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Domingo 06 de agosto de 2006 | Publicado en edición impresa

Una edad difícil: en todos los niveles socioeconómicos

Es pobre la dieta de los chicos de 1 a 4 años

Por Nora Bär | LA NACION

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Más calorías que las necesarias. Poca densidad de nutrientes. Bajo consumo de verduras y muy bajo de frutas. Elevada proporción de alimentos de alta densidad energética (hasta el 30% de los requerimientos proviene de alimentos ocasionales). Bebidas azucaradas en cantidad ampliamente superior a la recomendada. Monotonía, papa y "salsadependencia".

Este es, brevemente, el identikit de la dieta de los chicos argentinos de entre uno y cuatro años que surge de los datos disponibles en el país, según un libro medular de los especialistas del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni). La obra, "De 1 a 4 años. Comer en una edad difícil", destinada a pediatras, nutricionistas, madres y padres, se presentará el 28 y 29 de este mes durante el seminario "Nutrición infantil: hoy y mañana", que celebra el trigésimo aniversario de la institución y contará con prestigiosos invitados locales e internacionales.

"Los chicos de entre uno y cuatro años han sido de cierta forma relegados de las recomendaciones alimentarias, si se los compara con los menores de un año -dice el doctor Alejandro O Donnell, director científico de Cesni-. Sin embargo, el segundo año es crítico para el futuro del niño y también del futuro adulto. Es en esta etapa cuando se forman por imitación los hábitos y preferencias alimentarias, y se siembra el germen de la obesidad y la anorexia. Por otro lado, las madres no saben muy bien qué hacer; tienen unos miedos terribles."

Una señal de que existe un vacío de conocimiento sobre la nutrición en esta etapa de la vida es que el tema constituye el motivo más frecuente de consulta pediátrica en el segundo, tercero y cuarto año de vida. La principal preocupación de las madres es que sus hijos coman insuficiente o inadecuadamente.

"En el libro analizamos las encuestas y vemos que los chicos tienen una dieta pobre ya desde muy pequeños, incluso en los niveles socioeconómicos medios y altos -dice el licenciado Sergio Britos, director asociado de la institución-. El consumo de frutas es bajísimo y el de hojas verdes, casi nulo (les aportan apenas el 5% de las calorías diarias). El 70% de las verduras u hortalizas que comen en esta edad es papa. Y cuando hablamos de tomate, la mayor parte se come en salsa."

Es que, al parecer, en todas las culturas del mundo a los chicos al principio no les gustan las verduras. "A ninguno -confirma, para tranquilizarnos, O Donnell-. Ni siquiera a los de pueblos primitivos que viven de «yuyitos». Todo lo que viene después es aprendido. Ahora, cómo lo aprenden es la pregunta del millón."

Según los investigadores, hay mucho terreno para avanzar, sobre todo en la calidad. "Seguimos analizando estudios y nos encontramos con chicos que no comen poco, pero que lo hacen desequilibradamente, con rasgos de monotonía, independientemente del nivel socioeconómico -opina Britos-. En los chicos pobres, la monotonía está dada por un exceso de cereales, pastas e hidratos de carbono. Y en el que no es pobre, por el elevado consumo de grasas, azúcares refinados, golosinas, galletitas y bebidas. Nosotros enfatizamos que se pueden formar los gustos y buenos hábitos en la comida. Todo depende de cómo acompañen las familias ese momento. En las imágenes ecográficas uno puede ver ya señales de gusto y de disgusto de los niños en la panza de las madres. Es más: algunos estudios muestran que los chicos cuyas madres comen muchas verduras desarrollan mucho más tempranamente el gusto por comer ensalada, por ejemplo."

Sin embargo, al parecer, esa predisposición no abunda. La Argentina participa del fenómeno que los especialistas llaman "transición nutricional": muestra cambios en el patrón alimentario (con los azúcares, los aceites y las harinas refinadas en el podio) y cambios en los estilos de comer (hay menos comensalidad familiar y más oportunidades de comer fuera del hogar). Al mismo tiempo, hasta un 45% de los chicos de entre uno y cuatro años tiene deficiencia de hierro.

"Un tema importante en este período son las aversiones -explica O Donnell-. Es muy fácil que se establezcan. Por ejemplo: basta una pelea entre padres, hermanos o tíos en la mesa para que el chico le tome idea a un alimento. Ni que hablar de la quimioterapia... Cuando los chicos tienen que pasar por un tratamiento como ése, los dos días previos uno se cuida de no darles milanesa con papas fritas porque sabemos que se van a sentir muy mal y van a vincular, sin ningún motivo racional, el malestar con la comida. Y lo curioso es que las madres también desarrollan aversiones a ciertos alimentos cuando sus hijos los rechazan, tal es la simbiosis entre madre e hijo."

Para evitar muchos de los problemas que produce la monotonía alimentaria, los especialistas aconsejan exponer a los chicos a todos los sabores, literalmente desde la cuna.

"Desde el sexto mes de vida, hay que ofrecerles variedad de formas y preparaciones -ilustra Britos-, y no amedrentarse ante los primeros rechazos. Hay que reiterar la oferta de un mismo alimento ocho, nueve o diez veces en diferentes formas y combinaciones hasta que el chico logre adquirir el gusto o el hábito de comerlo."

"Hoy se da el caso de las madres superinformadas -agrega O Donnell-, que trabajan y no tienen mucho tiempo para estar con sus hijos. Entonces, si el chico no come, lo sienten como una suerte de fracaso personal, como si el vínculo con su hijo se deteriorara. Y ahí es cuando empieza el «baile»: que esto no quiero, que aquello tampoco Muchas veces, el chico está buscando su independencia y dice que no para ver hasta dónde llega su mamá. Es en esos momentos cuando hay que decirle: «Bueno, si no querés esto, dejalo», y no ofrecerle más alimentos hasta que llegue la merienda. Creo que una respuesta desacertada en esas ocasiones es la raíz de una serie de desviaciones en la conducta alimentaria y en el manejo de estos chicos. Las madres empiezan a no ponerles límites en nada porque se sienten culposas de que su hijo no coma bien."

Un capítulo especialmente valioso para padres en apuros es el destinado a los dulces, una tentación omnipresente que suele atormentar a muchas voluntades bien intencionadas.

Dicen los especialistas: "No hay que prohibirlos: sería una maldad -coinciden-, pero sí racionarlos, dejarlos sólo para ocasiones especiales".

Aunque parezca difícil, para enseñar a los chicos buenos hábitos alimentarios -como en otras cosas-, tal vez baste con aplicar la fórmula de las abuelas: comer en familia y predicar con el ejemplo.

"Es imposible enseñarles a los chicos a comer verduras si los padres están comiendo al lado de ellos un suculento plato de papas fritas -dice Britos-. Para educar el gusto, lo importante es crear un ambiente alimentario saludable. Nosotros somos bastante críticos de muchas acciones de educación alimentaria cuando ésta se plantea como una mera transmisión de conocimientos -que hay cinco grupos, que el calcio está en la leche y el hierro está en las carnes, etcétera-. Creemos que la verdadera educación alimentaria es enseñar a las madres y a las familias cómo enseñar a comer."

Y concluye O Donnell: "Después de los doce meses y antes de su ingreso a la escuela, los chicos continúan estando en un riesgo nutricional importante y tienen requerimientos muy exigentes. Es precisamente entre el segundo y el cuarto año de vida cuando tenemos una ventana de oportunidad, y no deberíamos desperdiciarla".

Consejos a la hora de comer

Dos vasos de leche, entre 80 y 100 gramos de carne, 100 gramos de cereales (pan, pastas, arroz), una fruta grande o dos chicas, entre 3/4 y un plato de hortalizas (de todo tipo y color) y una cucharada de aceite vegetal constituyen una dieta modelo para chicos de entre 1 y 4 años, según los expertos de Cesni.

Cinco comidas

  • Los niños pequeños deben alimentarse con frecuencia (tres comidas y dos snacks por día), pero no constantemente.

No ceder

  • Resistir la demanda de comidas específicas fuera de la rutina. No ceder ante los ruegos.

De a uno

  • Introducir de a uno los alimentos nuevos, teniendo en cuenta que la primera reacción suele ser de rechazo.

Premios y castigos

  • No utilizar la comida como premio o castigo, y nunca forzar al niño a comer.

Participación

  • Permitir al niño cierto control sobre su comida, ya sea participando en la preparación, brindándole opciones de utensilios o ayudándolo en sus progresos hacia la autonomía.

Variedad

  • Cocinar y presentar de distintas formas los alimentos para lograr la aceptación.

En familia

  • Comer en familia, al menos una vez por día.

Organización

  • Es importante que los padres organicen el cuidado del niño para que la menor cantidad de personas posibles lo alimenten y cuiden.
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