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El pescador de ojos profundos que se convirtió en leyenda

El danés Christian Madsen llegó a las costas de Claromecó nadando, tras saltar del barco que lo llevaba a la cárcel del Fin del Mundo, ubicada en Ushuaia

Sábado 24 de junio de 2006

CLAROMECO.- Entre las playas inmensas y el paisaje agreste de este balneario del partido de Tres Arroyos yace el recuerdo de un hombre alto, con los ojos del color del mar y una mirada tan profunda como la de las aguas que bañan sus costas. Era culto, ávido por la lectura, solitario y excelente pescador. Vivía 10 kilómetros al oeste del núcleo poblacional en un rancho de chapa y piso de tierra, sin más compañía que la de su yegua, sus perros y sus libros.

El lugar se conoce como el salto de Christian y los mismos pescadores lo llamaron así en alusión a Christian Madsen, su excéntrico morador. Un monolito castigado por el viento y las olas lo recuerda. Era dinamarqués, taciturno y de andar cansino. Subsistía con los frutos del mar, las liebres y los ñandúes que cazaba ayudado por sus perros. Fue uno de los primeros bañeros que tuvieron estas playas y nadaba como sólo pocos pueden hacerlo. Los relatos que él mismo solía contar sobre su vida lo convirtieron en leyenda y lo hicieron inmortal.

El mito

Cuenta la historia que llegó a estas costas nadando, tras saltar del barco que lo llevaba a la cárcel de Ushuaia. Lo habían detenido junto con un grupo de correligionarios anarquistas por participar de levantamientos obreros y él afirmaba que en 1921 había sido uno de los huelguistas de la Patagonia Trágica -episodio narrado de José María Borrero, en 1928- y que había intervenido en otros acontecimientos semejantes en Buenos Aires.

Poco se sabe certeramente acerca de la vida de Christian Madsen antes de desembarcar en esta zona, ni por qué tramitó su cédula de identidad con el nombre de Juan Christian Christiansen. Lo cierto es que comenzó a merodear por estos pagos hacia finales de la década del 30, en sus años mozos. Dicen que un chacarero de la zona lo contrató en la estación de Orense para trabajar de cocinero. Pero también tuvo otros trabajos antes de radicarse definitivamente en el salto que lleva su nombre, entre los que se destaca el de "guardaespaldas" de un estanciero.

Eran otros tiempos. Claromecó apenas tenía algunos chalets de veraneo. Dunamar -al otro lado del arroyo, con sus casas de ensueño en medio del extenso monte- no era más que un médano indómito, y en esas pampas desoladas, muy cerca de las rocas que se funden en el mar y junto a algunos tamariscos, Christian fabricó su rancho con unas pocas chapas, hacia el año 1940.

"Tenía cuatro rieles amurados en la piedra y unos tablones cruzados, subía con la marea baja y, durante la creciente, le hacía de muelle; allí pescaba con la línea de piolín las corvinas que luego vendía en el pueblo", cuenta Víctor Dubovick, un viejo conocido suyo. La yegua Lola acarreaba los pescados, y los pasos de Christian se abrían junto a los de sus perros, desafiando a las impericias del clima, para vender el fruto de su trabajo y obtener los recursos necesarios para hacer parada en lo de Arbasetti y beber alguna copa. Lola conocía a la perfección el camino de regreso a casa.

Hacia la década del 50, Ernesto Gesell comenzó con su obra de fijación y forestación en Dunamar, y el viejo Christian trabajó en el proyecto. Así fue como cambió de domicilio y se instaló en una pequeña cabaña, ya más cercana al pueblo, junto con sus eternos compañeros: los perros, la yegua y los libros.

Hosco y cálido

Así pasaron los años de Christian, un personaje hosco para algunos y sumamente cálido para otros. Nelly de Paz, una antigua pobladora a cargo del Museo de Claromecó, recuerda: "Les convidaba caramelos a los chicos de la escuela, en los recreos, e incluso pidió monedas en los negocios para comprar un proyector y lo logró".

El piolín se substituyó por una red de unos 100 metros. Christian, el pescador, la tiraba montado al caballo, mientras que sus dos jóvenes socios hacían lo propio desde afuera. En esos tiempos la cita tras la jornada de trabajo era en el bar de Jalle, donde tomaban cerveza con galletitas saladas y maní. "Ibamos con él pero no nos conversaba, se dedicaba a sus cosas", dice Bancur.

Hacia mediados de la década del 60, la muerte lo encontró en el asilo de Tres Arroyos. Fue hermético e inolvidable: varios lugareños le dedicaron canciones y poesías, otros lo retrataron. Eduardo Galeano le escribió "Homenaje al hombre que no conocí", en mayo de 1973, tras su estadía en estas playas, e inspiró a Eduardo Calcagno en el guión de "El Salto de Christian", una película que finalmente no se produjo.

La profundidad de su mirada cautiva tanto como la inmensidad del mar, testigo silencioso de su vida. Y la historia atesora sus misterios. "Hay muchas cosas que no se deben decir porque es un mito y a los mitos no hay que estropearlos", concluye Carlos Bancur, otro lugareño.

Por Carolina Buus LA NACION

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