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Hombres maltratadores, mujeres golpeadas

LA NACION revista

Considerado un problema de derechos humanos y de salud pública, la violencia familiar está presente en una de cada cinco parejas en el mundo; historias de las que decidieron decir "basta"

Por   | LA NACION

"La tierra del silencio es la que hace el humus más fértil. Si el crimen no se nombra, es menos crimen, porque la palabra es el primer testigo incómodo"

Griselda Gambaro

Fue en el Día de la Madre, en 2005. Darío quiso ahorcarla.

"Llegué a ponerle un pie en la cara. ¿Sabes cómo se llama eso? Eso se llama pi-so-te-ar-la. Todos los nervios, las broncas que tenía con los demás, me las agarraba con mi señora, con mis hijos. Hasta que ese día estuve a punto de ahorcarla y ella dijo BASTA."

Nancy hizo la denuncia. Llevaba trece años de casada y los mismos de silencio. El personal de la comisaría de su barrio la orientó en los pasos que debía seguir. Pero, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de los casos, Nancy y Darío no se separaron.

"No puedo decirte por qué decidí seguir con él -dice ella-. Todavía no me lo pregunté. No es fácil. Me costó mucho aceptar lo que me pasaba, porque me decía a mí misma que no podía estar ocurriéndome. Yo no era ese tipo de persona que uno tiene en el imaginario."

La historia de Nancy y Darío, una pareja de clase media que vive de un comercio en Ezeiza y de las clases de gimnasia que ella da, es apenas un ejemplo de un flagelo presente en una de cada cinco parejas: la violencia.

Se sufre a puertas cerradas, con el silencio como el peor de los testigos y, en ocasiones, con la muerte como corolario visible de ese drama social en el que la mayoría de las víctimas son mujeres que se sienten "merecedoras" del maltrato.

"En casa siempre se contó una anécdota: decían que desde que nací necesité de los golpes para estar atenta. La partera tuvo que darme un buen chirlo para que reaccionara, y por eso siempre se bromeó: "Desde chiquita, Dorita necesitó de las tundas".

Dora, Dorita, es ama de casa. Trabaja como empleada doméstica. En toda su vida, vio el mar "sólo dos veces"; la segunda, después de separarse del hombre que la golpeaba.

La violencia familiar no distingue clases sociales ni nivel educativo. "La violencia no depende de lo económico ni de la formación, sino del aprendizaje cultural -explica Analía Vega, coordinadora de los equipos interdisciplinarios de la Dirección de Coordinación Política de Géneros-. Este es uno de los tantos mitos que sobreviven en este terreno. De la violencia hace uso un hombre sin educación y hasta un médico cirujano; un hombre sin trabajo y uno que tiene varias cuentas abiertas en un banco. Las estadísticas suelen incluir a mujeres de clase media o baja, que son las que acceden a la ayuda pública y dan a conocer sus historias. En otras escalas sociales, el problema es disimulado por medio de las consultas a servicios privados: médicos, abogados y psicólogos. "

Yo, el golpeador

Osvaldo tiene 31 años. No pestañea. Mira fijo a los ojos y confiesa: "Yo era un monstruo. Casi mato a la madre de mis hijos. La amenacé con un puñal, la golpeé, no la apuñalé pero sí le pegué con ese puñal en la cabeza. Y todo lo hice delante de mis hijos. Ahora quiero dar la cara. Doy la cara por todo lo que hice, por el hombre que fui".

Respira entrecortado. Con las manos apretadas entre sí, se despega de una silla blanca de plástico, de esas que se adhieren al cuerpo. El aire es caliente, agobiante, y por momentos asfixiante en este cuarto de la Comisaría de la Familia que funciona en Tristán Suárez. Hasta allí se acercó Osvaldo para pedir ayuda. Quería terminar con esa locura. "Sabía que si no paraba en ese momento no iba a tener otra oportunidad. ¿Hasta dónde iba a llegar la próxima vez?", se pregunta, a pesar de que conoce la respuesta.

La falta de datos oficiales en lo referido a registros de violencia familiar da cuenta de la debilidad del sistema público con relación a este tema. De todos modos, realizar un análisis de los casos y de los homicidios en ese marco resulta complejo. En parte, depende de la denuncia de las víctimas, aunque también es cierto que no existe una sistematización en la carga de datos. Fue por eso que el Ministerio del Interior decidió crear un programa oficial destinado a asistir a las víctimas de violencia familiar y abuso sexual.

"El proyecto destinado a la violencia familiar se ocupará exclusivamente de la redacción de una nueva ley acerca de este tema -explica Eva Giberti, coordinadora del programa-. Incluye la creación de una brigada móvil de la Policía Federal para asistencia, atención y acompañamiento de las víctimas." En abril pasado, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dio a conocer la lista de magistrados y demás funcionarios judiciales que conformarán el grupo de trabajo que ayudará en la constitución de oficinas para la atención de este tipo de violencia.

Mientras tanto, las noticias policiales, que suelen hablar equivocadamente de "crímenes pasionales", echan luz cotidiana sobre casos de violencia que tienen como ejecutores, en un 42 por ciento de los casos, a las parejas de las víctimas.

Mi padre, el golpeador

"Yo veía a mi viejo golpear a mi mamá; crecí con eso. Crecí llorando al lado de mi vieja, tratando de consolarla. Hasta que un día dije basta, y lo enfrenté. Así recuerda Osvaldo su niñez en Tucumán. "Pero nunca me imaginé que yo iba a hacer lo mismo, que yo iba a golpear a mi mujer, a mis hijos. Vine a Buenos Aires dispuesto a salir adelante, a formar una familia, y la formé. Al tiempo estaba ejerciendo la violencia igual que él."

Se aprende, es cultural; eso dicen de la violencia. "Existen pautas culturales que venimos arrastrando, en un contexto patriarcal, que marcan diferencias muy notorias en la educación de niños y niñas", analiza el psicólogo y especialista en el área de violencia familiar Jorge Corsi. En este mismo contexto, el mundo de lo privado es el que les corresponde a las mujeres: "Se les asignan los roles de ama de casa, socializadora, reproductora de lo cotidiano -señala María Colombo, presidenta del Consejo Nacional de la Mujer-. En cambio, los hombres asumen el mundo de lo público, los roles de independencia, racionalidad y solvencia económica".

Aunque son menos, también los hombres pueden sufrir maltrato.

"Nunca denuncié a mi mujer -confiesa Mauro (46), un hombre robusto que advierte que no quiere fotos-. Todo el tiempo ponía en duda mi lugar como hombre. ¿Qué esperaba?, ¿que la golpeara? Nunca lo hice; ella sí. Finalmente, la dejé. Después de 14 puntos en la cabeza."

La psicóloga social Silvia Fairman explica en su libro El hombre maltratado por su mujer (editorial Lumen Humanitas) que estos casos no son reconocidos por la Justicia, ni por la policía ni por la población. "En la Argentina no suele haber cifras de maltrato en los hombres porque no se animan a hacer la denuncia. Menos aún sin son golpeados por sus compañeras."

Tener el control

"Me embaracé pensando que al ver la panza iba a dejar de pegarme, que al saber que llevaba un hijo suyo iba a cambiar, que iba a ser como el chico que conocí en la facultad. Pero no. Perdí a mí bebe en el sexto mes. Fue después de una paliza que casi me cuesta la vida a mí también. Era su hijo, pero él estaba seguro de que no", cuenta Martina, licenciada en marketing. Hoy tiene 33 años (prefiere no dar a conocer su rostro), una nueva pareja y un pasado que le dejó como secuela la imposibilidad de embarazarse nuevamente. Hace un año inició los trámites de adopción.

Los embarazos suelen aumentar los niveles de violencia, por lo que es frecuente que a los hospitales lleguen mujeres con pérdidas y con golpes que suelen ser fatales para la madre y para la criatura. "Tengo fresca la imagen de una mujer con un embarazo de siete meses que llevaba estampada la zapatilla del hombre que la había pateado", cuenta Liliana Balacco, inspectora de la Dirección General de Coordinación Política de Género. Una de las características de los hombres con conducta violenta es el control y la dominación, por lo que el embarazo se convierte en una amenaza hacia ese control. "Por lo general, en el marco de la violencia familiar los golpes están dirigidos a la cabeza de la víctima -señala la licenciada Analía Vega, coordinadora de los equipos interdisciplinarios de la Dirección de Coordinación Política de Géneros-. Durante el embarazo, lo más frecuente es que vayan hacia la panza, los senos y los genitales." Un avasallamiento a la condición femenina.

Osvaldo, que estuvo nueve años con su mujer, dice ahora: "No sé si la amaba. Yo creía que sí, pero hoy no lo sé. Traje tres hijos al mundo sin saber qué era hacer el amor. Lo hacía por pura satisfacción, sin importarme si ella quería o no. ¿Cuidarme? Para qué. Era sólo satisfacción. Los embarazos siempre fueron momentos muy críticos: me irritaba fácilmente porque me ganaba la desconfianza. Yo estaba seguro de que ella me engañaba, de que ese hijo por venir no era mío. Vivía haciéndoselo sentir. Le hice perder un embarazo. Tuve mi momento de arrepentimiento, pero mis dudas siguieron por mucho tiempo comiéndome la cabeza".

Aun en el marco del matrimonio puede hablarse de abuso sexual. Aquellas relaciones obligadas en las que la mujer no elige ni el momento ni las condiciones son las violaciones perpetradas por su pareja. En muchos casos, las víctimas no sólo están expuestas al abuso psíquico y físico, sino también al riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados. En Francia, por ejemplo, el 46,9 por ciento de las mujeres fueron violadas por su cónyuge o ex pareja.

"Me costó asumir que sufría violencia. Ya separados, él abusó de mí sexualmente -narra Marcia (32)-. El no podía entender cómo yo había bajado más de 20 kilos. Me decía: «Claro, ahora te cuidás, ahora te ponés linda». No dejaba de preguntarme si estaba con alguien, si salía con «algún macho». Lo que no sabe es que no yo adelgacé por una cuestión estética, sino porque estuve un mes sin comer, con una gran angustia. Me levantaba y lo único que hacía era llorar y fumar. Ni siquiera podía atender a mis hijos." Nunca volvió con él.

Osvaldo y Nancy están en otro plan. Desde aquel Día de la Madre de 2005 creen que su historia empezó a cambiar. Aquel episodio "no fue el primero, pero sí el último", dice ella, poniendo énfasis en cada palabra.

¿Qué fue lo que cambió? "Su compromiso", aclara Nancy.

Nidia no puede decir lo mismo. Ella, a su marido, nunca le escuchó pedir perdón. "Tenía la esperanza de que fuera a cambiar, pero no. Esta es la última vez que me pega", dice, con angustia, y muestra los moretones que marcan su rostro y sus brazos.

"No quiero hacerlo más y no lo voy a hacer más -asegura Darío-. Después de que mi señora hizo la denuncia hablamos mucho en casa, y lo seguimos haciendo con el psicólogo que trabaja en la comisaría. Empecé con los grupos de hombres con conductas violentas y ella, con el de mujeres maltratadas. Mi compromiso es real. Para mí fue muy importante que mis hijos se acercaran y me dijeran: «Papá, si estás enfermo nosotros te vamos a curar ». También me di cuenta de que mis hijos necesitaban ayuda, que ellos estaban sufriendo."

Mientras posa para la foto que se publica en la tapa de esta Revista, sus hijos lo están mirando. La comunicación se convirtió para Nancy, Darío y sus chicos en uno de los pilares de la familia. Todo lo hablan, nada se oculta.

"Poné en el epígrafe que lo nuestro es una misión cumplida", dice Darío.

Nancy respira profundo. Piensa que todo irá mejor. Toma con sus manos las de esta cronista y expresa su deseo más profundo: "Esta vez, espero que no me falle la intuición".

Femicidios

Por Silvia Chejter *

En todo el planeta y día a día hombres y mujeres son asesinados. Mientras los asesinatos contra hombres, más numerosos, por cierto, ocurren por motivos diversos, los de mujeres en su gran mayoría son crímenes sexistas y sexuados. Muchos casos son de violaciones seguidas de homicidio, de mujeres prostituidas asesinadas por organizaciones mafiosas que las explotan, etcétera, pero muchísimos más son cometidos en el marco de las relaciones de pareja.

En la Argentina, entre 1997 y 2003 fueron asesinadas 1284 mujeres en la provincia de Buenos Aires. En los casos en que se conoce al victimario, el 70% corresponde a quien fue su pareja, ex pareja, concubino, novio o amante. Uno de los argumentos que contribuyen a la impunidad de estos crímenes son las argumentaciones que tienden a disculpar y a representar a los agresores como "locos" o a concebir estas muertes como "crímenes pasionales". Estos crímenes deben ser comprendidos en el contexto más amplio de las relaciones de dominio y control masculino sobre las mujeres, propias de culturas patriarcales, con sus múltiples mecanismos de violentar y silenciar. Para dar cuenta del carácter sexista se habla de "femicidios, un concepto que quiere indicar el carácter social y generalizado de la violencia basada en la inequidad de género.

* Socióloga. Directora del Centro de Encuentros Cultura y Mujer

Los niños como testigos

Por Dr. Norberto R. Garrote *

Es interesante reparar en la trascendencia de la familia y admitir que, más allá del concepto idealizado que tenemos de ella, debemos aceptar que en su seno se desarrollan episodios violentos. Dichos acontecimientos se vinculan con el ejercicio de la fuerza en la interacción de sus miembros. La fuerza que se despliega no siempre es física; frecuentemente es psicológica. Sucede habitualmente que los más vulnerables son los niños, como víctimas que son de la violencia que sufren a manos de sus padres o como testigos de la que protagonizan éstos. Así podrán registrar carencias de estimulación y de afecto que establecerán un vinculo inseguro con las figuras paternas y afianzarán un modelo de sí mismo y de su relación con los demás marcadamente negativo. Aquel que recibe el rechazo y el desprecio por parte de sus progenitores se reconocerá a sí mismo indigno y merecedor de castigos. Las consecuencias pueden estar vinculadas con las secuelas físicas, si fue el castigo corporal el que primó, sin omitir la repercusión que en su salud mental provocará cualquier tipo de maltrato o abuso sufrido.

* Jefe de la Unidad de Violencia Familiar del Hospital General de Niños Dr. Pedro de Elizalde .

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