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La entrevista

Rodolfo Correa Belisle: "No busco revancha, sino justicia"

Enfoques

Tenía una brillante carrera militar por delante, pero denunció que hubo encubrimiento tras el crimen del soldado Carrasco y el Ejército lo condenó a prisión. El recurrió a la CIDH, logró la reforma del Código de Justicia Military esta semana el Estado tuvo que pedirle disculpas

Cuando el capitán Rodolfo Correa Belisle volvió de sus vacaciones en Chile, se reintegró al Grupo de Artillería 161 (GA 161) de Zapala y, entre los partes que lo volvieron a la rutina cuartelera aquel lunes 7 de marzo de 1994, había uno escueto firmado por los militares presentes el día anterior: "Falta sin causa el soldado Omar Carrasco". Se había fugado el 6 de marzo y la policía ya lo había buscado en vano.

"No noté nada extraño", dice. Pero sin saberlo, había entrado en un laberinto militar y judicial que primero lo convirtió en testigo clave de un caso sin precedentes: el del primer desaparecido desde el retorno de la democracia. Y luego, en un preso del Ejército y en un imputado del encubrimiento que él denunciaba.

La promocionada reforma del Código de Justicia Militar es fruto de su lucha, que le costó la carrera. Hoy estaría por ascender a coronel por "su promisoria carrera", según la calificó el fiscal militar que en 1997 lo acusó de "irrespetuosidad" y pidió y logró su condena a 90 días de prisión en el gélido cuartel neuquino de Covunco. Prisión que aniquiló su carrera y lo llevó a recibirse de abogado y ejercer mientras seguía su batalla.

"La irrespetuosidad -explica- fue haber declarado ante la justicia civil y la prensa que el encubrimiento del asesinato de Carrasco alcanzaba a altos mandos del Ejército que comandaba el teniente general (Martín) Balza", hoy embajador de Néstor Kirchner en Colombia. Balza lo ha negado, y hace una semana se congratuló por la reforma del Código.

"Pero el encubrimiento más grave del caso Carrasco -sigue Correa Belisle- es el judicial."

Durante su prisión en Covunco, un emisario avisaba a este redactor, que cubría el caso como enviado a Zapala, a qué hora llamar a un teléfono celular. Horas antes, el convicto pedía permiso para hacer una caminata y trepaba a la cima de un cerro, único sitio donde operaba su teléfono, en forma entrecortada y con interferencias. Desde allí, brindaba información, desmontaba mentiras y traducía a lenguaje civil los crípticos documentos militares que iba acumulando la investigación civil de los encubrimientos del crimen.

En esa investigación lo habían imputado junto con otros militares.

Para ese entonces, la causa del homicidio que terminó con el servicio militar obligatorio ya tenía tres condenados que invariablemente invocaron su inocencia: el subteniente Ignacio Canevaro y los soldados Víctor Salazar y Cristian Suárez. Los tres ya cumplieron sus penas de prisión.

Ahora bien, lo que nadie pudo explicar hasta el día de hoy es cómo hicieron tres jóvenes ubicados en el zócalo de la jerarquía castrense para ocultar el cuerpo de Carrasco durante un mes en el cuartel y lograr que, el 6 de abril de 1994, el jefe de la unidad, teniente coronel Guillermo With, ordenara un rastrillaje mientras un camión unimog trasladaba el cuerpo hasta la cima del cerro gaucho del cuartel de Zapala.

With le ordenó el rastrillaje a Correa Belisle, quien empleó 130 soldados. "Me dijo que buscara ´un muerto , que en la jerga militar son armas robadas, pues el responsable termina con un sumario y su carrera."

Los soldados encontraron el cadáver semimomificado de Carrasco. Pero mientras With y otros jefes decían que Carrasco había huido, lo mataron afuera y entraron el cuerpo en el cuartel, Correa Belisle alcanzó a ver dos hechos fundamentales el día del rastrillaje. Apenas se acercó al cuerpo, observó que un camión unimog se alejaba. Sus huellas llegaban casi hasta el cadáver.

"Y esa mañana había visto a primera hora algo muy extraño en un cuartel: había llegado el jefe de Inteligencia de Neuquén, el teniente coronel (Víctor) Jordán, a conversar a solas con With."

Si bien Jordán (luego ascendido a coronel) reportaba a la Brigada de Neuquén, básicamente dependía del jefe de Inteligencia de Balza, el coronel Jorge Miná, hoy general.

Correa Belisle denunció estos hechos fundamentales. Si los asesinos eran tres cuasi adolescentes, ¿por qué se había montado un enorme aparato encubridor?

"Porque al margen del papel que puedan haber tenido los tres, seguramente no fueron los asesinos", insiste Correa Belisle.

La autopsia determinó que a Carrasco lo golpearon en el pecho. Más tarde, en la causa del encubrimiento, el perito oficial Alberto Brailovsky, médico legista, encontró una montaña de adulteraciones en los documentos del hospital del cuartel, que lo llevaron a dictaminar que a Carrasco no lo mató el golpe, sino médicos militares -oficiales de mayor grado que Canevaro- que lo atendieron en la guarnición clandestinamente y con un grave error de diagnóstico.

Según la llamada historia oficial, Carrasco murió el 6 de marzo de 1994 instantes después de desaparecer de la vista de sus compañeros. Brailovsky encontró una constancia de una inyección que le aplicaron dos días después y, con otros elementos, concluyó que fue secuestrado y agonizó entre dos y tres días a raíz del golpe y del tratamiento equivocado. Y que con una atención elemental pero adecuada, se habría salvado.

Su informe cambiaba todo. Introducía responsables de grado militar mucho más alto que el de los tres jóvenes que cumplían prisión. Introducía responsables capaces de ordenar una atención clandestina y ocultar el cuerpo un mes. Coincidía con los hechos extraños que Correa Belisle vio.

El informe de Brailosky no se tuvo en cuenta y yace olvidado en la caja fuerte de un juzgado. Y gracias a la oportuna ley 25.990 -reglamentada por el actual gobierno- que facilita las prescripciones, el año pasado prescribió la causa de los encubrimientos sin llegar a juicio.

"Un año antes de que existiera esa ley vi el peligro de la prescripción y le escribí al ministro de Justicia Gustavo Beliz y al secretario de Derechos Humanos [Eduardo Luis] Duhalde que no quería la prescripción, que yo quería ir a juicio para probar mi inocencia."

Como la ley 25.990 archivó la causa, Correa Belisle apeló el cierre ante la Cámara de Casación.

"Porque se me impidió demostrar mi inocencia y porque la sentencia de prescripción dice en el obiter dictum que me sobreseen por la prescripción, pero que igual soy culpable. Absurdo. En Casación denuncié el caso Carrasco como el de un desaparecido e invoqué el derecho a la verdad y la imprescriptibilidad."

Casación aún no se expidió.

A Correa Belisle se debe la única derrota que conoció la historia oficial en los doce años y monedas del caso Carrasco.

"El juicio y la condena militar que sufrí fueron un castigo por declarar en la justicia civil, y así lo denuncié ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA en Washington, con el patrocinio del CELS, el Cejil, Eugenio Zaffaroni (hoy ministro de la Corte), Alicia Oliveira y Alberto Bovino."

La CIDH admitió el caso y, para no perder un juicio internacional, el lunes el Estado argentino empezó a cumplir lo que Correa Belisle y sus patrocinantes le exigieron.

Mediante un documento oficial, el Estado le pidió disculpas por el juicio militar y reconoció su responsabilidad porque en ese proceso se violaron los derechos del oficial a la libertad, al debido proceso (si lo hubieran condenado a más de 90 días la sentencia era apelable en la justicia civil), a las garantías judiciales y a la libertad de expresión. El Estado también se comprometió a reformar el Código de Justicia Militar. Correa Belisle, además, entabló una demanda civil contra el Estado con su abogado Ernesto Chaneton.

-¿Por qué pasó de testigo a acusado?

-En el recurso de Casación que presenté en marzo afirmo que el encubrimiento fue judicial y la instrucción la realizaron los militares. Cuando comencé con mis denuncias, en realidad, estaba denunciando también a los funcionarios judiciales que armaron una falsa acusación. Pese a todas mis denuncias, nadie me acusó de falso testimonio o calumnias porque saben que dije la verdad y que lo iba a probar. Recurrieron a juicios militares e infames operaciones de prensa. Un oficial de Inteligencia le dijo a un colega suyo que yo era el asesino.

-¿Qué fue lo peor que vivió en el caso?

-La claudicación de una justicia arrodillada ante el poder. Fui arrestado por los militares por decir la verdad bajo juramento en la justicia civil. Me entregaron. Hubo soldados que declararon que Inteligencia los presionó, y la Justicia no hizo nada. El martes, en el juicio político al primer juez, Rubén Caro, un argumento para no destituirlo fue que eso afectaría la sentencia del crimen. Sería un escándalo para la Justicia.

-¿Cuál es la historia real del crimen?

-La que consta en la causa de los encubrimientos. Si el Informe Brailovsky está en lo cierto, los que golpearon a Carrasco no son los asesinos. Por eso no se animaron a hacer el juicio de los encubrimientos y quieren que la causa prescriba. La historia oficial ocultaría el papel de otros autores y cómplices. La historia real se conoce en un 80 por ciento.

-Usted descubrió registros de comunicaciones sospechosas.

-Sí. Las constancias de mensajes de radio que salieron del cuartel desde el día en que Carrasco desapareció. Son mensajes a la Brigada de Neuquén y a Buenos Aires, en horarios inusuales, y llegan hasta dos días después de la desaparición: las 48 horas de agonía que informó Brailovsky. Cuando la Justicia fue a buscar los textos de los mensajes, habían desaparecido.

-¿Nunca quisieron comprarlo?

-En el caso actuaron 50 agentes de Inteligencia del Ejército y un abogado que decía pertenecer a la fuerza, quien me ofreció arreglar mi situación militar y mandarme a la agregaduría militar en España si yo dejaba de hablar con la prensa y "no ahondaba el abismo". Al mayor Manuel Gastaminza creo que le ofrecieron la agregaduría en Francia. No aceptamos y estamos retirados.

-¿Por qué lo trajeron a declarar al Estado Mayor tras descubrirse el cadáver?

-Yo le había contado a un coronel las circunstancias del rastrillaje. Al día siguiente me ordenaron subir al avión del jefe de Estado Mayor y me interrogaron dos oficiales muy cercanos al general Balza con preguntas autoincriminantes que me negué a responder. Igual se labró un acta que el general Balza mandó a la justicia federal.

-¿Lo satisface la reforma del Código de Justicia Militar?

-Absolutamente. Hace un tiempo redacté un trabajo que coincide con el proyecto presentado. Estuve 17 años en un Ejército al que algunos embarcaron en una sangrienta dictadura y hasta en una guerra. Este proyecto de ley es lo mejor que les puede pasar a los militares: introducirlos jurídicamente en la Constitución con todos sus derechos y garantías.

-La sentencia que lo sobresee por prescripción en los encubrimientos dice que todos los sobreseídos son culpables.

-También dice que yo no denuncié nada. Y mis denuncias están documentadas y así lo reconoció la CIDH. Creo que ese tramo del obiter dictum de la sentencia busca desprestigiarme y, tal vez por eso, lo usó el defensor del juez Caro en el juicio político al magistrado para atacar el testimonio que brindé en ese proceso. Si Casación mantiene el obiter dictum , estaríamos ante una nueva violación de mis derechos y, en ese caso, apelaré a la Corte y a la CIDH.

- ¿Por qué es uno de los pocos en este caso que decidió luchar?

-Yo no busqué esta lucha. Era un simple testigo y asumí mi responsabilidad de capitán del Ejército sin dobles discursos y pensando en el pobre soldado asesinado. Luego, pasé de denunciante a denunciado. Mi lucha no es una revancha, es la búsqueda de verdad y Justicia.

El perfil

De Zapala a Buenos Aires

Rodolfo Correa Belisle tiene 51 años y es capitán retirado del Ejército. Nació en Zapala, provincia de Neuquén, pero se instaló en Buenos Aires hace ya varios años; vive con su esposa en Olivos.

Carrera militar

En el momento en que estalló el caso Carrasco, era jefe de una batería del Grupo de Artillería 161 de Zapala. Tras la denuncia de encubrimiento y el retiro del Ejército, se dedicó a estudiar Derecho y se recibió de abogado, profesión que ejerce en la actualidad. .

Por Jorge Urien Berri
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