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Un campo con raíces escocesas

Este lugar de ensueño fue fundado por Duncan y Brígida Cameron, en tierras que pertenecieron a su abuelo, Alejandro Cameron; su nombre recuerda un caserío de Escocia, cuna de este clan familiar

Sábado 27 de mayo de 2006

PIERES.- Los surcos que se abren entre los campos del sudeste bonaerense esconden raíces de culturas lejanas e historias de hombres visionarios. Algunos llegaron a andar por las más diversas geografías hasta encontrar en la llanura pampeana su lugar. Grigadale, en el partido de Lobería, es un ejemplo de ello y su historia está impregnada de tradiciones escocesas, vivencias neozelandesas y el recuerdo de la influencia que Tierra del Fuego tuvo en su explotación.

Duncan y Brígida Cameron crearon esta estancia cuando se dividieron las tierras de Maorí, fundada por su abuelo Alejandro, en 1916. Llevaban alrededor de 40 años viviendo en el lugar y las ovejas que tanta fama le habían granjeado a estos pagos le cedían paso al cultivo de cereales y oleaginosas. La llamaron Grigadale, al igual que un pequeño campo que alguna vez habitaron sus ancestros, en el oeste de las Highlands (tierras altas) de Escocia.

Está ubicada en la ruta Nº 55, en el partido de Lobería, y es un lugar de ensueño. Entre parcelas agrícolas sin alambrar, siguiendo el camino, las pinceladas verdes de un prolijo e imponente parque se distinguen a lo lejos. Basta andar un poco más para descubrir una laguna natural y el colorido de las flores que rodean a la gran casona de piedras. Sobre la puerta de entrada flamea una bandera con rayas amarillas y coloradas, que muestra en el centro el escudo con un puño sujetando un sable. Es el símbolo de los Cameron.

Escudos y polleras

Escocia, famosa por sus familias agrupadas en clanes con escudo y tartán -el género escocés característico de las polleras- propios, reconoció al apellido Cameron como tal en 1214. Transcurrieron casi 800 años desde entonces y las costumbres permanecen. "Todos tenemos las polleritas y en los casamientos nos las ponemos", reconoce Duncan Cameron sentado bajo un alero de su casa en Grigadale, mientras dos de sus once nietos corretean por el parque. Esta zona lo vio crecer, pese a que se educó en Buenos Aires, Edimburgo y la Universidad de Cambridge.

Su bisabuelo fue el primero en dejar las rocosas tierras escocesas de Grigadale, una fracción de 12 hectáreas que arrendaba y cultivaba junto con su familia, sobre la costa del Atlántico. Tenía 20 años, armó las maletas y partió rumbo a Nueva Zelanda. Se instaló en un campo del sur de la isla y allí nacieron sus hijos. Uno de ellos, Alejandro, pasada la mayoría de edad emprendió viaje hacia la Patagonia argentina. Corría el año 1890 y el alemán Mauricio Braun, radicado en Puerto Arenas, Chile, había conseguido por intermedio de un cuñado suyo relacionado con el gobierno de Santiago la concesión de un millón de hectáreas en Tierra del Fuego y el capital para hacerlas producir de manos de un banquero inglés. Pero sus conocimientos acerca del manejo de lanares eran prácticamente nulos.

La región magallánica estaba por entonces desolada y Puerto Arenas era un punto de información estratégico. Braun supo que había llegado a Río Gallegos un neozelandés que, pese a su juventud, había trabajado varios años con las ovejas en su tierra natal, y entró en contacto con él. Al poco tiempo, Alejandro Cameron y Mauricio Braun cruzaron el estrecho de Magallanes e incursionaron a caballo por el gélido desierto. La Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego iniciaba su marcha.

"Empezaron a trabajar en 1891 y cuando mi abuelo se retiró en 1914 estaban esquilando 1.300.000 lanares, era la explotación ovina más grande del mundo", cuenta Cameron.

Nuevo viaje

La vida en el extremo austral del continente era dura y al dejar su cargo de administrador general, Alejandro Cameron emprendió un nuevo viaje. "Estuvo dos años recorriendo la provincia de Buenos Aires hasta que encontró este lugar y firmó el boleto de compra por 5000 hectáreas en agosto de 1916", relata su nieto, con la vista perdida en el horizonte de Grigadale. Llamó Maorí a la nueva estancia, en honor a los aborígenes de Nueva Zelanda, el país que lo vio nacer, y sus tierras se colmaron de rebaños de la raza Corriedale.

El patriarca de los Cameron en estas latitudes llevaba un largo camino recorrido y se radicó en Hurlingham. Uno de sus hijos, Juan Archibaldo, fue el encargado de la administración de Maorí desde 1925 y allí vivió junto con su mujer, Dora Norris Clark, y su único hijo, Duncan, que recibió la posta de su padre en 1958. Ya se había casado con Brígida O Dwyer y desde entonces ambas familias vivieron en el casco de la estancia y ocuparon dos de sus casas.

En 1991 las tierras de Maorí se dividieron entre los nietos de Alejandro y dejaron que la suerte decidiera cuál de las cuatro fracciones le correspondería a cada uno. El casco recayó sobre dos de las primas de Duncan y él, junto con su mujer, emprendió la epopeya de hacer de un trozo de campo abierto una nueva estancia.

Ese mismo año comenzaron a plantar los primeros árboles de Grigadale y hacia 1994 la casona de piedras recién construida ya estaba rodeada por un jardín de ensueño, obra de la señora de la casa.

El matrimonio Cameron conserva el idioma inglés y muchas de las tradiciones ancestrales de su familia, pero no cambia el paisaje de Grigadale, con sus robles, canteros y el abra tras la laguna, por ningún otro lugar del mundo.

Por Carolina Buus Para LA NACION

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