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En Palermo, 130 años de historia "burrera" y pura elegancia

Fue inaugurado el 7 de mayo de 1876

Domingo 07 de mayo de 2006

Aprestos últimos, campanazo y orden de largada, que sale desde un altavoz, seguida por el colorido relato de lo que va ocurriendo, uniéndose a algo que llega desde las tribunas, un murmullo primero, y ensordecedor griterío después, cuando los caballos toman la recta. Siempre es igual, como lo es también el epílogo: unos rompen boletos, amargados; con expresión inversa, otros hacen cola frente a las ventanillas de pago. El episodio de máxima, la carrera, es singularmente intenso en su brevedad. Por lo general, dura entre menos de un minuto y algo más de dos. Excepcionalmente, tres. Y ocurre, claro, sólo en un hipódromo.

El Hipódromo Argentino de Palermo, por ejemplo. Nuestro tradicional circo turfístico fue inaugurado hace 130 años, el 7 de mayo de 1876, o sea que, como ámbito en el que se "vive" un espectáculo masivo, es el más antiguo del país. Posee una jerarquía comparable con la que ostentan los de mayor reputación en el mundo, como Longchamps, en París, que lo precedió por sólo cuatro años, y los muy antiguos de Ascot y Epsom, en Inglaterra, que datan del siglo XVIII. Pero con una clara ventaja respecto de ellos, al estar situado a poca distancia del centro de la ciudad.

Nació con la denominación de Hipódromo Argentino, sobre la entonces avenida Vértiz, que después se convirtió en Libertador, y se le agregó el nombre del barrio sólo en 1953. Sus antecedentes fueron las carreras cuadreras, que en la segunda década de 1800 llegaron de zonas rurales para disputarse en la "quinta de Reid", cerca de Barracas, y luego, en la "quinta de White".

La creciente cantidad de público hizo que en 1857 se construyera un circuito más apropiado, el Hipódromo de Belgrano, el primero de estilo europeo, que, aunque sin mucha regularidad, funcionó en un predio situado entre las actuales calles Olazábal, Cramer, Melián y Pampa. Cerró en 1875.

A comienzos de ese año, en un área del parque Tres de Febrero, en los alfalfares del vasto terreno que perteneció a Rosas, se habían iniciado los trabajos de lo que sería el nuevo hipódromo, por iniciativa de la Sociedad Hipódromo Argentino (SHA) en convenio con la Municipalidad de Buenos Aires, que desde 1888 tenía posesión sobre esa zona.

Con la dirección de Néstor Paris, el emprendimiento, que incluyó una tribuna para 1600 personas y palcos para familias, quedó concretado en algo más de 12 meses, en marzo de 1876. La fecha pensada para la inauguración, el 23 de abril, se frustró por una lluvia torrencial, ya que, lógicamente, el flamante campo hípico no disponía del sofisticado sistema de drenaje con que cuenta hoy. De modo que la fiesta se concretó finalmente el 7 de mayo, con una multitud calculada en 10.000 personas, que vieron ganar la primera carrera al caballo Resbaloso.

El impulso de Pellegrini

En 1882, el gobierno de Carlos Pellegrini -el mandatario de mayor y más entusiasta gestión vinculada con el hipódromo- cedió el predio en usufructo al Jockey Club, disposición casi simultánea con la fundación de la entidad. Junto con Pellegrini, fueron frecuentadores conspicuos de Palermo, otros presidentes, como Roca, Figueroa Alcorta, Yrigoyen, Alvear y Castillo, y figuras del jet set porteño, como Saturnino Unzué, Benito Villanueva o Joaquín de Anchorena. Y entre ellos, con pareja asiduidad, se acomodaba un cantor que alcanzaría fama mundial: Carlos Gardel.

La administración que ejerció el Jockey se extinguió definitivamente en 1974, ya que previamente había sido interrumpida por un par de intervenciones dispuestas por el Estado. Curiosamente, nunca se retiraron los escudos del club, que aún se ven en la tribuna oficial y en el tattersall.

En la segunda década del siglo XX, se vivió la belle époque porteña y a ella se ajustó el hipódromo palermitano, sumándose, como un fino guante, a los sitios más exclusivos en los que se desenvolvía aquélla. Las fotos de esos años muestran la elegancia de damas de largo o con miriñaque y sombrilla, y señores de riguroso traje y sombrero, en muchos casos, el bombín llegado de Europa. Eran, obviamente, los socios del Jockey, que ocupaban la tribuna oficial, claramente diferenciada de la popular. Pronto, el folklore turfístico las rebautizó, como pelús (por pelouse , en francés, césped) y perrera, respectivamente. El tiempo se encargaría de democratizar esos sectores, mezclando distinguidos amantes del show equino con simples "burreros" que soñaban con "salvarse".

Por Willy G. Bouillon De la Redacción de LA NACION

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