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Sábado 22 de abril de 2006 | Publicado en edición impresa

El placer y los libros

Además de ser uno de los historiadores más importantes del país, el autor de El 45 es un tenaz lector. En esta página se refiere a las lecturas que lo marcaron, desde Facundo, de Sarmiento, hasta los cuentos de Somerset Maugham, sin olvidarse de las novelas del argentino Julio Llinás

 
 
 

Para alguien que ha dedicado mucho tiempo a la lectura (como es mi caso) resulta casi imposible detallar la deuda que tiene con los libros. Hay tanta sustancia incorporada por los libros a la personalidad del lector asiduo, que sería una rara hazaña inventariar lo que es propio y lo que ha adquirido por medio de la lectura.

Sin embargo, es posible y además muy de justicia, señalar al menos algunos títulos que han tenido una presencia relevante en nuestro espíritu o que han logrado un efecto disparador en la imaginación o una influencia importante en el mundo de ideas en el que nos movemos.

Voy a un caso personalísimo: yo leí Facundo a los siete u ocho años de edad. Me lo facilitó mi padre que, como riojano de vieja laya, llevaba desde sus ancestros la marca del caudillo. Lo leí con el mismo fervor con que por entonces leía a Salgari y, poco después, a Verne y a Dumas. El dramatismo de Facundo se acentuaba de cuando en cuando con las addenda que solía hacer, para mi regalo, un hermano de mi padre, que vivía en el corazón de los Llanos y había recogido allí un montón de sucedidos e imaginados hechos de Quiroga, algunos de los cuales -descubrí- no eran sino variantes del anecdotario de Sarmiento. No dudo de que Facundo desató esa vocación por la historia a la que he tratado de ser siempre fiel.

Pero en estas líneas debo dejar a un lado las grandes obras de historia que tanto me acompañaron; ni siquiera puedo extenderme sobre las memorias personales, tal vez el subgénero más instructivo y divertido de la disciplina histórica, como las del seco y sobrio Paz, el fantasioso Lamadrid, el rencoroso Iriarte o el chismoso Beruti.

Tengo que pagar otros óbolos y no quiero ser ingrato. Por ejemplo, debo mucho a algunos autores ingleses, pues en su momento me encantaron Somerset Maugham o Graham Greene o Lytton-Strachey, que demostró que el arte de la biografía puede ser perfecto. Pero quien me deslumbró fue Evelyn Waugh. Su producción no es abundante y hay en ella algunos títulos olvidables, pero ha sabido describir como nadie la decadencia de la clase dirigente de su país. Hace años que estoy buscando los dos últimos tomos de su trilogía Espada de honor en castellano, pues Waugh en inglés es demasiado arduo para mí. Para rubor de los traductores españoles, parece que no existen.

Hablando de traducciones que inexplicablemente no se han efectuado, tengo que denunciar que la mejor novela histórica de las letras norteamericanas, Burr, de Gore Vidal, todavía permanece desconocido para el público hispanolector. Vidal es uno de los autores norteamericanos que más me impresionó; su saga histórica -que empieza con la Independencia y concluye con Roosevelt- es un ejemplo de imaginación que no necesita saltarse las pautas historiográficas. Y otro autor que escribió en inglés aunque era húngaro y que sería ingrato no mencionar es Arthur Koestler. Su libro más conocido, Oscuridad a mediodía, fue, creo, el único que después de leer de cabo a rabo, volví a abrir en la primera página para leerlo de nuevo. Eso sucedió un verano en Río Ceballos, y no es atenuante de semejante fanatismo la circunstancia de que fuera un enero muy llovedor, en el que pocas cosas podían hacerse como no fuera leer...

En el suntuoso universo de las letras españolas tengo que olvidarme de Quevedo, Cervantes, los picarescos y pidiendo perdón por estas vastas omisiones me limito a dos hombres que han sido, para mí, fundamentales. Uno es don Ramón María del Valle-Inclán. Lo descubrí al final de mi bachillerato, incitado por las gazmoñerías y reticencias de mis maestros jesuitas cuando se referían a algunas de sus páginas. Con "el gran don Ramón de las barbas de chivo", admiré la musicalidad de las palabras, la armonía de las frases, la belleza estética de una descripción que en dos palabras pinta una situación o un personaje y me maravillé de la flexibilidad con que pasa del romanticismo tardío de las Sonatas al desenfado de sus esperpentos.

Margino con remordimiento a Pío Baroja, que me brindó muchos buenos momentos, y evoco ahora a un poeta cuyo descubrimiento, hacia 1954, me conmovió y, al mismo tiempo, me llenó de rabia: Miguel Hernández. Emoción por sus poemas, perfectos así fueran líricos, místicos o militantes; rabia por su cruel y estúpida muerte en una cárcel franquista. Si una literatura pudiera justificarse con dos, sólo dos nombres, los de Valle-Inclán y Miguel Hernández bastarían sobradamente.

Doy por sabidos a los latinoamericanos grandes desde Neruda hasta Vargas Llosa, desde Augusto Céspedes hasta García Márquez: éstos y muchos otros me marcaron para siempre.

¿Y los argentinos? Cualquiera de mi generación ha sido tan influido por Borges que todo otro amparo literario parece fútil. Colocar a Borges entre los autores que han hecho historia, que han dejado su sello, es una obviedad.

¿Y aquí, hoy? Miro desfilar a jóvenes novelistas, poetas, dramaturgos, ensayistas...

-Pero diga usted un nombre

-No puedo, hay mucho...

-¡Uno solo, al menos, un novelista digamos! ¡Alguno tiene que haberlo impactado!

-Bueno, me rindo. Diré un nombre. El mejor novelista argentino -no sé si sus libros harán historia o no- es Julio Llinás. Lean Fiat Lux, El fervoroso idiota o Circus y después me cuentan... .

Por Félix Luna
Para LA NACION - Buenos Aires, 2006
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