Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Apenas un inmortal

Por Oscar Sbarra Mitre Para LA NACION

Miércoles 14 de junio de 2006

"¿Dónde estarán? Pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer pudiera / ser el Hoy, el Aún y el Todavía."

Esta bellísima estrofa, con la que Jorge Luis Borges inicia su ya mítico poema El tango , siempre se nos ha presentado como la imagen paradigmática, el emblema por antonomasia de ese tan maravilloso como inasible sentimiento que llamamos nostalgia.

Y vaya si hemos sabido naufragar, en más de una ocasión, en ese inmenso mar de angustia, los habitantes de las orillas del Plata. El tango conforma, sin duda, el reservorio por excelencia de la añoranza castiza que la lengua lusitana universalizó como saudade .

Pero la nostalgia en Borges tiene un carácter activo. No se limita a la mera evocación -no exenta de una inapelable tristeza- sino que expresa la voluntad de convertir el pasado en un presente permanente, en "el hoy, el aún y el todavía", como si el tiempo se volviera, de pronto, eternidad.

Precisamente, es el autor de El Aleph quien diferencia el tiempo de la eternidad. Uno enmarca en etapas sucesivas pasado, presente y futuro, mientras en la otra los tres estadios resultan simultáneos. De allí que el tiempo la contenga, y no, al revés, que la supuesta infinitud cronológica lo abarque.

Y he aquí que tropezamos con un vívido ejemplo de esa tan fértil como febril imaginación borgeana. Porque hoy estamos memorando las dos décadas de la muerte de un inmortal. Y si no se tiene plena conciencia de que, en ciertos lapsos, Cronos guarda huellas de la eternidad, esta circunstancia, más que una paradoja semejaría un auténtico contrasentido.

No obstante, la cuestión parece ser más simple que lo supuesto. Es que los inmortales no viven entre nosotros, sencillamente atraviesan nuestro tiempo y nuestro espacio, como seres de otra dimensión, o se comportan en forma similar a la luz de lejanas estrellas, que llega a nuestros ojos sin que sepamos si los cuerpos emisores existen o han perecido hace, tal vez, millones de años. Pero el fulgor de sus destellos ilumina nuestra existencia y vagará por el universo hasta el fin de los tiempos. De manera análoga, el genio de Borges nunca nos abandonará.

Hace dos milenios y medio, pocos eran los habitantes de la Atenas posterior a Pericles que transitaban las estrechas callejuelas de su ciudad en dirección a la Academia platónica, o, décadas más tarde, encaminándose al Liceo regenteado por Aristóteles. Sin embargo, cada cuatro años los habitantes del centenar de polis y colonias griegas diseminadas en las costas tricontinentales del Mediterráneo oriental, concurrían al noroeste del Peloponeso para asistir o participar de los juegos sagrados en homenaje a Zeus olímpico.

Claro que, a veinticinco siglos de aquellos hechos, seguimos aprendiendo de Platón y Aristóteles, pero no recordamos un solo nombre, siquiera, de los innumerables campeones de las casi trescientas Olimpíadas que celebraron los helenos a lo largo de, prácticamente, doce centurias, y si tenemos idea de alguno de ellos es a través de las inmortales odas triunfales -o epinicios- de Píndaro, quizás el primer cronista deportivo de la historia.

Los recuerdos y expectativas de la especie son infinitas, pero los seres humanos poseemos, individualmente, una memoria limitada, y esperanzas que también lo son. Cuando pensamos en el futuro lo hacemos en nuestros hijos o, a lo sumo, en los nietos, y no más allá. En relación a los antecesores pasa algo similar: padres, abuelos y bisabuelos, cuanto más.

¿Qué suponemos para nuestro país dentro de dos mil quinientos años? Es inimaginable, siquiera, esbozar algo al respecto. Pero intuimos que, en ese lejano porvenir, en algún soporte informático -que desearíamos fuera un libro-, habrá unas pocas líneas sobre el siglo XX, y escasas referencias a la Argentina, o a cualquier país, dentro de ellas.

Algún remoto lector, empero, se emocionará ante los avatares de un anciano no vidente vagando en una "alta y honda biblioteca ciega": "Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, / yo, que imaginaba el Paraíso/ bajo la especie de una biblioteca".

Y mayor será la turbación del espíritu de tal lector cuando sepa que el ciego no traslada a nadie la causa de su desgracia: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche".

Más aún, como a sus cuchilleros, cultores del coraje por el coraje mismo, ni siquiera le preocupa el final de la existencia: "Manuel Flores va a morir. / Eso es moneda corriente; / morir es una costumbre / que sabe tener la gente".

Tanto hoy, como dentro de 2500 años, cuando la ficción nos conduzca al misterioso jardín con sus senderos bifurcados, nos hunda en los avatares de la lotería babilónica o en el asombro de la babélica biblioteca universal, nos haga transitar en laberintos de tiempos o entre espejos que nada reflejan, nos lleve a rondar el tablero de 64 escaques o el reloj ecuménico capaz de medir el tiempo circular, nos induzca a hojear las infinitas páginas de las milyunochescas noches o del libro de arena, o a contemplar la brújula planetaria, nos parecerá escuchar, como un eco del tiempo y de la nada, la voz pausada del maestro que nos dice, definiendo la eternidad: "Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido". Reconoceremos, entonces, el tono inconfundible de aquel a quien vislumbramos, desde que atravesó nuestro tiempo y nuestro espacio, como Jorge Luis Borges. Apenas, un inmortal.

El autor es historiador y ensayista, vicepresidente de la Asociación Borgeseana de Buenos Aires. Su libro más reciente es Un científico llamado Borges.

Te puede interesar