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Enredos de un oportunista: los personajes

Relegado a un lugar secundario en los libros de historia, el norteamericano Guillermo Pío White, un comerciante de gran ambición y pocos escrúpulos, fue determinante en la aventura armada: a fin de cobrar una deuda, fue él quien instigó al comodoro inglés Sir Home Popham a invadir Buenos Aires

Domingo 11 de junio de 2006

La invasión inglesa al Río de la Plata no fue un acto caprichoso y repentino, fruto de una alucinación, sino el resultado de largos tratamientos sobre el tema en numerosos círculos políticos y militares de Londres. De allí partieron informaciones aisladas, procedentes tanto de comerciantes ingleses como de súbditos particulares y ambiciosos jefes militares cuyos pretextos eran obtener libertad de conciencia o superar una supuesta sumisión de la población al despotismo de los reyes españoles.

Se fue creando así en Inglaterra una conciencia social y política proclive a la intervención armada. Pero en la invasión de junio de 1806 fue el comerciante norteamericano Guillermo Pío White quien tuvo una participación directa y causal, que desarrolló antes, durante y después de la incursión armada, seguramente en la creencia de que estas tierras habrían de pertenecer a la potencia atacante para siempre debido a la enorme diferencia militar y económica de los beligerantes. Fue un grave error de evaluación, sobre todo para un comerciante de magnitud, que por las circunstancias de su actividad hubiera debido ser diestro conocedor de las realidades y advertir el carácter de la población con que trataba. Por eso White aparece, con sus luces y sus sombras, escondido en los libros de memorias, en documentos secundarios.

White había nacido en Boston, el 11 de octubre de 1770. Fue comerciante, contrabandista y negrero, recorrió el mundo y llegó a Buenos Aires en 1797 después de un largo periplo por el Pacífico y de haber recalado en la isla Mauricio, en el Océano Indico, así como en los puertos de Guayaquil, Callao y Valparaíso. En uno de esos viajes trabó amistad e hizo sociedad con un marino inglés que años después llegaría a comodoro de la Real Armada y sería condecorado caballero del Imperio: Sir Home Popham.

White vivió enredos con la justicia, a veces como litigante y otras como defensor de su persona, de sus intereses y de su propia libertad. Comerciante inescrupuloso, tejió todo tipo de redes de acuerdo con sus intereses personales, por lo cual conoció la cárcel en varios largos períodos de su vida y, en otros, el esplendor de la riqueza.

Asociado durante años con Santiago Rivadavia, hermano menor de Bernardino, con quien vendía vinos y azúcar al Paraguay, White no era para sus contemporáneos un hombre confiable. Como observa Florencio Varela: "...había tenido en la India Oriental negocios poco honrosos con Popham, de cuyo resultado era acreedor contra éste por 20.000 duros; como White estaba desde hacía tiempo en Buenos Aires, cuando llegó Popham se ofreció a éste para descubrir los caudales públicos y del comercio de los que partiesen para pagarse lo que Popham le adeudaba".

Instalado desde hacía algún tiempo en Buenos Aires, cuando se informó de la existencia en el Fuerte de una gran remesa de oro y plata llegada de Potosí, otra de Santiago de Chile y una tercera probablemente de Lima, White seguramente contactó a Popham y le dio estas noticias. Seguramente lo informó, además, del estado de indefensión de estas provincias del Plata, lejanos andurriales del mundo, aunque no tanto para un espíritu aventurero y ávido como el de Popham, para colmo deudor de un importe que necesitaba saldar con su informante. Esta deuda -si no la pagaba- amenazaba con interrumpir su carrera naval, según las estrictas normas inglesas de la época.

El propósito militar de Popham no fue ningún secreto. El comodoro habló con figuras de la Corte, con políticos y, entre otros, con el general Baird, jefe militar británico de la ciudad de El Cabo, en Sudáfrica. Salvo a este último, no pidió permiso a nadie para hacer lo que quería, que consistía en dar un golpe de mano sobre aquella lejana ciudad de Buenos Aires, levantar los caudales, pagar su deuda (aunque esto sí lo ocultaba) y, si la suerte lo ayudaba, incorporar una nueva colonia al Imperio. Primero la deuda y luego el Imperio, o viceversa. Después de Trafalgar no había obstáculos en los mares y solamente quedaba como oposición la -según los informes de White- mínima y menospreciable guarnición de la lejana Buenos Aires, último sitio poblado en el litoral Atlántico hasta el Cabo de Hornos. No debió de ser fácil convencer a Baird, pero lo hizo, por lo cual, antes de partir Popham redactó y firmó un convenio de partición del supuesto tesoro.

White le escribió a Popham a El Cabo con lujo de detalles sobre lo que había y sobre la posible resistencia, por lo que no cabe la menor duda de que el primero fue el autor intelectual de la primera invasión inglesa y el autor también del apresamiento de los caudales, y tampoco hay duda de que el segundo adoptó por su cuenta la decisión del ataque, sin autorización ministerial.

Otras gestiones

Durante la invasión, White fue además el lazo de unión de los ingleses con la población y su traductor oficioso; luego su papel cambió y comenzó un trato político que terminó siendo una mera anécdota: intentó convencer a Beresford de que escuchara al joven Pueyrredón sobre la necesidad de formar un gobierno propio, a lo que el general inglés se negó. Luego, el 10 de agosto White trató de consensuar con los criollos que avanzaban y pretendió una reunión entre Liniers y Beresford, por lo cual el paréntesis en la lucha del día 11 de agosto probablemente fue determinado por las negociaciones en marcha, de las que el comerciante norteamericano esperaba algún resultado. El día 12, el ataque desordenado y desobediente de los catalanes de Bufarull obligó a Liniers a sostener las líneas de combate de ese cuerpo y a llevar a cabo un ataque generalizado para darle apoyo militar por el grave peligro que corrían ellos mismos y los restantes.

Las gestiones de White quedaron entonces suspendidas. Pero su colaboración con los ingleses fue muy evidente y valiosa para los invasores. Desde ya no creemos que éstos conocieran su propósito más oscuro, es decir, cobrar una deuda de negocios. Cuando hubo que retirar los caudales de Luján, el comerciante norteamericano proporcionó los medios de transporte a una división inglesa, que salió el 30 de junio de 1806. Y su propia casa en la zona de las quintas de Miserere, hoy barrio de Once, brindó alojamiento al teniente general Whitelocke en la Segunda Invasión y fue el cuartel más importante de las fuerzas inglesas.

Por supuesto, al término de la contienda White fue preso y procesado por los españoles. En otro tiempo y en otro país hubiese sido fusilado. Fue acusado de haber auxiliado a los ingleses, levantando planos de la ciudad y sondeado el río. Más tarde, con fecha 14 de Junio de 1809, fundado en los vicios de nulidad de formas de los procesos, el virrey lo absolvió en virtud de no resultar "ni aún semiplenamente comprovado ningún hecho del ciudadano White que se oponga a la fe que un Natural debe a todo País..."

Así pues, White fue en gran medida el autor intelectual de las invasiones inglesas y, como resultado de una serie de errores, también de su derrota: en ocasión de la segunda invasión, escribe Florencio Varela, al llegar Whitelocke a Montevideo, White le entregó "informes que creía ciertos acerca de las simpatías que hallarían en Buenos Aires los ingleses, le acompañó en la expedición y no se le separó un solo momento". Y en otro párrafo, acompañado de un croquis de la Iglesia de Santo Domingo, hace notar que un error en la confección del plano utilizado para el ataque, realizado con ayuda de White, tal vez haya sido determinante en la caída de la crucial división Craufurd, uno de los motivos que forzaron la capitulación de Whitelocke.

No extraña que, retirados los ingleses, White haya sido procesado por "infidente y auxiliante del ejército inglés que atacó a esta ciudad de Buenos Aires". Sin embargo, después de 1810, la actuación de White fue muy distinta: procuró proporcionarle una escuadra al nuevo gobierno, a cuyo frente colocó a un conocido suyo, un irlandés llamado Guillermo Brown que tenía una pequeña empresa de lanchas en el Río de la Plata y que resultó ser a lo largo de su vida excelso marino, hombre de honor y leal a su nueva Patria.

Así, la historia de este comerciante norteamericano radicado en Buenos Aires refleja una larga carrera de trapisondas mezcladas con hechos positivos para el país. Por estos últimos, White es honrado con el nombre de una calle porteña.

Por Juan José Cresto

El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia

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