las leyes y contratos que rigen las enormes reservas de gas natural, pero ¿lo hará de modo tal que no ahuyente las inversiones extranjeras, que tan urgentemente necesita su país?

Bolivia ha entrado en una nueva era de movilización masiva de sus comunidades indígenas, ayer tan sufridas, hoy victoriosas. Las perspectivas a corto plazo son inciertas. Sin embargo, a la larga, está bien apostar por los beneficios económicos de la democratización.

© Project Syndicate y LA NACION .

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor es profesor de Economía en la Universidad de Columbia.
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