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El principio del fin

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa PARA LA NACION
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19 de agosto de 2006  

LONDRES

El secretismo –rasgo clave de todas las dictaduras y, en especial, de los Estados totalitarios comunistas– que rodea la crisis que ha llevado a Fidel Castro a delegar de manera “provisional” sus poderes a su hermano Raúl ha hecho que las conjeturas sobre su estado de salud (“secreto de Estado para no dar armas al imperialismo”, según uno de los grotescos comunicados redactados por el propio dictador) se disparen en todas direcciones.

En lugar de seguir fabulando respecto de la enfermedad que aqueja al longevo tirano, vale la pena sacar algunas conclusiones a partir de ciertas evidencias que la crisis actual ha confirmado de manera rotunda. La primera, que, mientras Fidel Castro conserve un hálito de vida, nada se moverá en la isla en el sentido de la democratización. Quienes esperaban –en el exilio de Miami, principalmente– que, con el anuncio de su operación y consiguiente delegación de poderes, el pueblo cubano se lanzaría a las calles, entusiasmado con la inminencia de su liberación, se quedaron con los crespos hechos.

Casi medio siglo de regimentación, adoctrinamiento, tutelaje, censura y miedo adormecen el espíritu crítico y hasta la más elemental aspiración de libertad de un pueblo que, por tres generaciones ya, no conoce otra verdad que las mentiras de la propaganda oficial ni parece tener ya otros ideales que los mínimos de la supervivencia cotidiana o la fuga desesperada hacia las playas del infierno capitalista.

Penoso y triste espectáculo, en verdad, el de esas masas arreadas a vitorear al dictador octogenario, que, apenas se alejan sus arreadores, corren a telefonear a sus parientes del exilio a averiguar qué se sabe allá, y salen luego, convertidas en turbas revolucionarias, a apedrear y amedrentar a los disidentes que, una vez más, pagan los platos rotos de una crisis, ocurrida allá, lejísimos, en las alturas del poder, en la que no han tenido intervención alguna.

Es verdad que, una vez desaparecido el superego que ahora las castra y anula, esas masas saldrán luego a las calles, como en Polonia o en Rumania, a vitorear la democracia, pero lo cierto es que, cuando ésta llegue, habrán hecho tan poco para alcanzarla como los dominicanos a la muerte del generalísimo Trujillo o los rusos al desintegrarse el imperio soviético.

Cuba será libre, sin duda, más temprano que tarde –ésa es otra certeza indiscutible–, pero no por la presión de un pueblo sediento de libertad, ni por el heroísmo de unos grupos de ciudadanos idealistas y temerarios, sino por obra de factores tan poco ideológicos como una hemorragia intestinal del Compañero Jefe.

Las dictaduras de derecha no son tan eficientes como las de izquierda aniquilando el espíritu de resistencia y la aspiración libertaria en un pueblo. Franco y Pinochet fueron brutales y se valieron de la censura y el terror para aplastar toda forma de disidencia. Pero nunca consiguieron embotar a la inmensa mayoría de la sociedad hasta someterla de esa manera tan lastimosa y tan indigna como en Cuba o Corea del Norte, donde parece haberse materializado la pesadilla orwelliana de la dominación, no sólo de la conducta pública, sino también de las conciencias y hasta los sueños de los ciudadanos.

Esto no desmerece en nada el coraje de los disidentes que se pudren en las cárceles o viven sometidos a la vejación y el vituperio cotidianos, más bien lo realza y muestra lo admirable que es. Pero, asimismo, destaca la orfandad en que se encuentra y el escaso eco que toda esa inversión de idealismo y de decencia halla en unas masas en las que el aherrojamiento ideológico y la minusvalía ciudadana parecen haber reducido todas las aspiraciones cívicas a sólo dos: comer cada día y huir apenas se pueda.

Por eso, está lleno de involuntaria comicidad el manifiesto de los premios Nobel y amigos intelectuales de la dictadura castrista pidiendo que Estados Unidos no se aproveche de la enfermedad del Jefe Máximo para atropellar la soberanía cubana e invadir el país.

Basta tener dos dedos de frente para saber que el problema número uno que tiene actualmente Estados Unidos con Cuba no es el de que Castro muera y llegue por fin la democracia a la isla, sino, más bien, el de que si esto ocurre, o aun si no ocurre y hay una mínima apertura por parte del régimen, ello no provoque una emigración masiva de cientos de miles o acaso millones de cubanos hacia Estados Unidos.

La tristísima y paradójica verdad es que la democratización de Cuba, en los momentos actuales, a Estados Unidos sólo le significaría un monumental dolor de cabeza: bregar con esa marea inatajable de cubanos de toda condición a los que medio siglo de totalitarismo no les ha dejado otra ambición que la de escapar al país del Norte y la de tener que cargar sobre sus espaldas la monumental tarea de ayudar a resucitar una economía a la que casi cincuenta años de centralismo, estatismo y dirigismo han puesto en estado de delicuescencia.

Contrariamente a las declaraciones grandilocuentes de Bush, la administración norteamericana tiene muy poco interés, en estos momentos en que no sabe cómo salir de los atolladeros de Irak y del Líbano, en un nuevo dolor de cabeza y de gigantescos problemas de inmigración y presupuesto por un país situado a pocas millas de sus playas.

No sólo la pequeña rosca de oligarcas comunistas que rodea a Fidel Castro prende velas en estos días a las vírgenes y los santos del cielo marxista por que su vida se prolongue; Bush y compañía también.

Pero nada de esto impedirá que Fidel Castro se muera alguna vez y que, con su muerte, se ponga en marcha el proceso de transformación de un régimen que –más claro no canta un gallo– jamás podría mantenerse tal cual sin la presencia de quien lo ha modelado de pies a cabeza, le ha impreso su marca en todas sus instituciones y detalles y es su motor, su aglutinante y su piedra miliar, esa piedra que, según las supersticiones medievales, bastaba retirar para que una catedral entera se desplomara. Es muy posible que este proceso haya ya empezado con la delegación de poderes a Raúl Castro. Pero sólo se precipitará con la desaparición de Fidel.

¿Conseguirá Raúl Castro imponer en Cuba el modelo chino de una economía capitalista bajo un gobierno comunista del que, según rumores, sería partidario? No es nada fácil. Una apertura económica tan radical tendría en Cuba, a diferencia de China, efectos políticos inmediatos y provocaría una agitación social atizada desde Miami que dificultaría o paralizaría las inversiones indispensables para asegurar el crecimiento económico y la creación de empleo. Es una ilusión imaginar que el modelo chino podría funcionar con un formato liliputiense.

Otra posibilidad es la de que se establezca una dictadura militar de corte clásico, que, prescindiendo de coartadas ideológicas, busque un acomodo con los Estados Unidos, prometa evitar las migraciones masivas hacia el Norte y, para guardar las apariencias, organice elecciones “democráticas” de manera ritual, como las organizaba el PRI en México durante su reinado de setenta años. No hay que olvidar que las fuerzas armadas son la institución más poderosa de Cuba, y dueña de un verdadero imperio económico, al que los privilegiados miembros de la nomenclatura militar difícilmente renunciarán de buena gana. Esta es, para mí, la peor desgracia que podría sobrevenir al desdichado pueblo cubano: pasar de una dictadura comunista a una dictadura perfecta, capitalista y priista.

La democratización, cuando venga, adoptará acaso una trayectoria sinuosa, confusa, poco heroica, y tal vez se dé la dolorosa circunstancia de que quienes la propicien y administren no sea el puñado de resistentes, de limpias y generosas credenciales, sino, principalmente, los propios cachorros de la dictadura, esos hijos de la revolución que, con sus trajes endomingados y apariencias de ejecutivos, rivalizan ahora en el servilismo y la abyección alrededor de la cama de Fidel Castro.

No hay que creerles: dicen lo que dicen para no perder posiciones y ceder cuotas de poder a sus rivales. Pero es seguro que todos ellos ya han comenzado a preparar el relevo y a sentirse, en el fondo de su alma, cada vez menos comunistas y cada vez más modernos y más realistas, es decir, social demócratas (la manera políticamente correcta de decir capitalistas).

No es imposible que algunos de ellos ya conspiren y envíen sondas, mensajes, al enemigo, haciéndole saber que, llegado el momento, habrá que contar con ellos, pues sólo ellos son capaces de asegurar una transición pacífica, ordenada, sin caos y arreglos de cuentas, amistosa y fraternal.

Y lo peor de todo es que no es imposible que tengan una buena dosis de razón y que, como ha ocurrido en Rusia, por ejemplo, sean ellos, los Vladimir Putin de este mundo, los que terminen enterrando la dictadura castrista y heredando el poder.

Ojalá me equivoque, pero creo que Cuba tiene todavía un largo camino que recorrer antes de –como diría Borges– merecer la democracia.

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