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Gabriela Montero, el vértigo en el teclado

Miércoles 19 de abril de 2006
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Recital de la pianista Gabriela Montero organizado por el Mozarteum Argentino (1er. ciclo). Obras de Beethoven, Rachmaninov y Schumann. En el Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente

Características excepcionales tuvo la presentación de Gabriela Montero, pianista venezolana conocida por el público porteño por su actuación en años anteriores y su participación en el Festival Argerich. Pero, éste, su primer recital con obras que por muy conocidas revisten -como es lógico- un mayor compromiso, dejó a las claras que la pianista posee no solamente dotes poco frecuentes en cuanto al dominio del piano se refiere -y una asombrosa facilidad para su ejecución- sino, además, total disponibilidad de medios para ejercer una voluntad de expresión que en ella es singularísima.

Por ello, aun habiendo ofrecido un programa "tradicional", resultó prácticamente imposible sustraerse al interés que la pianista suscitó en cada obra que abordó. Supo moverse, con gran solvencia y espontaneidad, en la relativamente amplia franja de posibilidades interpretativas que ellas ofrecían, donde no pocos pianistas zozobran a causa de la reiteración de sus repertorios que tornan previsibles sus versiones, o bien la permanente y excesiva preocupación por la técnica.

Una velada excepcional donde la pianista supo moverse con solvencia
Una velada excepcional donde la pianista supo moverse con solvencia. Foto: Emiliano Lasalvia

Pero Gabriela Montero se halla, según lo visto y escuchado, exenta de esos riesgos. Y ello se advirtió desde la primera obra que ofreció, una Sonata "Waldstein" con rasgos peculiares; porque si bien la intérprete empleó a fondo los considerables medios técnicos que posee -con lo cual rozó a veces un brillo virtuosístico ajeno al propósito final del compositor-, no olvidó en cambio que ello no es sino el revestimiento de un poema esencialmente musical, ajeno a todo tipo de efectismo. Así, el Allegro con brío inicial, en un Do mayor que encerró las expectativas e intuiciones de una auténtica "aurora" y el triunfo de una intimidad liberadora, tuvo en los dedos de Montero gran fluidez de ideas y flexibilidad en las frases apoyadas por la diafanidad que emerge de su pulcra articulación.

Si la serena belleza melódica, los motivos rítmicos y los fuertes contrastes dinámicos de este movimiento obedecieron a una lógica expositiva coherente, el Adagio molto que siguió alcanzó a honduras expresivas ejemplares: fue una meditación elocuente que rescató el más auténtico espíritu beethoveniano. El Rondó, que preludia al Allegro moderato y al Prestissimo final, alcanzó toda la luminosa frescura que encierra. Los fuertes contrastes sonoros, con el vigoroso juego de octavas contrastantes, y los sutiles arpegios y trinos que la pianista expuso, dieron la dimensión del amplio rango dinámico que Montero posee y en todo ello exhibió la calidad de un sonido pleno, de gran calidad, obtenido con recursos genuinos.

A toda creatividad

Si la contención clásica no impidió a Gabriela Montero poner en evidencia su temperamento, la versión de la Sonata N° 2 de Rachmaninov, con su despliegue pianístico posromántico exhaustivo, de acordes plenos, y su elocuencia expresiva fueron campo fértil para manifestar su creatividad interpretativa, puramente musical. Motivada desde dentro por la inspiración del gran músico ruso, su excepcional impulso y el vigor del vertiginoso virtuosismo que alcanzó fueron fieles testimonios del compositor. Otra muestra de ese rasgo creativo de su personalidad fue la versión ofrecida del multifacético "Carnaval" de Schumann que fue ovacionado, al igual que las improvisaciones estilizadas que ofreció al término del recital, según su costumbre, sobre temas sugeridos por el público, un valor agregado que en esta ocasión revivió el encanto del "Tango", de Albéniz, de "El día que me quieras" (que transitó por varias latitudes rítmicas) y otra de su autoría, todas ellas reveladoras de su fecunda inventiva unida a enlaces armónicos siempre felices.

Héctor Coda

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