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Hacia nuevos públicos teatrales

La propuesta escénica estaría fuera de los hábitos de consumo cultural de los jóvenes

Martes 20 de junio de 2006
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LA NACION

Miércoles pasado. A eso de las 11, los alumnos de segundo año del colegio Federico García Lorca, de Agronomía, terminan de ver "Decidí canción", el trabajo de Gustavo Tarrío que se presenta en una mínima salita de Almagro. Ana Durán, una de las creadoras y coordinadoras del Programa de Formación de Espectadores, inicia una jugosa charla/debate con los actores y los alumnos.

A las 16, en La Boca, comienza la función de "El perro del hortelano", de Lope de Vega, en el marco del plan de Acción Externa del Complejo Teatral de Buenos Aires. En la sala, varios alumnos de colegios secundarios escuchan las palabras de Daniel Suárez Marzal, director del montaje, que intenta compartir las claves de la experiencia.

Seguramente, para la mayoría de los chicos pertenecientes a colegios secundarios ésta debe ser la primera vez que asisten al teatro. Los dos planes son los únicos que aplica el Estado porteño para crear un vínculo entre el hecho escénico y aquellos que no superaron los 20 años. Decididamente, los dos son diametralmente opuestos en su concepción y, dato no menor, son complementarios entre sí. En definitiva, todo suma.

El Programa Formación de Espectadores, que depende del Ministerio de Educación del gobierno de Buenos Aires y el Instituto Nacional del Teatro, en estos momentos trabaja con dos de las mejores obras del circuito alternativo: "Decidí canción", de Tarrío, y "La omisión de la familia Coleman", de Claudio Tolcachir. Luego de ver las obras los chicos tienen la posibilidad de tener un mano a mano con los actores y los docentes se llevan un nutrida carpeta con variedad de propuestas didácticas para realizar en las aulas.

La propuesta del Complejo Teatral, que dirige Kive Staiff, en estos momentos ofrece dos obras: "El perro del hortelano", un clásico de Lope de Vega escrito en verso; y "Lisandro", pieza histórica de David Viñas ubicada en la década del 30 del siglo pasado.

Es decir, tanto en términos teatrales como pedagógicos, las dos opciones son casi opuestas. Tanto que si el primer proyecto, en 46 funciones realizadas durante este año, convocó a 2150 alumnos (tiene lugar en salas pequeñas); a las obras del Complejo Teatral, a 10 funciones, fueron 3750 alumnos.

Ana Durán -crítica de teatro, directora de la revista Funámbulos, profesora de literatura y responsable del primer proyecto- fue una de las tantas personas que de joven vieron una obra en el San Martín junto a su colegio. Es más, hizo la doble experiencia. "Vi espectáculos como alumna y como profesora. Como alumna, cuando existían los abonos para estudiante pude ver a Ana Itelman a los 15 años, algo que me rompió la cabeza. Como profesora, me acuerdo de que llevé a los chicos de un industrial a ver «Las equivocaciones de la comedia» y fue un despelote. Hasta me acuerdo que una vez Staiff paró la función porque le habían pegado un monedazo a un actor. El problema es que en el San Martín, y por eso traté de hacer algo diferente, las salas tiene capacidad para unos 500 pibes y con 500 adolescentes juntos sepierde el concepto de rito teatral. En una sala pequeña, el rito es posible, aunque sea algo forzado. Por otra parte, comprobamos que los adolescentes no resisten sentados y quietos más de un hora; no pueden. Por eso, la manera de conectarse con la obra, y no por una cuestión disciplinaria, es hacer algo para pocos".

Kive Staiff tiene otra interpretación del asunto. Y ante la consulta sobre los motivos para programar una obra en verso de más de una hora y media para un chico de 15 años, dice: "Sorprende la pregunta sobre «El perro del hortelano», de Lope de Vega. La pregunta encierra un clásico prejuicio de los adultos, que suelen ver a los jóvenes como minusválidos intelectuales, una típica subestimación. Por el contrario, la iniciativa del Complejo Teatral nació de la idea de que a los 15, 16 y 17 años los jóvenes empiezan a mirar el mundo con ojos nuevos, a movilizar la curiosidad, a percibir una inteligencia que despierta, a expresar sentimientos antes inexpresables".

Sigue: "¿Por qué un joven de 15 años no va a tomar contacto con una obra del teatro clásico español en verso y de una hora y media de duración, una comedia inteligente, divertida y amorosa en el mejor sentido del término? Tal vez ese joven, en contra de lo que piensan prejuiciosamente los adultos, no está tan estragado por la televisión, el rock, el boliche y el chateo como los adultos suponen, y sólo se trata, en definitiva, de la dificultad de los adultos para entender el mundo de los jóvenes".

Staiff habla de pibes viciados, entre otros "males" actuales, por el rock. Desde lo teatral, justamente, la obra "Decidí canción" le contesta basando su poética en los "paraísos artificiales que no llegan a tres minutos de duración", como ellos mismos expresan, que genera escuchar música de todo tipo, incluido, claro está, el rock. Así de distintos parecen ser los fundamentos conceptuales de cada uno de estos proyectos. Tan distintos, por suerte, como el teatro mismo.

En acción

Durante la función de "El perro del hortelano", una buena cantidad de público sigue la acción de una manera sumamente respetuosa, aunque, a medida que avanza la acción, muchos se quedan en el camino. A veces se generan movimientos dudosos. Por ejemplo, en medio del segundo acto, hay un murmullo alrededor de un padre ubicado estratégicamente para contener posibles desbordes. El murmullo tiene su explicación: el señor en cuestión duerme de lo lindo. A los pocos minutos, muchos siguen su ruta.

De "Decidí canción" no se podría afirmar que la obra les voló la cabeza, como le ocurrió a Ana Durán cuando vio una obra de la gran Ana Itelman en el San Martín. Pero lo cierto es que, durante la charla, en la cual los actores como Tarrío ponen la mejor predisposición, se tocan naturalmente conceptos como espacio escénico, dramaturgia, construcción colectiva o improvisación. Y la cosa fluye, y hay fotos, y hay autógrafos, y hay comentarios sobre la obra.

Sobre el criterio de selección, Durán y Sonia Jaroslavsky, la otra coordinadora, explican los parámetros del proyecto Formación de Espectadores. "Tienen que ser obras que cuenten con subsidios del Instituto Nacional del Teatro o espectáculos finalistas del Certamen Metropolitano. No estamos en contra de las obras convencionales, pero creemos que el San Martín es su lugar. De última, pensamos en un proyecto que funcionara en espacios no convencionales y con obras que a los chicos los atrapara a los cinco minutos. Así quedaron «No me dejes así», con quienes hicimos pocas funciones porque los actores no podían; «Decidí canción», de Tarrío, y «La omisión de la familia Coleman», de Tolcachir. El año pasado esperábamos que los chicos comprendieran al teatro contemporáneo. Ahora, la idea es que puedan traspasar la puerta de un sala, que vean, que se diviertan, que pregunten. Con eso, nos quedamos contentas".

Staiff define su universo: "El Programa de Acción Externa, puesto en marcha hace ya más de 20 años, que incluye funciones teatrales del repertorio del Complejo Teatral de Buenos Aires dedicadas a estudiantes de nivel secundario, partió de la idea de proporcionar expresiones artísticas en el entendimiento de que la cultura es, entre otras cosas, una prolongación de la educación. Si logramos desarrollar en los jóvenes interés y/o pasión por la cultura, lograríamos sin duda ciudadanos mejores, más comprometidos con la vida de la sociedad y de los individuos en la sociedad. También nos proponíamos propender a la formación de nuevos públicos, de nuevos espectadores para el teatro".

¿Agujero negro?

Mientras estos dos programas conviven, el ámbito comercial no cuenta con estrategias propias para ir formando nuevos espectadores. El mismo Carlos Rottemberg, dueño de la mayor cantidad de salas comerciales del país, lo reconoció en una reunión con la prensa que se realizó hace unos meses. Los productores privados admitieron que llegan al público joven por medio de los espectáculos infantiles y que vuelven a tener noticias de ese público cuando superan los 25 años. En el medio, hay una especie de agujero negro. Seguramente, la programación de las salas comerciales tienen mucho que ver con esa especie de "triángulo de las Bermudas".

En el ámbito oficial, el Complejo Teatral maneja algunas estadísticas. Según una encuesta que responden los mismos asistentes a los espectáculos, entre el 30 de septiembre del año pasado y el 10 de marzo de este año, el 3,30 por ciento tiene menos de 15 años y el 12,30 por ciento va de los 16 a 20 años.

Según datos del programa Formación de Espectadores, de los alumnos de primer año a tercero que asistieron a ver los espectáculos un 40 por ciento no había ido nunca al teatro, un 10 por ciento había visto una obra del teatro independiente y el restante, un 30 por ciento, conoce salas del teatro oficial o comercial.

Ana Durán apunta: "Creo que hay una falencia por parte de Educación y del teatro mismo. El teatro tiene una cosa muy endogámica de «vengan a verme», pero yo no hago nada por convencerlos. Por eso, siempre reivindico a José María Muscari, que sale a buscar al público".

Sonia Jaroslavsky agrega: "En Formación de Espectadores también hubo un aprendizaje para los dueños de salas, porque al principio estaban aterrorizados al ver todos esos pibes. Y a los chicos, básicamente a los que venían de lugares marginales, les daba cosa entrar a una sala como El Camarín de las Musas. Es muy cheto para ellos".

La función de "El perro del hortelano" termina con un fuerte aplauso con sabor a catarsis. Por un motivo u otro, el espíritu de fiesta que había resaltado Suárez Marzal cuando presentó la obra no está del todo presente.

En la pequeña salita de Almagro en la que va "Decidí canción", la charla con los actores culmina con una perlita. Una docente toma la palabra y relata cuánto le gustó la obra. "Hasta me hizo llorar. Debe de ser mi menopausia", apunta entre risas. "Queda alguna pregunta por ahí", consulta Ana Durán. Un chico levanta la mano tímidamente: "Sí... ¿Qué es menopausia?".

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