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La historia del pueblo español del que escapan los argentinos

Aguaviva los había convocado para repoblarse; hoy son blanco de críticas locales

Domingo 25 de junio de 2006
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LA NACION

MADRID.- La cámara se desliza por la soledad del paisaje árido y abrupto. Se detiene en la roca y se acerca a la leyenda "ni argentinos ni rumanos en el pueblo" que, escrita rápido con pintura en aerosol, sintetiza la batalla por la convivencia en Aguaviva, el pueblito español que derivó en estrella de cine contando al mundo la aventura de los inmigrantes de nuestro país.

Ellos llegaron hace cinco años con la promesa de casa y empleo, dos cosas imposibles en la Argentina de la crisis. Los esperaba un pueblo perdido y agonizante por falta de pobladores, que les exigía, por contrato, cinco años de permanencia. Las cámaras de cine llegaron después, para contar cómo el sueño del paraíso a veces se rompe.

Tal fue la novedad del experimento de inmigración que Aguaviva fue objeto ya de cuatro documentales exhibidos en festivales como los de San Sebastián, Mar del Plata o Miami.

Podrían haber contado la epopeya de la emigración argentina, si no fuera porque los compratriotas no siempre salen bien parados: en uno de los documentales, hasta el alcalde que los invitó, Luis Bricio, juzga que, para integrarse son mejores los rumanos. Ellos fueron la segunda oleada, la que llego del Este, una vez que el temple argentino empezó a fallar y muchos abandonaron la aldea sin cumplir el contrato.

Las películas se exhiben en este mismo momento en salas de la zona. "Espero que la reacción no sea muy crítica, porque son duras de ver", dijo a LA NACION uno de los realizadores que, con algo de temor, regresaba por primera vez al pueblo para compartir con sus habitantes -devenidos en protagonistas- la proyección.

Son producciones de Alemania, Cataluña, Bélgica y Japón. Y cada una cuenta la historia del experimento a su manera, si bien reconocen dificultades similares, entre ellas, la reticencia inicial de los pobladores, a veces fundada en un carácter hosco. Y otras, en el temor a represalias.

Para vencerlas, la catalana Ariadna Pujol trabajó tres años y viajó una vez por mes al pueblo para ganarse poco a poco la confianza de la gente. "No quise hacer la historia oficial del pueblito, sólo dejé que la cámara fluyera y contara el tremendo desgarrón emocional que eso significó tanto para los recién llegados como para los lugareños", dijo a LA NACION.

"Aguaviva" se llama la película que, con 600.000 euros de presupuesto, fue apoyada por las televisiones española y regional de Cataluña. Una de las protagonistas es Graciela, la emprendedora dueña del restaurante "El quesito argentino", que llora en el teléfono con sus familiares y que un día, después de mucho pensarlo, se anima a poner la bandera argentina en el local.

"¿Por qué me trajiste acá?" cuestiona en otro momento una de las hijas de Angela, una argentina madre de cinco que llegó sin su marido y carga, sola, con toda la familia. La mujer se queda sin respuesta frente a la cámara y la rabia adolescente. "Yo no me veo acá de grande", dice luego, la chica cuyos pasos retumban en la calle angosta, vieja y desierta.

Pero, encabezados por el alcalde y por Ariadna, varios protagonistas partieron a San Sebastián, donde fue presentada la película. "Muestra lo que vi", dice la joven directora. Y, ante una pregunta, admite que hay pocas secuencias de interacción entre lugareños e inmigrantes. "Es que no las hay; tal vez, porque no hay muchas oportunidades."

El mismo argumento se agudiza en la visión de la realizadora Verónica Marchiaro: "Encontré una especie de reproducción, en pequeño, de lo que se advierte en casi todas las grandes ciudades europeas: la diferenciación, por guetos, de la población inmigrante según su origen", dice a LA NACION.

Directora, junto con el colombiano Mario Burbano, de "La vida en tres maletas", lo suyo fue una experiencia a pulmón. "Leímos sobre Aguaviva en una revista, nos llamó la atención la idea de una inmigración hecha sobre promesas imposibles de cumplir y partimos con equipo prestado y el dinero que pudimos juntar", evoca.

Reproches mutuos

El documental recoge duros testimonios. Los latinoamericanos se quejan: dicen que en el pueblo no hay nada. "¿Es ésto el Primer Mundo?", dispara uno, contra la pared descascarada. Los lugareños también protestan: aseguran que no fueron consultados para la venida de extranjeros. Y hasta el alcalde carga contra quien "muerde la mano de quien lo alimenta".

En contraste, se nota el esfuerzo de la población inmigrante rumana por adaptarse y ser aceptada. "Si haces tu trabajo te tratan bien", dice uno. "Hablar el mismo idioma no siempre es sinónimo de integración", añade el alcalde. Otros dicen que hay racismo.

Pero todos, juntos se las ingenian para sacar la convivencia cotidiana adelante. La cuota de dulzura la ponen las mujeres del pueblo, casadas o viudas de jubilados, felices porque vuelven a ver niños en el pueblo o a oír un llanto de bebe.

"¡Hay vida!", exclama una de ellas, y el eco de su voz se pierde en la calle, siempre vacía.

Aguaviva queda a 400 kilómetros de Madrid, en el nordeste de Teruel, la provincia de menor densidad de población de España, y tiene tradición republicana. Muchos de sus más antiguos pobladores fueron "emigrantes forzosos", pero -dice Marchiaro-"ni siquiera esa terrible experiencia ayuda a una mayor apertura ante el extranjero".

Todos ellos se vuelven a ver las caras en estos días con la proyección de películas que, antes de llegar al pueblo, causaron fuerte debate. Y a pesar de la dureza de los relatos, todos trabajan juntos por sacar adelante el experimento.

"La inmigración no es fácil", sintetiza el alcalde. Por eso, el final es abierto: sólo ellos lo conocen.

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