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La Argentina del Risorgimento

Martes 06 de junio de 2006

El mundo celebró días atrás el 60° aniversario de la proclamación de la República Italiana, nacida del histórico referéndum del 2 de junio de 1946. Ese día, los italianos concurrieron a las urnas para decidir si el país debía convertirse en una república o si había que restaurar la monarquía. El pueblo se inclinó masivamente en favor de la opción republicana. Fue uno de los pronunciamientos más lúcidos y acertados de la historia política contemporánea. En efecto: bajo el signo republicano. Italia produjo en pocos años el milagro de su reconstrucción política, social y económica y edificó una sociedad democrática y pluralista extraordinariamente sólida, fruto del espíritu visionario de un conjunto de hombres de Estado de diferentes orientaciones. A la cabeza de esa pléyade de estadistas notables se recorta, en la perspectiva histórica, la figura ejemplar de Alcide De Gasperi.

Para los argentinos, el aniversario tiene una significación particularmente entrañable. No debemos olvidar que la construcción de la Argentina moderna sobre una base inequívocamente republicana y liberal fue posible, en el siglo XIX, en gran medida, gracias a la influencia intelectual de los grandes representantes del pensamiento político italiano comprometido con Il Risorgimento .

Nos parece oportuno traer a la memoria un pequeño libro titulado Italia en el sentir y pensar de Mitre , editado en Buenos Aires en 1960 por la Asociación Dante Alighieri y escrito por uno de los periodistas más brillantes de su generación: Adolfo Mitre, bisnieto del prócer e integrante destacadísimo de la redacción de LA NACION. En ese libro breve e imprescindible se examina la influencia decisiva de José Mazzini y sus compañeros de generación sobre los hombres de Estado que tuvieron la responsabilidad de conducir el proceso de organización nacional de la República Argentina, completado en 1853 con la sanción de nuestra Constitución histórica.

Ese proceso fue, en lo inmediato, una consecuencia directa de la severa disyuntiva política que se había instalado en el Río de la Plata a partir de la entronización de la dictadura de Rosas. Hacia 1838 -por elegir un año claramente indicativo de la dirección que iban tomando los acontecimientos en Buenos Aires y en Montevideo- la opción era clara: el rosismo se presentaba como un enemigo ostensible del credo revolucionario y progresista de 1810 y los sectores que se oponían al tirano adherían con fervor creciente al ideario liberal, que la prédica iluminadora de Esteban Echeverría había comenzado a difundir en esta parte de América unos ocho años antes.

La propuesta intelectual de Mazzini ejercía una atracción poderosa sobre quienes, en el Río de la Plata, habían tomado partido contra Rosas. En un mundo en el cual la imaginación volaba cada vez más alto, las sociedades no podían marchar ya hacia un horizonte que no fuera el de la exaltación apasionada de la libertad. Los argentinos exiliados en Montevideo -Mitre, Andrés Lamas, Miguel Cané y tantos más- se consideraban compañeros de causa de los integrantes de la Joven Italia, el famoso movimiento cultural fundado por José Mazzini. Había una profunda afinidad entre los jóvenes que en Italia enarbolaban la bandera de la república y el Risorgimento y los liberales que en el sur de América luchaban por sentar las bases institucionales de un puñado de naciones de inquebrantable vocación republicana. Cuando Echeverría fundó en Buenos Aires la Joven Argentina y, más tarde, la Asociación de Mayo, la unidad de pensamiento entre los espíritus juveniles de ambos continentes se hizo aún más evidente.

El documento que Echeverría redactó para explicar las bases político-filosóficas de su movimiento tenía notables coincidencias con las Instrucciones Generales para los integrantes de la Joven Italia , que Mazzini había escrito en 1832. Y ambos textos presentaban una inocultable similitud con el Acta de Fraternidad para los miembros de la Joven Europa , aprobado en Berna en 1834. La Joven Europa, la Joven Italia y la Joven Argentina expresaban una misma manera de mirar la realidad y de organizar las ideas. Para decirlo con palabras que usaríamos hoy, el mundo marchaba hacia una incontenible globalización espiritual. El oleaje liberal atravesaba los océanos y las fronteras con ímpetu arrollador.

El libro de Adolfo Mitre contiene también importantes referencias sobre la amistad que existió entre Mitre y José Garibaldi. Durante algún tiempo, ambos vivieron en el mismo barrio de Montevideo, en las cercanías de la Plaza del Mercado. El vínculo que los unía se prolongó por medio de la correspondencia que mantuvieron entre 1864 y 1869, cuando ya empezaban a alcanzar, en sus respectivas patrias, la enorme proyección que la historia les reservaba.

Por supuesto, a mediados del siglo XIX era imposible prever la magnitud del abrazo de culturas que italianos y argentinos iban a darse años más tarde, en el marco del apasionante capítulo histórico de la inmigración. Alberdi había dicho "gobernar es poblar". Mitre había defendido en el recinto parlamentario la idea de que la inmigración debía ser libre y espontánea, frente a proyectos centralizados y dirigistas. Las dos premoniciones se cumplieron. Y hoy los argentinos somos en gran parte Italia, como somos en gran medida España.

Julián Marías, el gran pensador español desaparecido en 2005, un día nos dijo: "¿Vosotros sois conscientes de que habitáis la única república ítalo-española del planeta? Es un privilegio que los demás pueblos del mundo no podemos dejar de envidiarles".

Don Julián lo decía con una sonrisa. Pero tenía razón.

Por Bartolomé de Vedia De la Redacción de LA NACION

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