Primer plano
Marcela Roggeri “La música salva vidas”
Estudió con Bruno Gelber. Después de tocar en Europa, con poco más de 20 años tuvo una crisis y dejó su carrera. La retomó años después, y a los 39 acaba de recibir un importante premio internacional en Francia. La pianista cuenta aquí su historia de pasión y entrega
Cuando era bebe, no se dormía si no le ponían la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak, o alguna de Beethoven. Quizá porque durante los nueve meses de su gestación su madre matizaba el reposo obligado con elevadas dosis de música clásica.
–Soy una convencida de que la música salva vidas –dice en el living del departamento de su madre, en Buenos Aires, con el piano de cola detrás–. De hecho, ha salvado la mía.
Fue una relación temprana, sí. Pero también agitada y tumultuosa: tuvo romance, entrega, alejamiento y reconciliación, como toda relación que se precie. Hoy, a los 39 años, ojos oscuros y temperamento fuerte, Marcela Roggeri afirma sin sombra de duda que nada en el mundo la hace más feliz que la música. Y respira gratitud, porque ésta es la historia de un amor correspondido.
La pianista argentina, que desde su hogar en Londres ha desarrollado una destacada trayectoria en el extranjero, recibió en febrero pasado el premio Les Victoires de la Musique 2006, en la categoría revelación internacional, tras interpretar un concierto para piano y orquesta de Bach ante un jurado de notables. El premio, claro, marca un antes y un después en su carrera, que por estos días la trae de nuevo a Buenos Aires (ver recuadro). Pero para ella es algo más: condensa, en ese nombre, su propia historia.
–El premio se llama "victorias de la música", y para mí simboliza la victoria de la música en mi vida. Siempre estuvo ahí, esperándome, más allá de que en un momento yo la abandoné.
Antes de que tal cosa ocurriera, su fidelidad había sido ejemplar. A los ocho años empezó a estudiar flauta dulce y coro en el Collegium Musicum de Buenos Aires. Los sábados por la mañana hacía educación musical en el Colegio Pestalozzi. Allí, el piano que había en la clase atraía a la niña como un imán. Por consejo de su profesor de coro, su madre la llevó a estudiar con Ana Tosi de Gelber, la madre de Bruno. Marcela tenía trece años y estaba lista para un encuentro que la marcaría de por vida.
–Se me abrió un mundo –cuenta–. Me levantaba a las cinco de la mañana y tocaba hasta las siete y media. Cuando volvía del colegio tocaba otra hora. Además, estudiaba idiomas y hacía danzas. Tenía muchas actividades. Pero en el momento en que tenía un rato libre iba al piano. Era una obsesiva.
–¿Era un gusto o un sacrificio?
–Nunca fue un sacrificio. A mí me encantaba. Puse el piano en un nivel de interés personal superior desde que me di cuenta de que era bastante hábil con mis manos. Me entusiasmaba con los resultados. Mis padres más bien me tenían que parar.
Melómana Fulvia, la madre, y "tanguero viejo" y violinista aficionado Jorge, el padre, no sólo Marcela heredó esa inclinación por fusas y corcheas. Su hermano Alfredo, siete años mayor, también se hizo músico. Pero abandonó los rigores clásicos en los que se formó y, sumado a las filas del rock, llegó a tocar con Los Twist y con Charly García. No precisamente por el piano se peleaban los hermanos.
–Nos peleábamos porque los sábados y domingos yo me levantaba a las siete para tocar. El hacía otra vida y estaba un poco harto de la nena que le daba al piano. Yo era un poco pesada, debo reconocer –dice Marcela, y lanza una risa sonora y contagiosa que lleva siempre a flor de piel.
–¿Te atraía el mundo del rock?
–A nuestra casa de Belgrano venían a ensayar Melingo, Pipo Cipolatti, Hilda Lizarazu y hasta el propio Charly. Yo miraba todo bastante fascinada porque pertenecía a un mundo mucho más formal, que a veces me agobiaba. Por ejemplo, la madre de Bruno organizaba conciertos de alumnos para críticos y gente vinculada con la música, y yo iba medio aterrorizada. Después veía el mundo del rock, tan cool. Me levantaba para ir al colegio y mi hermano y sus amigos seguían ahí, tomando algo. Yo soñaba con una vida menos formal, pero al mismo tiempo sabía que en la música clásica, si uno no tiene una higiene de vida, una disciplina, no alcanza la concentración necesaria.
Tan concentrada como disciplinada, Marcela pasó a ser alumna de Bruno cuando Ana Tosi enfermó. Un año después, a los 17, tuvo su primera presentación importante. Tocó el Primer concierto para piano de Beethoven en un Teatro Coliseo colmado. Salió airosa, dice. Sobrevivió. Las críticas fueron buenas y Gelber le propuso preparar el Concierto para dos pianos de Mozart (K.365). Llegó al Colón. Llegaron presentaciones en el interior del país. Después, de la mano de su mentor, salió de gira por Europa con la Orquesta de Montpellier. Tenía 19 años y una carrera promisoria. Pero llegó la crisis.
–Yo soy muy extremista y me exigía mucho. Estudiaba siete horas por día, y la crisis llegó porque dejé de disfrutar. Había también cuestiones afectivas. Uno siente que está sacrificando cosas, se pregunta si tendrá tiempo de enamorarse, de tener la vida que tampoco había tenido antes…
A los 22 años dejó Mónaco, donde se había establecido, y se volvió a Buenos Aires. Alquiló un departamento para ella sola cerca de Plaza San Martín. Ignoró el piano durante meses y probó el sabor de la traición: se anotó en un taller de teatro con Norman Briski. "Fue una epoca de bastantes salidas", resume, sin ánimo de entrar en detalles.
–Te juntaste con los amigos de tu hermano…
–Fue así, literalmente. Quizá no con los mismos, pero sí con gente del rock. Salía mucho, iba a recitales, me acostaba tarde. Fue ponerme al día –ríe.
–¿Te sentías bien o vivías en una especie de limbo a plazo fijo?
–Estaba bastante perdida. Lo pasaba bien, pero estaba perdida. Fueron unos tres años en los que me alejé de los rigores de la carrera, pero no de la música. Enseguida volví a tocar los estudios de Czerny y de Chopin que había estudiado en los primeros años. Y no había caso, todo me llevaba a la música. Por ejemplo, Briski decía: "A ver, la pianista al escenario". Yo me quejaba, le decía que no era pianista, y él respondía: "Mientras no me demuestres que sos mejor actriz que música, para mí vas a seguir siendo la pianista".
La vida –no sólo Briski– la fue llevando de nuevo al ruedo. De vuelta en Francia, Gelber le regaló un piano. El manager francés de Bruno le propuso hacer un concierto, y ella aceptó. Sin presiones, por elección, fue retomando su carrera. Hoy, con marido francés y sin hijos, dice que ha alcanzado cierto equilibrio.
–Quizá visto de afuera el mío no parezca un equilibrio –admite–. Viajo mucho, y cuando estoy en casa mi marido dice que tampoco estoy, tanto me concentro en el estudio y en los nuevos proyectos. Yo admiro a las mujeres que tienen hijos y trabajan. Admiro a Anne-Sophie Mutter, violinista tan linda y luminosa, que recibió un premio a la trayectoria cuando yo recibí el mío. Allí estaba, dirigiendo la orquesta, con sus hijos cerca. No sé cómo será como madre, pero que los tiene, los tiene.
–¿Tan ocupado es tu día en Londres?
–Llevo una vida monacal. A las diez y media de la noche estoy durmiendo, y me levanto muy temprano. Voy al gimnasio o a clase de danzas, hago una meditación y toco el piano: estudio ocho, nueve o diez horas por día. Hasta hace poco estuve preparando un disco con las sonatas de Scarlatti. Son 555, y yo me veía en la obligación de trabajarlas todas para elegir las veinte que iba a grabar. Vivo cerca de la Tate Gallery, y si tengo media hora me hago una escapada. Un buen cuadro, un buen libro, la arquitectura, la naturaleza: todo eso me gusta y me enriquece. Y después pasa a la música.
–¿Qué música elegís a la hora de poner un disco?
–Opera. Escucho mucha ópera. Para relajarme, música brasileña. Caetano o Chico Buarque, un poeta increíble. Y cuando necesito despejarme, después de haber estado ocho horas tocando Scarlatti, pongo rock. Red Hot Chili Peppers, Depeche Mode o Coldplay. A veces hasta bailo sola.
–Hay un núcleo rebelde que resiste dentro tuyo, ¿no?
–Preguntale a mi mamá –ríe–. Ayer me decía: "Cómo puede ser que tu hermano rockero era un ejemplo de conducta y vos siempre con amonestaciones, peleándote con los compañeritos". Tengo adentro un caballo desbocado que domo todos los días. Siempre fui revoltosa. No soportaba la autoridad.
Habrá que creerle, pero con una excepción: la autoridad y la disciplina que ella misma se impone para su arte.
Por Héctor M. GuyotMúsica y poesía alrededor de Satie
Junto al actor Jean Pierre Noher, Marcela Roggeri se presentará en el espectáculo Satie y los otros el lunes 8 de mayo, a las 20, en el Auditorio del Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415, Tel. 4808-6500), a beneficio de la fundación Make a Wish. Allí, la música, el relato autobiográfico y la poesía se unirán para evocar la figura del músico francés Erik Satie (1866-1925) y para recrear la atmósfera bohemia de Montmartre en el amanecer de las revoluciones artísticas de principios del siglo XX. Roggeri y Noher estrenaron la obra a fines del año pasado, con excelentes críticas. La puesta poético-musical se repetirá el miércoles 10, a las 20.30, en Villa Ocampo (Elortondo 1837, Beccar, Tel. 4732-4988).
Perfil
Desde Londres
Marcela Roggeri nació en Buenos Aires. Se formó en el Collegium Musicum. A los 13 empezó a estudiar piano con Ana Tosi de Gelber, y siguió con el maestro Bruno Gelber, su hijo. Dio su primer concierto a los 17 años. Instalada en Europa, continuó presentándose en la Argentina, Estados Unidos y el Viejo Continente. En Londres grabó un disco dedicado a Aaron Copland, en dúo con el pianista brasileño Marcelo Bratke. A dos pianos con Bratke, y entre lo clásico y lo popular, presentó en 2004 el espectáculo Trilogía do Carnaval, junto con el Projeto Charanga, un grupo de jóvenes percusionistas surgidos de las favelas de San Pablo. Por su disco con las piezas para piano de Erik Satie (Transart, 2005), fue convocada a los premios Les Victoires de la Musique 2006, en los que fue premiada como revelación internacional en febrero pasado. Tiene 39 años y vive en Londres junto a su marido francés. .
