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"La gente está votando democráticamente por opciones autoritarias"

El escritor peruano, ganador del Premio Alfaguara, habla de América latina

Lunes 29 de mayo de 2006

“La primera vez que vine a Buenos Aires fui a un concierto de los Cadillacs, al festival Buenos Aires No Duerme, a ver a Dolina en el Tortoni... ¡y no quería irme, quería ser de aquí!”, cuenta con un entusiasmo que concluye en una risa contagiosa Santiago Roncagliolo, el escritor peruano que acaba de ganar el Premio Alfaguara por su novela “Abril rojo”.

De paso por Buenos Aires para presentar el libro, dialogó con LA NACION sobre literatura, ideologías y el presente de América latina, región en la cual, dice, mucha gente “está votando democráticamente por opciones autoritarias”.

Con 30 años, Roncagliolo, que estudió Letras en la Universidad Católica de Lima y desde hace seis años vive en España, se convirtió en el autor más joven galardonado con el Premio Alfaguara. Además, ejerce el periodismo –colabora, entre otros medios, con el diario El País, de Madrid–, escribe en el blog www.elboomeran.com y es guionista, dramaturgo y autor de libros infantiles.

“Abril rojo” tiene como protagonista al fiscal distrital Félix Chacaltana Saldívar, que a principios del año 2000 debe iniciar una investigación sobre un cadáver que apareció calcinado en la localidad peruana de Ayacucho. El fiscal, ingenuo y sólo preocupado por cerrar rápidamente el caso, irá viendo una realidad distinta de la que pensaba. Sendero Luminoso, los militares, Fujimori, los muertos, las torturas, el poder político, los encubrimientos conforman una trama que va apareciendo frente a sus ojos. Y todo conduce en esta historia, que se puede enmarcar en el género del thriller , hacia un final inesperado.

-El personaje principal de "Abril rojo", el fiscal Félix Chacaltana Saldívar, en el inicio del libro tiene pocas facetas y su personalidad se hace más compleja a medida en que avanza el libro.

-Félix Chacaltana... soy yo -dice sonriendo-. Necesito que los personajes estén animados por emociones mías, que involucren cosas que yo haya vivido y que luego transfiguro en la ficción, con invenciones y mentiras que voy tejiendo para que la historia sea atractiva. Trabajé tres años en derechos humanos en Perú, a finales de los 90, y viví un proceso como el que vive Chacaltana y como el que trato que vivan los lectores con él. En un principio, todo parecía una cosa absurda, pero conforme pasaba el tiempo y yo me enteraba de las investigaciones sobre desapariciones, torturas, lo que ocurría en las cárceles, esa cáscara aparentemente humorística de la realidad iba resquebrajándose y mostrando su verdadera entraña, brutal y muy violenta. Lo que Félix Chacaltana vive es ese mundo que arranca como una cosa casi divertida, por lo bobalicona, y cómo eso se va brutalizando y cada vez hay más sangre, e incluso quieres librarte de ella y sigue habiendo más sangre. Esa fue mi experiencia.

-Chacaltana primero no quiere ver y, cuando empieza a ver lo que sucede, queda atrapado por esa visión.

-Creo que por eso él no quiere ver. Es un investigador muy raro dentro del género porque no quiere investigar; quiere cerrar su trámite, llenar sus papeles y archivar el caso. Y es la realidad la que le va estallando en la cara; son los hechos los que lo van cercando, sumergiendo en el horror. Creo que él no quiere ver porque se siente seguro en ese mundo de normas, de reglamentos y estatutos. Pero es un mundo que no se acerca a la realidad, de modo que él trata de no mirar la realidad porque lo obligaría a derrumbar los muros de su pequeño universo. Y una de las razones por las que no quiere ver el mundo es porque él mismo tiene una gran violencia interior; no es tan distinto del psicópata que persigue; es casi el otro lado de la moneda.

-Le preguntaron a Vargas Llosa, hace unos días, sobre las elecciones en Perú que dirimirán en segunda vuelta Alan García y Ollanta Humala y dijo que elegía el mal menor que para él es García. ¿Cuál es tu visión?

-Yo también votaría por Alan García porque me asegura que dentro de cinco años podré votar contra Alan García, mientras que Humala no me asegura eso. Pero creo que no sólo en el Perú, sino que en todos los países andinos la gente está votando democráticamente por opciones autoritarias, como Chávez, Uribe y Humala, que, aunque no gane, tiene una porción de votos importantes. Creo que eso debe enseñarnos que si queremos que la democracia perdure, vamos a tener que resolver la desigualdad en democracia, la distribución de la riqueza en democracia, que es el gran reto. Los autoritarismos populistas no duran mucho porque, si no hay libertad, se vienen abajo, pero las democracias con hambre, tampoco. No tenemos más remedio que acercar posiciones. Porque, gobierne quien gobierne, si no hay acuerdos para resolver problemas concretos de las personas, en caso de que la derecha y la izquierda no sean capaces de concertar un gobierno eficiente y efectivo, el que va a entrar es Fujimori y lo hará democráticamente, liberado por poderes judiciales, por congresos y por votos.

-¿La literatura puede transformar una realidad como esa?

-No sé si puede transformar la realidad, pero sí puede colaborar con un granito de arena a construir una memoria histórica. En la Argentina, por muy mal que fuesen las cosas con la última crisis a nadie se le ocurría proponer que hubiera un golpe de Estado, porque tienen una gran memoria histórica de lo que significaron sus golpes militares, y porque han estado construyendo esa memoria histórica. Hay libros, películas, documentales y reportajes, todo lo cual es un constante recordatorio. Si mi libro se sumase a otros libros y sirviese para recordar adónde podemos llegar los peruanos, para evitar, precisamente, que volvamos a llegar a esas situaciones, habría cumplido todas mis expectativas.

-¿Tu familia tuvo que exiliarse a México cuando tenías dos años por motivos políticos?

-Mi padre era periodista y no es que fuese un conspirador especialmente importante, sino que echaban a todos. Tenía un programa de televisión sobre política que cerraron un par de veces y al final lo obligaron a ir al exilio.

-¿Qué visión política tenía tu padre?

-Daba lo mismo; primero lo expulsó la dictadura de izquierda y luego, la de derecha. Perú siempre ha tenido una gran capacidad innovadora en términos de dictaduras.

-¿Cuándo volviste a Perú?

-Regresé definitivamente a mediados de los 80. Pero mis recuerdos y mis amigos eran de México. Fue un regreso bastante lamentable, y Perú era un país muy violento en esa época, por las razones que aparecen en la novela. Vivíamos muy sitiados, muy cercados. Empecé a leer porque era una manera de huir de la realidad.

-¿Qué leías?

-Mi padre presionaba mucho para que yo leyese, porque valoraba la cultura. Me acuerdo de que una vez, cuando yo tenía ocho años, fuimos a una librería y había un libro que en la portada tenía un tiburón que perseguía a una chica desnuda y yo dije: "Quiero ése". Era "Tiburón", de Peter Benchley, la primera novela que leí. Mi papá se mostró un poco decepcionado, pero el librero le dijo que tenía entendido que la película basada en ese libro había sido revolucionaria. Claro: había sido revolucionaria para el género de terror, pero a mi papá le gustó la palabra y terminó por comprarme el libro. (Risas.) Soy hijo de un dirigente del Partido Socialista Revolucionario y de la hija de una familia monárquica española. Luego, en Perú, también tuve que ver cómo los de extrema izquierda se mataban con los de extrema derecha. Siempre tuve que construir una versión del mundo que no me obligase a eliminar a la mitad de la gente que yo quería, o a la mitad del país. Creo que eso ha terminado por convertirme en una persona bastante pragmática en términos ideológicos.

-¿Cómo se lleva ese pragmatismo a la literatura?

- "Abril rojo" es una novela en la que no hay buenos y malos. Ese pragmatismo me resulta obligatorio porque para hacer una novela con personajes creíbles, esos personajes tienen que ser moralmente ambiguos, como lo son las personas. Y cuando escribes desde cualquier ideología, ya has decidido quiénes son los buenos y quiénes los malos. De modo que una novela con buenos y malos es directamente una mala novela, que no entiende la complejidad de la realidad.

-Hay una reflexión en todo el libro en torno del lenguaje.

-Quise intercalar, por un lado, los informes del fiscal, que están escritos en un lenguaje rimbombante que termina por no decir nada, ese lenguaje de la ley, que ya no está explicando la realidad, sino que está encubriéndola. Y, por otro lado, el lenguaje del psicópata, que es todo lo contrario, es como el lenguaje de la barbarie que, por no respetar ninguna regla, ya ni siquiera respeta las gramaticales. El cruce entre ambos lenguajes grafica bien el enfrentamiento que ha ocurrido en Perú y, en general, en cualquier conflicto político interno.

-El lenguaje, además de dar cuenta del conflicto, ¿puede ordenar? ¿Cómo es, en ese sentido, tu relación con el lenguaje, con la escritura?

-Narrar en este caso el horror es un reto atractivo, porque el horror está más allá de lo que se puede explicar. Donde terminan las palabras empieza el horror. Cuando uno escribe trata de que el lenguaje ilumine espacios que no se han visto. Trato de rasgar silencios, de poner el dedo en la llaga, de escribir cosas que sean una especie de espejo deformante de las zonas oscuras, de las cosas que no queremos ver de nosotros mismos. Me gustaría que la literatura sea una manera de decirle al lector: "Esto eres tú".

Por Laura Casanovas De la Redacción de LA NACION

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