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Un vigente e inmortal Vivaldi

Se presentó en la basílica de San Francisco una obra recién hallada del compositor
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19 de agosto de 2006  

El concierto en la basílica de San Francisco dedicado a obras de Antonio Vivaldi, con el atractivo de incluir el "Dixit Dominus", que fue hallado recientemente en Alemania, se esperó con ansiedad. La basílica de San Francisco se vio rebosante de una multitud que cubrió todos los espacios disponibles, incluyendo los del altar mayor. Gente mayor, de edad mediana y muchos jóvenes llegaron a bloquear los laterales del altar y tornaron algo dificultosa el arribo de los músicos y cantantes a sus lugares.

Pero fue al oír el Salmo para coro a cuatro voces, cuerdas y bajo continuo, primera obra del programa, el momento en que se produjo un incentivo para rememorar la historia. ¿Habrá conocido la Buenos Aires colonial ese salmo "Laetatus sum", con instrumentos aportados por el famoso José Antonio Ortiz, aquel músico nacido en la misión de San Carlos en el Alto Paraná, cuyo verdadero nombre era Cristóbal Pirioby y que a los 30 años murió por una fatal enfermedad que ni el mismo gran médico Cosme Argerich pudo sanar? ¿Habrá sido el primitivo órgano de San Francisco, construido por el organero francés Luis Joben, el que se usó para alguna obra religiosa del barroco italiano en aquellos años previos al 25 de mayo de 1810?

El "Salve Regina", la tercera antífona mariana que Vivaldi compuso para el Ospedale della Pietá de Venecia se escuchó con agrado, ya que es muy hermosa y distendida. El violín solista, las cuerdas y el bajo continuo se percibieron con prístina claridad, a tal punto que los pasajes virtuosos de Manfredo Kremer se escucharon en toda su pulcritud, al igual que la voz de Graciela Oddone.

A renglón seguido uno de los conciertos de "L Estro Armonico" que consagraron al "Frate Rosso", así llamado cariñosamente en Venecia por el color de su pelo, donde se mezclan el estilo del concerto grosso con pinceladas audaces de un creador que despertó la admiración de Johann Sebastian Bach, como quedó evidenciado en la historia musical con la transcripción que hizo para cuatro claves y conjunto de cuerdas de ese mismo trabajo.

Los acertados anuncios de la locutora proclamaron con unción la siguiente obra de Vivaldi y entonces se oyó con buen nivel sonoro el equilibrio entre la voz grave de Susana Moncayo y el conjunto instrumental diestramente conducido por el maestro italiano Francesco Fanna, y el himno que el Vivaldi de la juventud concibió para la fiesta de los Siete Dolores de la Santa Virgen María cautivó a la multitud, como quedó documentado por el caluroso aplauso.

Fue ahí donde se meditó sobre la oportunidad y significación del concierto en su conjunto, precisamente en el día de la Virgen María, un día mayor para la cristiandad.

Expectativa

Pero cuando por fin el maestro Francesco Fanna y todos sus colaboradores comenzaron el esperado "Dixit Dominus" se palpó a través del silencio la expectativa que produjo el deseo de conocer algo más de Antonio Vivaldi. ¡Qué admirable vigencia del compositor italiano! ¡Qué forma humilde para ser el verdadero protagonista! ¡Qué lección para quienes suelen poner en duda su talento!

La versión fue lo mejor del concierto. Se notó una preparación más ajustada, un rendimiento estupendo del coro Grupo de Canto Coral preparado por Néstor Andrenacci, excelencia en el conjunto La Barroca del Suquía, de la mano de Manfredo Kremer, y prolijas y sobrias las intervenciones de los cantantes Graciela Oddone, Dolores Ibarra, Susana Moncayo, Ian Honeyman (que viajó desde Londres, creemos que un esfuerzo innecesario) y Osvaldo Ledesma.

Fue así como el sonido especial que se genera en la iglesia se escuchó en toda su grandeza y el "Dixit Dominus" surgió con un brillo y una imponencia emotiva. Ya la introducción provocó un impacto estético. El ritmo marcado de las cuerdas con ese característico timbre transparente y fino de la zona aguda de los violines al que se sumaron las voces humanas provocó admiración. Luego, los contrastes de intensidades y las esfumaturas, así como las alternancias de forte y piano menos contrastadas, evidentemente indicaron al Vivaldi tardío, el de la última época de su monumental creación.

Las voces solistas cumplieron con dignidad, dejando apreciar lo mejor de sus condiciones de musicalidad, en alguno de ellos sobrepasados por el atractivo y complejo estilo florido del canto. Cuando se sumaron a las cuerdas, las trompetas y los oboes, el clima musical se hizo profundo, por momentos plácido y hasta misterioso. Y el idioma musical contrapuntístico, sumado al canto de raíz napolitana que evidentemente influyó a todo creador italiano, culmina en este tercer "Dixit Domine" en un final fugado amplio y rico en los aspectos armónicos y tonales.

Como la orquesta y el coro lograron una fusión bien ensamblada, la audición resultó comunicativa al punto de generar una ovación muy efusiva y prolongada, señal de agradecimiento y admiración del público que insistió con las palmas acompasadas; logró, así, que el maestro Fanna y todo el conjunto repitiera la introducción de la valiosa nueva obra del vigente e inmortal Antonio Vivaldi.

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