La despenalización del aborto dentro de los tres primeros meses de embarazo parece ser un debate inconducente.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que el proyecto presentado ayer en el ámbito del Ministerio de Justicia no es una iniciativa elaborada por esa cartera, sino por una comisión de juristas. Los expertos son especialistas de primera línea, pero la visión de la comisión en todos los puntos expuestos en el proyecto no representa la de la cartera que conduce Alberto Iribarne.
En rigor, el Ministerio de Salud puede estar más cerca del criterio de esos juristas, pero no parece que el Gobierno vaya a hacer suya esa posición.
Ayer, el proyecto de la Comisión entró, a decir verdad, en un período de consultas. "Es la opinión de los juristas, que son muy competentes y trabajaron durante dos años. Pero, ahora, el Ministerio lo someterá a consideración pública y puede ser perfeccionado", dijo Marcela Losardo, secretaria de Justicia. Quizá no fue casual que, ayer, Iribarne no haya estado presente en el acto donde se presentó el trabajo, más allá de que en el Gobierno exista la intención de impulsar la reforma del Código Penal una vez que ese proyecto sea debatido.
En segundo lugar, la discusión sobre el aborto es de difícil consenso porque, más que fomentar un debate racional, despierta pasiones sociales encontradas y hasta irreconciliables. La experiencia ha demostrado que el acuerdo en este tema está lejano.
La Suprema Corte de los Estados Unidos, en 1973, intervino en un conflicto similar que se planteó en la causa Roe v. Wade y por siete votos a dos ese tribunal convalidó la práctica del aborto.
Desde entonces, la sociedad norteamericana quedó dividida en pro-choice (en favor de la opción aborto) y prolife (en contra del aborto) y, de tanto en tanto, se intentó que la Corte cambiase de posición.
Ahora, una vez más, la sociedad norteamericana espera que la Corte, desde hace pocos meses presidida por el conservador John G. Roberts, admita un caso sobre aborto y se pronuncie nuevamente. Es que el aborto pone en juego valores muy atendibles, pero imposibles de compatibilizar: la libertad de la mujer, por un lado, y la vida del niño, por el otro. Y no cabe duda de que el valor de la vida es muy fuerte y esencial como para que los partidarios de que el aborto siga prohibido tengan sólidos argumentos para discutir y sostener su criterio.
Más aún, en un momento en que el Gobierno alienta el proyecto reeleccionista, ningún provecho podría sacar al introducir en la arena social un debate que sólo fomentaría divisiones e, incluso, un enfrentamiento con la Iglesia.
En suma, es positivo que en democracia se debatan este tipo de asuntos. Y, cuando más racional sea la discusión, mayor será su riqueza. Pero, quizás, una sociedad que viene de atravesar profundas crisis y que enfrenta nuevos problemas no pueda prestar suficiente atención a una cuestión donde está en juego la vida de un tercero: el niño, y la posición libérrima de una madre. .
