Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Las invasiones y el tambor mayor

Jueves 15 de junio de 2006
SEGUIR
LA NACION

Cuando hace doscientos años, el 25 de junio de 1806, el regimiento escocés de infantería ligera 71, al mando de Beresford, desembarca en la playa de Quilmes, sonoros cañonazos anuncian a los recién llegados. Según Mariquita Sánchez, en sus "Recuerdos de Buenos Aires virreynal", eran tropas lindísimas, con un "poético" uniforme cuya descripción haría las delicias de nuestras expertas en modas: botines de cintas punzó cruzadas, polleritas cortas, gorras preciosas y el colmo de nuestra envidia, un chal escocés como banda, sobre una casaquita corta punzó.

Pero además, el copioso aguacero y el endiablado barrial que debieron soportar los invasores cuando el día 27 hicieron su entrada triunfal en Buenos Aires no impidió, según escribió en su libro el capitán inglés Gillespie, que sus "vistosas gaitas ejecutaran marchas animadas...".

Pero entre ese 25 de junio y la rendición de las tropas el 12 de agosto, inesperadas vinculaciones se gestaron entre invasores e invadidos. Como se sabe, este batallón contaba con una banda de música, lo cual era de rigor. Sin embargo, lo que parece una jugada de mandinga es que el maestro de la banda tuvo apasionadas discípulas entre las hijas de las familias porteñas acomodadas.

* * *

Gillespie lo cuenta con gran satisfacción y frescura en sus memorias publicadas en Londres, según las reproduce en parte Vicente Gesualdo en su "Historia de la música en la Argentina": "Era invierno cuando nos adueñamos de Buenos Aires, donde se daban tertulias o bailes todas las noches en una u otra casa. Los valses estaban en boga y la música era de piano acomodado por guitarra, que todos los rangos tocaban. La música -aclara- era tenida como una perfección preeminente, y no se ahorraban gastos con ese fin, sea en instrumentos o composición.

Tal era la pasión femenina por la música que el maestro de banda del regimiento 71 fue invitado a convertirse en profesor, muchas discípulas acudieron a él, y como era excelente compositor, sus pequeñas obras eran inmediatamente compradas". También menciona Gillespie que entre las fuerzas de invasión se contaba un doctor Emerson, excelente organista, quien tocó en los órganos de iglesias el famoso anthem nacional "God Save the King", "Rule, Britannia!" de Arne, y "...algunas otras canciones nacionales con efecto admirable".

* * *

Lo curioso es que las afirmaciones del capitán inglés harían pensar que en Buenos Aires de 1806 no existían maestros de música capaces de llenar las exigencias de los aficionados, lo cual desmiente la realidad.

Aquí estaba el celebradísimo Don Víctor de la Prada, gran maestro y virtuoso ejecutante de flauta traversa y clarinete. También Carlos Neuhaus, "húngaro, profesor de violín", y David C. De Forest, norteamericano que vivía en 1806 en la casa de don Bernardino Rivadavia y fue corneta del cuerpo de húsares de Pueyrredón durante las Invasiones Inglesas, así como varios organistas y violinistas de la orquesta de la Catedral y del Coliseo.

Entonces, o el capitán inglés Gillespie era un escritor muy imaginativo, o las beldades porteñas cayeron bajo los fascinantes encantos del tambor mayor. Digamos en defensa del sexo débil, que no todas las criollas se aficionaron al maestrito y en cambio apostaron fuerte a la reconquista. Menos mal.

Te puede interesar