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El desafío se acota y se multiplica a la vez

Miércoles 12 de julio de 2006
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LA NACION

En "Viviendo por un sueño", la última película de Paul Weitz ("Un gran chico"), que no llegará a los cines locales y se estrenará en forma directa en video y DVD, el mismísimo presidente de Estados Unidos (Dennis Quaid) es el encargado de elegir al ganador de un concurso que consagrará a la nueva figura de la canción al estilo de "American Idol". Enterados de tal estrategia, grupos terroristas adiestran en algún lugar de Asia a un muchacho para cometer allí un atentado suicida que tenga como víctima al mandatario. Deslumbrado con la posibilidad de ganar el certamen, el hombre se vuelca por esta opción y deja de lado su misión suicida.

Detrás de una descarnada sátira hacia la política norteamericana, la película no hace más que reconocer el valor cultural que tiene hoy "American Idol" en su país de origen. En palabras de Weitz, el programa "es la receta perfecta para desconectar al público de un día tenso con noticias sobre terrorismo". Y para la crítica de TV de The New York Times, Alessandra Stanley, el programa llegó a adquirir en la perspectiva de los televidentes norteamericanos una importancia tal que en la reciente final de su quinta temporada se convirtió en una suerte de conducto a través del cual se canalizan las pasiones políticas de ese país.

De hecho, según observó Stanley, la primera noche de la gran final se pareció mucho a un debate televisado entre candidatos a presidente en vísperas electorales. Poco después, más de 50 millones de norteamericanos se pronunciaron a través del voto y consagraron ganador a Taylor Hicks.

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Con toda la evidencia de semejante poderío, "American Idol" encara ahora a través del canal Sony -la misma emisora a través de la cual seguimos el reality show desde sus albores- una versión latinoamericana, cuyo mayor desafío pasa por contemplar y unificar las expectativas simultáneas de varios países de nuestro continente cuyo vínculo con la música pop hablada en español no siempre es coincidente, por más que desde Miami se hayan encarado varias iniciativas de mercado -varias de ellas muy fructíferas- para homogeneizar el discurso musical en todo el mundo hispanohablante.

Entre nosotros perdura en la memoria la experiencia todavía cercana de "Popstars", que para más de un televidente servirá como punto de referencia para ver cuál es la futura respuesta local frente a un proyecto como "Latin American Idol", cuyos tramos decisivos tendrán a Buenos Aires como escenario.

Es tan fuerte el recuerdo de "Popstars" desde su elogiada factura televisiva como apreciable el olvido hacia algunos de sus resultados (¿quién se acuerda hoy del grupo Mambrú?). Ahora, el desafío se multiplica en términos geográficos, pero a la vez parece acotado a instancias más que precisas. Lo dice sin vueltas el jurado Gustavo Sánchez después de aplazar a un aspirante en la primera selección realizada en Caracas: "Aquí no buscamos un cantante, sino un ídolo".

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