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La emoción del primer día, en primer grado

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Debut: cómo fueron las horas iniciales de clase para los más chicos de la Escuela 23, de Larrea y Córdoba, en el barrio de Once.

 
 

"¡Bue-nos-dí-as-se-ño-ri-ta-Ol-ga!", gritan al unísono unas 300 voces chillonas en el instante de saludar a Olga Spinetta, la directora de la Escuela Nº 23 Bernardino Rivadavia, del Distrito 1, de esta ciudad. Son las 8 de la mañana y el bullicio infantil está de regreso en el colegio primario ubicado en Larrea y Córdoba, en el barrio de Once.

Están todos de punta en blanco. Hay cabecitas mojadas recién peinadas. Una abundancia de trenzas y colitas, algún engominado de pequeña estatura, muchos moñitos con animalitos de peluche y otros adornos en las puntas, ojos somnolientos y alguna carita enfurruñada por el madrugón.

Solidarios a la fuerza, muchos hermanos menores, en cochecitos o en brazos, llegan hasta el establecimiento escolar acompañando a las mamás.

Alrededor de 40 chicos de primer grado hacen fila, por vez primera, en el patio principal de la escuela. Promedio de vida: seis años. Hay guardapolvos resplandecientes, planchados como nunca. Mochilas con dibujos de Mickey y otras caricaturas (la tortuga Manuelita y Pokémon están también entre los favoritas), más grandes que las espaldas de sus dueños, pasean sus colores flúo por el patio. Zapatillas recién estrenadas. Nada hace presentir las manchas de tintas y los futuros descosidos.

La Nación les pregunta a los más pequeños si les gusta estar en la escuela o, tal vez, preferían seguir durmiendo. Para sorpresa, eligen la primera opción.

En el nombre del hijo

El acto escolar comienza con la bienvenida en el gran patio. Se iza la bandera y se canta el Himno Nacional.

La directora tranquiliza a los padres: "Estén tranquilos. Además de educarlos, en esta escuela les enseñamos a convivir". Las maestras Mirta Salas y Cecilia Rosas se presentan: "Daremos lo mejor para que aprendan". Están a cargo de 1º A y 1º B, respectivamente.

Decenas de bocas menudas se prodigan en comprensibles bostezos. Algunos buscan con la mirada a suspapás que, con ansiedad contenida, están a punto de soltar lágrimas.

En honor a la verdad, muchos de ellos podrían entonar sin pudor los versos de la canción "Esos locos bajitos", de Joan Manuel Serrat: "A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción".

Un padre se aproxima a La Nación y señala a su hijita que luce unos ojazos negros de película: "La estoy por llevar a un casting en Telefé. Para Chiquititas u otro programa", dice para el asombro de la cronista.

De inmediato tiene lugar un encuentro de integración. La psicopedagoga María Isabel Francovich, del gobierno porteño, ayuda con algunas explicaciones a aflojar el clima, cuando los escolares y sus padres ingresan en el salón principal donde se sirve un frugal desayuno: mate cocido con leche y un alfajor.

La Escuela Nº 23 tiene doble escolaridad. Materias curriculares y actividades recreativas tienen lugar por la tarde. Los chicos permanecen ocho horas en el establecimiento.

Algunos de ellos vienen de la provincia. Sus padres trabajan en el Hospital de Clínicas o en la Facultad de Medicina. En el grupo de primer grado hay tres de otros países latinoamericanos.

Cuando las "señoritas" Mirta y Cecilia toman lista, hay varios ausentes. "Es que para primer grado se inscriben en varias escuelas. Algunas veces hay lista de espera. Para los demás años, esto no ocurre porque les retenemos el boletín", explican.

"Vamos a conocernos", propone una de las docentes, y en tono jocoso agrega: "Si me olvido de algún nombre no digan que estoy un poco viejita. Me llamo Mirta". Velozmente, un chiquito de mirada vivaz dice: "Como Mirtha Legrand".

En la medida en que son convocados, los chicos se ponen de pie y pasan a retirar "su regalito de bienvenida": un osito recortado en cartulina con un bombón y su nombre escrito en letras grandes.

Primera tarea escolar

Luego los alumnos y sus padres se embarcan en la primera tarea: dibujar en una cartulina de color las manitas de los niños. Y en cada dedo, los padres deben anotar, en sólo uno o dos vocablos, qué esperan de la escuela.

Cuando los padres leen sus expectativas en voz alta abundan las palabras "amor" (el más votado), "paciencia", "tolerancia", "compañerismo", "educación", "valores", "comprensión", "respeto", "confianza" y "juegos".

Y algún precoz aprendiz de escritor escribe su largo anhelo de puño y letra: "Aprender a hacer cuentos, leer, hacer gimnasia y tener muchos músculos".

Allí es cuando ambos cursos se separan. En las dos salitas de primer grado, hay bancos y sillas diminutos donde los chicos se sientan en grupos de cuatro.

Empieza el despliegue de lápices, cuadernos, sacapuntas y marcadores de colores que todos sacan de sus mochilas entre risas y apurones. Comparan los útiles y conversan entre sí.

La clase continúa con Lenguas y el análisis de las letras que componen el propio nombre. La idea es conocer el nivel de alfabetización con que los niños llegan al aula.

El misterio es develado y cada niño sabe ya si su maestra es Cecilia o Mirta.

Resulta extraño observar con qué espontáneo trámite se resuelve ese acontecimiento que marca para siempre la vida de las personas. Porquenadie olvida jamás a su maestra de primer grado. .

Susana Reinoso
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