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La vergüenza y el orgullo

El autor de la premiada novela Me llamo Rojo cuenta por qué se convirtió en guía de Arthur Miller y Harold Pinter durante, y se refiere al deber de los intelectuales de defender las libertades de pensamiento y de expresión

Domingo 18 de junio de 2006

En marzo de 1985, Arthur Miller y Harold Pinter viajaron juntos a Estambul. Por entonces eran, quizá, los dos nombres más importantes de la dramaturgia universal pero, por desgracia, no fueron hasta allí atraídos por una obra teatral o un acontecimiento literario, sino por las implacables restricciones a la libertad de expresión impuestas por el gobierno turco y por los numerosos escritores que languidecían entre rejas. Luego del golpe de Estado de 1980, cientos de miles de personas habían sido encarceladas en forma sumaria y, como siempre, los más perseguidos habían sido los escritores. Cada vez que echo un vistazo a los anuarios y archivos periodísticos para refrescar mi memoria sobre cómo se vivía en aquellos tiempos, pronto me topo con la imagen que, para la mayoría de nosotros, define esa época: hombres con la cabeza rapada, sentados ante un tribunal, entre gendarmes, cada vez más ceñudos a medida que avanza su juicio. Entre ellos había muchos escritores. Miller y Pinter vinieron a Estambul a visitarlos, a ellos y sus familias, para ofrecerles ayuda y atraer la atención del mundo. Los organizadores del viaje (el PEN y el Helsinki Watch Committee) les asignaron dos guías: un amigo mío y yo. Así pues, fui a recibirlos en el aeropuerto.

No me propusieron por mi actividad política, que era nula, sino por ser un novelista que hablaba un inglés fluido. Acepté encantado, no sólo porque así ayudaría a escritores amigos que estaban en apuros, sino porque aquello significaba pasar unos pocos días junto a dos grandes escritores. Visitamos editoriales pequeñas que pugnaban por sobrevivir, redacciones caóticas y oficinas oscuras y polvorientas, de revistas insignificantes a punto de cerrar. Fuimos de casa en casa y de restaurante en restaurante, a reunirnos con escritores en aprietos y con sus familias. Hasta entonces, yo me había mantenido al margen del ámbito político, sin entrar jamás en él, a menos que me coaccionaran. Pero al escuchar esas historias asfixiantes de represión y crueldad, de maldad absoluta, me sentí atraído hacia él por un sentimiento de culpa, pero también de solidaridad. Al mismo tiempo, experimenté con igual intensidad el deseo opuesto de protegerme de todo eso, de no hacer nada en la vida, salvo escribir novelas hermosas. Recuerdo que mientras llevábamos en taxi a Miller y Pinter de cita en cita por entre el tránsito de Estambul, hablábamos de los vendedores callejeros, los carros tirados por caballos, los carteles de los cines y las mujeres, con chal o sin él, siempre tan interesantes para los observadores occidentales. Pero recuerdo claramente una imagen: un larguísimo pasillo del Hilton; en un extremo, mi amigo y yo cuchicheando, un tanto agitados; en el otro, Miller y Pinter cuchicheando en las sombras con la misma intensidad tenebrosa. Esta imagen quedó grabada en mi mente inquieta. Lo atribuyo a que, por un lado, ella expresaba gráficamente la gran distancia que separaba nuestras historias complicadas de las suyas y, por el otro, insinuaba que la solidaridad consoladora entre escritores era posible.

En todas las demás reuniones a que asistimos mi amigo y yo -una habitación tras otra con hombres preocupados que fumaban constantemente- experimenté el mismo sentimiento de orgullo mutuo y vergüenza compartida. Lo supe porque unas veces fue manifiesto y otras lo sentí dentro de mí o en los gestos y expresiones de otras personas. Por aquel tiempo, la mayoría de los escritores, pensadores y periodistas con quienes nos reunimos se declaraban izquierdistas. Podría decirse, pues, que sus problemas tenían mucho que ver con las libertades tan apreciadas por las democracias liberales de Occidente. Veinte años después, al ver que aproximadamente la mitad de ellos -no tengo la cifra exacta- ahora se alinean con un nacionalismo hostil a la democracia y la occidentalización, por supuesto, me entristezco.

Basílica de Santa Sofía, Estambul
Basílica de Santa Sofía, Estambul. Foto: Richard Hamilton Smith / Corbis

Querría aprovechar esta ocasión para subrayar algo que aprendí de mi experiencia como guía y de otras similares en años posteriores, aunque es una verdad de Perogrullo: las libertades de pensamiento y de expresión son derechos humanos universales, sea cual fuere el país en cuestión. Estas libertades, que el hombre moderno anhela tanto como el pan y el agua, nunca se deben restringir apelando a sentimientos nacionalistas, sensibilidades morales o, lo peor de todo, intereses comerciales o militares. Si tantas naciones no occidentales padecen una pobreza vergonzosa, no es por tener libertad de expresión, sino por no tenerla. En cuanto a quienes emigran de ellas hacia Occidente o el Norte, huyendo de las penurias económicas y la represión brutal, pues... ya sabemos que, a veces, resultan víctimas del racismo brutal y embrutecedor de los países ricos. Sí, también debemos estar alertas a aquellos que denigran a los inmigrantes y las minorías por su religión, sus raíces étnicas o el hecho de provenir de países sujetos a regímenes opresivos. Pero respetar la naturaleza humana y las creencias de las minorías no significa que por eso debamos coartar la libertad de pensamiento. Respetar los derechos de las minorías religiosas o étnicas nunca debe servir de excusa para violar la libertad de palabra. Los escritores nunca debemos vacilar en esto por "provocativo" que sea el pretexto. Algunos de nosotros comprenden mejor a Occidente; otros simpatizan más con los orientales y otros, como yo, procuramos mantener abierto el corazón hacia ambas vertientes de esta divisoria un tanto artificial. Pero nuestros afectos naturales y nuestro deseo de comprender al otro jamás deben obstaculizar nuestro respeto de los derechos humanos.

Siempre me ha costado expresar mis opiniones políticas en forma clara, enfática y enérgica. Me siento presuntuoso, como si dijera cosas no del todo ciertas. Esto me pasa porque sé que no puedo reducir mis pensamientos sobre la vida a la música de una sola voz y un solo parecer. Al fin y al cabo, soy un novelista y, entre ellos, me cuento entre los que se preocupan por identificarse con todos sus personajes, en especial los malos. Viviendo, como vivo, en un mundo en que alguien que ha sufrido la tiranía y la opresión puede pasar súbitamente de víctima a victimario, también sé que sostener convicciones fuertes acerca de la naturaleza de las cosas y las personas es, de por sí, una empresa ardua. Y creo que la mayoría de nosotros abrigamos estos pensamientos, simultáneos y contradictorios, con benevolencia y con las mejores intenciones. El placer de escribir novelas nace de la exploración de estado, propio del hombre moderno, en el que uno vive contradiciendo su propia mente. La mente moderna es muy voluble: por eso adquiere tanta importancia la libertad de expresión. La necesitamos para comprendernos a nosotros mismos, así como nuestros pensamientos más sombríos, contradictorios y profundos. Para comprender ese orgullo y esa vergüenza que mencioné al pasar.

Déjenme, pues, que les cuente otra historia. Tal vez esclarezca un poco la vergüenza y el orgullo que sentí hace veinte años, cuando llevé a Miller y Pinter por todo Estambul. En los diez años subsiguientes a su visita, sucesivas coincidencias atizadas por las buenas intenciones, la ira, la culpa y los rencores personales me indujeron a formular en público una serie de declaraciones en torno a la libertad de expresión que no guardaban relación alguna con mis novelas. Pronto asumí una personalidad -o una máscara- política mucho más potente de lo que me había propuesto. Por esos días, un anciano caballero hindú, autor de un informe de la ONU sobre la libertad de expresión en mi parcela del mundo, vino a Estambul y me buscó. La casualidad quiso que el Hilton fuera, de nuevo, el lugar de la cita. No bien nos sentamos junto a una mesa, el caballero hindú me hizo una pregunta que todavía resuena en mi mente de manera extraña: "Señor Pamuk, ¿qué cosas suceden en su país que usted querría explorar en sus novelas, pero no se atreve porque las leyes lo prohíben?".

Siguió un largo silencio. Anonadado por su pregunta, me devané los sesos y me zambullí en una autoindagación angustiada al estilo de Dostoievski. Evidentemente, lo que el señor de la ONU quería preguntarme era: "En vista de los tabúes, leyes prohibitorias y políticas opresivas existentes en su país, ¿qué hechos se callan?". Pero como había formulado la pregunta desde la perspectiva de mis novelas -¿quizá porque deseaba ser cortés con ese escritor joven y ansioso, sentado frente a él?- yo, en mi inexperiencia, la tomé en su sentido literal. En la Turquía de diez años atrás, las leyes y las políticas estatales opresivas vedaban muchas más cuestiones que ahora, pero a medida que las examiné una por una, no pude encontrar ninguna que quisiera explorar "en mis novelas". No obstante, sabía que si contestaba "Ninguno de los temas que desearía tratar en mis novelas me está vedado", le causaría una impresión errónea. Fuera de mis novelas, ya había empezado a hablar a menudo y abiertamente de todas esas cuestiones peligrosas. Más aún: ¿acaso no solía entregarme a fantasías iracundas sobre cómo plantearía esos temas en mis novelas, sólo porque estaban prohibidos? Mientras rumiaba todo esto, me avergoncé de mi silencio y, al mismo tiempo, reafirmé mi convencimiento de que la libertad de expresión se enraiza en el orgullo y, esencialmente, es una manifestación de la dignidad humana.

He conocido personalmente a escritores que decidieron plantear temas prohibidos con el único propósito de violar la prohibición. No creo ser diferente. Cuando otro escritor, en otro lugar, no es libre, ningún escritor lo es. Este es, por cierto, el principio que inspira el sentimiento de solidaridad en el PEN y en escritores del mundo entero.

A veces, mis amigos me dicen o les dicen a otros: "No deberías haberlo expresado así. Si tan sólo lo hubieras hecho de este otro modo, en términos que nadie habría considerado ofensivos, ahora no tendrías tantos problemas". Pero cambiar nuestras palabras y presentarlas en un envase aceptable para todos, dentro de una cultura reprimida, y hacerse ducho en esto es algo así como pasar por la aduana mercaderías prohibidas. Eso es, de por sí, vergonzoso y degradante.

El tema de este festival del PEN es la razón y la fe. He relatado todas estas anécdotas para ilustrar una sola verdad: existe un vínculo indestructible entre la alegría de expresar libremente cuanto queramos decir y la dignidad humana. Por lo tanto, preguntémonos ahora cuán "razonable" es denigrar las culturas y religiones o, más específicamente, bombardear sin compasión otros países en nombre de la democracia y el pensamiento libre. Después de todas estas matanzas, la parte del mundo en que habito no es más democrática. En la guerra contra Irak, la opresión y el asesinato despiadado de casi cien mil personas no han traído paz ni democracia. Por el contrario, sirvieron para inflamar la ira nacionalista contra Occidente. La situación se ha vuelto bastante más difícil para la pequeña minoría que lucha por la democracia y el laicismo en Medio Oriente. Esta guerra salvaje, cruel, es la vergüenza de Estados Unidos y Occidente. En cambio, organizaciones como el PEN y escritores como Harold Pinter y Arthur Miller son su orgullo.

Por Orhan Pamuk New York, 2006

© Wylie Agency y LA NACION (Traducción: Zoraida J. Valcárcel)

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