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Entrevista con Pascal Bruckner

El escritor francés, autor de ensayos como El cuerpo de cada uno pertenece a todos y El nuevo desorden amoroso, y de novelas como Ladrones de belleza, llega a Buenos Aires para presentarse en la Feria del Libro

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LA NACION
Domingo 30 de abril de 2006

A los 58 años, el francés Pascal Bruckner se enorgullece de no haber trabajado nunca. En un país donde el 75 por ciento de los jóvenes confiesa que sueña con ser funcionario público, el benjamín de los llamados "nuevos filósofos" está considerado como una paradoja viviente.

Esa no es la única contradicción que caracteriza a Bruckner, que desde hace treinta años provoca auténticos escándalos con sus ensayos iconoclastas. En realidad, como dice uno de sus biógrafos, ese aplicado alumno de Jankélévitch esconde un Mister Hyde con obsesiones alimentadas por el marqués de Sade. En esos casos, el filósofo se transforma en novelista: abandona los luminosos senderos del siglo XVIII -su preferido-, para internarse en los bajos fondos de la pasión humana por laberintos que llevan a los infiernos y a la decadencia. ¿Obsesión? ¿Esquizofrenia? "Ambas cosas", reconoció en un diálogo con LA NACION en el Café de Flore, en el corazón de Saint-Germain-des-Près.

Pascal Bruckner nació en 1948 en una familia mitad protestante y mitad católica, pasó gran parte de su infancia en Suiza y después en la ciudad francesa de Lyon. Estudió con los jesuitas, fue monaguillo, quiso ser seminarista y terminó siendo un feroz anticlerical. "Probablemente fue culpa de la adolescencia y de aquella ciudad, de un rigorismo burgués y de una hipocresía insoportables", reflexiona.

Pascal Bruckner es uno de los autores más polémicos de Francia
Pascal Bruckner es uno de los autores más polémicos de Francia. Foto: Sophie Bassquls

A los 17 años llegó a París. Estudió en el mejor de los liceos, el Henri IV, preparó una maestría en filosofía con Jankélévitch y un doctorado sobre Fourier con Roland Barthes. "Yo no quería trabajar, ni enseñar, ni casarme", confiesa. Entonces, se hizo escritor. Su primera novela, Monsieur Tac (Señor Tac), vendió 500 ejemplares. El éxito llegó con su primer ensayo, Le nouveau désordre amoureux (El nuevo desorden amoroso). Escrito a cuatro manos en 1977 con su amigo, el filósofo Alain Finkielkraut, el libro denunciaba la "teología de la liberación sexual" que, después de Mayo de 1968, había conseguido imponer la dictadura del placer carnal.

En 1983, con Le sanglot de l´homme blanc (El sollozo del hombre blanco), Bruckner embistió contra otra mitología: el tercermundismo de la izquierda europea. "Un tercermundismo originado en un síndrome de la culpa y del odio a nosotros mismos; como una forma de expiar el colonialismo", escribió.

Detestado por unos, admirado por otros, en ese momento ya se había transformado en uno de los niños mimados de la crítica francesa. Su consagración como novelista llegó en 1981 con Lunes de fiel (Lunas de hiel). Esa novela, sulfuroso himno a la impotencia existencial, que narra el descenso a los infiernos de una pareja durante un crucero, fue llevada al cine por Roman Polanski. En el mismo registro siguió Voleurs de beauté (Ladrones de belleza), que obtuvo el Premio Renaudot en 1997.

En su última novela, L´amour du prochain (El amor al prójimo), publicada en 2005, Bruckner retoma sus temas de predilección: el misterio obsesivo del deseo sexual, el servilismo del sentimiento amoroso y la revelación de verdades escondidas.

-¿Por qué vuelve en todas sus novelas al tema de la sexualidad?

-Recuerde que Freud decía que el sexo es la vida. El sexo es lo que nos empuja hacia los otros, son las pasiones las que nos atan a la existencia.

-¿Es para usted una actitud filosófica?

-No, es existencial. Teorizada después a través de mis libros. En todo caso, para mí, el símbolo perfecto de la vida es el círculo. La espiral, más bien. Uno siempre vuelve sobre lo mismo, pero desde otro lugar. Es una teoría que fue desarrollada por Giambattista Vico, el filósofo italiano. El dice que la historia no es un concepto lineal ni un círculo, como era para los griegos, sino una espiral. Las cosas vuelven a repetirse, pero en otro nivel. Creo que es exactamente eso. Yo retomo siempre los mismos temas, pero lo que puede parecer una repetición es una reflexión diferente. Es verdad que cada uno vive con obsesiones y con pasiones y es necesario profundizarlas, analizarlas y, si es posible, desplazarlas.

-¿Usted tiene la sensación de que evoluciona?

-No, para nada, siento que cambio de punto de vista con respecto a mis obsesiones. Contrariamente a todos mis amigos que, en algún momento, tuvieron necesidad de hacer sus aggiornamenti, tengo el sentimiento angustioso de no haber cambiado. Cambio físicamente, exteriormente, pero no por dentro. Creo que no es demasiado bueno. Es necesario un día u otro aceptar que uno cambia. Yo, por el contrario, sigo inmóvil en mis sueños de juventud.

-Este último libro, El amor al prójimo, donde un diplomático francés, perfectamente burgués, decide hacerse gigoló, ¿no ha sido una provocación?

-No, de ninguna manera. Es un tema que vuelve constantemente. Lunas de hiel ya era así. En todo caso, creo que nunca volveré a escribir otro libro sobre este tema. Este fue el último.

-¿Por qué?

-Porque corresponde a una parte de mi vida que ya terminó. Es una vida soñada. Creo que me habría gustado vivir esa vida.

-¿Habría podido ser un gigoló y hacerse pagar por las mujeres?

-Sí. Un hombre que se vende a las mujeres conjuga todas las transgresiones: se pone en situación de pasividad, se define exclusivamente como un objeto, cuando lo masculino se identifica sobre todo con la acción. Pero, fundamentalmente, quiere decir que las mujeres desean como nosotros, que -a pesar del mito tranquilizador- ellas no se ubican sólo del lado de la fidelidad y del sentimiento.

-Quizás, como usted dice, éste sea el último anillo de la espiral que comenzó con su tesis de doctorado?

-Es probable. Esa tesis se llamaba El cuerpo de cada uno pertenece a todos. Es un elogio de la prostitución. Como ve, es una idea que me acompañó durante toda mi vida. Se trata de un elogio de la disponibilidad física, no de un elogio de la prostitución venal. Yo me ubico en la línea de Sade o de Fourier: ambos defendieron la idea de las casas de placer. Es la idea de que, potencialmente, el deseo se dirige a todos. En ese terreno fui muy influido por los situacionistas.

-En realidad, usted parece ser mucho más soixante-huitard de lo que dice.

-Pero nunca fui izquierdista. Siempre fui un socialdemócrata y un atlantista. En realidad, diría que, de aquella época, yo adhiero a una izquierda cultural en vez de política.

-¿Qué quiere decir?

-Era la izquierda que experimentaba, la izquierda californiana, las comunidades, los hippies. También viajé mucho por India. En todo caso, no sé si por azar histórico o biográfico, siempre viví los movimientos en el momento de su ocaso. Eso me permitió comprenderlos mejor. Por ejemplo, conocí el movimiento hippie en India, en los años 70, cuando se estaba transformando en un movimiento de bandidos, drogados y vagabundos, cuando la gente agonizaba en las calles de Calcuta. Lo mismo me sucedió con Mayo de 1968. Yo era demasiado joven, de modo que no comprendí nada de lo que estaba pasando. Iba todos los días a la calle y no entendía nada. Veía que la gente tiraba piedras, gritaba, manifestaba y no hallaba sentido a lo que estaba sucediendo. Creo que eso es característico de todo acontecimiento importante: las cosas se comprenden mucho más tarde. Es necesario digerirlas. Yo entendí Mayo del 68 tres, cuatro, siete años después, cuando comencé a trabajar asiduamente con Alain Finkielkraut, cuando los integrantes de aquella generación empezamos a desprendernos de la ideología estalinista.

Con la revolución sexual fue igual: la viví apasionadamente, pero enseguida tuve un punto de vista completamente crítico, detecté un nuevo dogmatismo, una suerte de nueva ideología que se construía sobre las ruinas de la anterior. Era la reaparición de nuevos tabúes.

-Y para denunciarlo escribió Le nouveau désordre amoureux, que provocó un gran escándalo. Lo mismo sucedió con Le sanglot de l´homme blanc.

-Ese libro tuvo origen en India. En uno de mis viajes a ese país pude constatar que el discurso que teníamos en Occidente sobre el Tercer Mundo no tenía nada que ver con la realidad. La India no se sentía para nada un pobre pueblo oprimido, sino una gran nación que quería avanzar, sola, por el camino del desarrollo. Con esa intuición traté de conseguir editor en París, pero fue muy difícil. En Gallimard se espantaron, afirmando que no podía decir esas cosas. Por fin, Seuil aceptó publicarme. Durante dos años trabajé sin cesar. Hacer ese libro me dio una felicidad extraordinaria. Hay un momento bendito en la vida de un escritor y es cuando un libro sale naturalmente, sin esfuerzo. Es verdad que de 1968 a 1981 fue un período extremadamente fecundo.

-Ese libro fue una especie de bomba.

-Fui odiado por algunos, llevado a las nubes por otros.

-Era la primera vez que alguien se atrevía a decir esas cosas.

-Fue entonces cuando una parte de la izquierda me marginó. Yo mismo comencé a tomar distancias. Ciertas librerías se negaron a vender mi libro. Me acusaron de fascista, pero el libro fue el mayor éxito de todos los que escribí. Después de eso, dejé de escribir ensayos durante años.

-En 1985 escribió Paria.

-Ese es un libro de culto para los que viajan a India, que allá es utilizado en las universidades, en los departamentos de francés. Con ese libro pasó algo curioso: la historia que cuento sucedió efectivamente dos años después en Calcuta. Un drogado mató a más de un centenar de homeless y todo el mundo dijo: "Parece el libro de Bruckner".

-Después, durante cinco años no volvió a escribir.

-Creo que correspondió al fin de la adolescencia? Tuve una adolescencia tardía. Digamos, una posadolescencia bastante larga. Entonces decidí ir a enseñar filosofía de la historia francesa a Estados Unidos. Después hubo varios libros seguidos: Une vie d´enfant (Una vida de niño), una novela que gustó mucho...

-La tentation de l´innocence (La tentación de la inocencia), en 1995.

-Ese fue un ensayo sobre la libertad o acerca de cómo la inocencia se ha transformado en una tentación desde el siglo XVIII.

-En esa obra hace una reflexión sobre los medios que tiene el hombre posmoderno para disfrutar de la independencia personal, esquivando los deberes.

-Y llego a la conclusión de que el hombre tiene dos posibilidades: el infantilismo o la victimización. En todo caso, creo que uno hace un buen libro cada diez años. Un libro que marca la evolución de la propia reflexión.

-¿Siente necesidad de escribir?

-Adoro hacerlo. Cuando escribo siento que le estoy dando forma al pensamiento, le pongo límites precisos. Si no lo hago, tengo la sensación de vivir en el juego de la dispersión. La escritura es la concentración.

-¿Es un refugio?

-No, pero en mi caso, durante muchos años, yo había decidido no trabajar, no casarme y no tener hijos. Era una forma de rechazar el sistema. Viendo la vida de mis padres y de la gente a mi alrededor me decía: es una vida tan mediocre que nunca quiero vivir así. Y sobre todo, no quería ser asalariado. Para mi ser asalariado es el horror, es la esclavitud.

-Y sin embargo?

-Sin embargo me casé a los 20 años, tuve un hijo, abandoné a mi mujer y no me ocupé de la educación de mi hijo. Pero nunca trabajé. Hice pequeños trabajos que me daban de comer: fui sereno, barman, pianista, mozo? Enseñaba en las empresas a los inmigrantes. Pero, por ejemplo, nunca quise ser profesor. Entonces me dije, es necesario que escriba; sólo así conseguiré no trabajar. Y así fue. Viví con muy poco dinero, pero muy bien, durante 15 años. Viajaba muchísimo. La verdad es que todo era mucho más agradable que hoy. Ahora, doy cursos en el Instituto de Ciencias Políticas de París, pero son apenas dos horas por semana, 14 semanas por año.

-¿Esa negativa a participar es una suerte de cinismo filosófico?

-No es cinismo, es rebelión. No quiero participar de esta sociedad. Es degradante, no quiero jefes, no quiero colegas de oficina.

-Pero si la sociedad no comprara sus libros, usted no podría vivir.

-Sí, ya lo sé. Todas las rebeliones son de ese tipo: un poco individualistas.

-En el plano político, usted fue uno de los únicos intelectuales franceses que estuvieron de acuerdo con la guerra en Irak.

-Sí. Hoy lamento la mala preparación de la administración Bush, pero no la caída de Saddam Hussein. En aquel momento fui acusado de ser un agente del Mossad y de la CIA. Todavía sigo esperando el cheque. En realidad, si fuera un agente secreto, sería más bien un agente francés.

-¿Usted es muy francés?

-Sí. Durante años odié este país. Nunca quise ir a Africa del norte para no ver el colonialismo francés. Pero todo ha cambiado, ahora adoro este país. Me siento bien aquí, París es una ciudad maravillosa.

-¿Por eso es tan duro con los intelectuales de izquierda que, según usted, están paralizando la sociedad?

-Es alucinante. En este momento, en Francia es imposible debatir sobre el islam radical, sobre la inmigración, sobre el nacionalismo sin ser tratado de fascista. Si Voltaire viviera, sería enjuiciado por esos grupos intransigentes. Es como si una parte de la intelligentsia, presa de un masoquismo entusiasta, no hallara nada mejor que calumniar a su país, pisotearlo y humillarlo. Al mismo tiempo, esos miles de inmigrantes que golpean a nuestras puertas, prueban hasta qué punto Francia sigue siendo un sueño para tantos extranjeros.

-¿Usted irá ahora a América latina y será capaz de decir "Terminen de culpar a Europa y a Estados Unidos"?

-Sí. Basta de buscar la razón de todas sus desgracias en los yankees. Estados Unidos está lleno de defectos, pero la responsabilidad de su propia pobreza y corrupción la tienen ustedes.

-¿Por qué critica siempre a los europeos, acusándolos de autoflagelación?

-Después de la caída del muro de Berlín, estoy mucho más angustiado por la debilidad de nuestro continente que por el poderío de Estados Unidos. Eso es lo que me preocupa. Europa está de rodillas delante de todos los dictadores del planeta, delante de Vladimir Putin y de los países árabes más reaccionarios.

-¿Lo dice porque Europa hace lo posible para evitar la guerra a cualquier precio?

-Justamente estoy escribiendo un libro sobre eso. Europa ha decidido que la historia se terminó. Fue Francis Fukuyama quien lo teorizó y nosotros, los cretinos que lo aplicamos. Los europeos piensan que se han puesto a la vanguardia de un movimiento que yo llamo "la modestia": la modestia en las relaciones internacionales, en la relación de fuerza, etcétera. El problema es que si quitamos el paraguas militar norteamericano, no queda nada. Naturalmente estoy hablando de la Vieja Europa, de la Europa del Oeste. Europa del Este es perfectamente consciente de los peligros. Saben que el oso ruso sigue estando allí.

-Para alguien que no quiere trabajar, usted desarrolla una actividad casi frenética. En el terreno de la creación, ¿se considera un filósofo o un escritor?

-Yo reivindico una antigua tradición francesa del siglo XVIII, que es el siglo que prefiero. En aquella época, los escritores eran a la vez poetas, dramaturgos, filósofos y escritores. Es una pena que en Francia, en los años 1970, se haya producido ese divorcio entre la teoría y la ficción.

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