"En un conflicto, las dos partes tienen miedo"

Alejandro Ponieman

Domingo 20 de agosto de 2006

No le gustan las definiciones, pero cuando se le pregunta qué es un conflicto responde, tras aclarar que es sólo un punto de vista personal: "La diferencia entre la subjetividad de una persona y la subjetividad de la otra. En el medio está la realidad que esas personas no pueden percibir porque la ven a través de los anteojos de sus intereses personales". Alejandro Ponieman es abogado y sociólogo, y suele contar que estudió las dos carreras en la Universidad de Buenos Aires, con el proyecto de convertirse en profesor de sociología del Derecho.

Sin embargo, se lo conoce principalmente como árbitro y mediador, profesor e integrante del directorio de la American Arbitration Association, la mayor institución para la resolución de conflictos del mundo. Resumió parte de sus experiencias en el libro ¿Qué hacer con los conflictos?, con prólogo de su amigo el premio Nobel de Física Ilya Prigogyne, donde propone claves para comprenderlos y resolverlos.

"A veces, esa persona puede ser una comunidad o una nación; basta hojear un diario para tener buenos ejemplos de lo que digo. Pero es importante que entendamos que de nuestra actitud frente al conflicto depende que éste sea un siniestro desperdicio de energía o una conciliación. Y que uno de los efectos de una mediación exitosa es lograr que las partes transformen ese despilfarro en energía productiva. Dicho con otras palabras: no es el conflicto el malo de la película, sino la reacción inadecuada y perversa frente a él lo que se transforma en guerras, enfrentamientos y disputas de todo tipo. La historia reciente está llena de casos."

–¿Un ejemplo?

–Hace 60 años, Europa vivía las duras consecuencias de un conflicto resuelto con una contienda sangrienta. Ciudades destruidas, seres sin alimentos, sin techo, las calles llenas de pordioseros. Pero en sólo 20 años ese desperdicio que había significado la Segunda Guerra Mundial se transformó en energía productiva y así surgió la Unión Europea. Alemania y Japón dejaron de tener ejércitos, y toda esa energía empleada en crear y mantener en combate enormes cantidades de hombres y armamentos quedó libre. Hoy, Alemania y Japón son dos naciones poderosas. Esto nos lleva a reflexionar sobre algo que la cultura china comprendió claramente hace mucho tiempo y donde el concepto conflicto está representado por dos ideogramas: uno significa riesgo y el otro oportunidad.

–¿Cómo se hizo mediador?

–Heredé de mi padre una actitud conciliadora frente a los problemas que, sólo más tarde, cuando ya trabajaba como abogado, comprendí totalmente. Me sentía muy mal cuando un cliente me pedía cosas como: "¡Quiero aplastar a mi rival, quiero que me ayude a destruirlo!" Poco a poco me di cuenta de que la vida me ofrecía dos opciones: ser cómplice de la enfermedad y tratar de aplastar al contrario, o bien ser un agente de paz. Por esa época viajé a Estados Unidos para seguir unos cursos sobre Derecho en la Universidad de Nueva York, y allí conocí a un anciano maravilloso, Gerard Nierenberg, autor de más de 40 libros sobre el tema de la negociación. Nierenberg era un pionero, un pensador lúcido que había comprendido las ventajas de la mediación mucho antes de la creación de la famosa escuela de la Universidad de Harvard. Escribió su primer libro, The Art of Negotiating (El arte de negociar) en 1950. Fue mi primer maestro, luego seguí estudiando, ejercí la mediación en Estados Unidos, fui profesor y, finalmente, nombrado miembro del directorio de la American Arbitration Association.

–¿Cuál es el primer paso en una negociación?

–Convencer a nuestro cliente de que tenga una actitud de buena fe para resolver el problema, que comprenda que, en algunas cosas, la otra parte puede tener razón. Pero hay algo que el propio negociador debe entender desde el principio: que en un conflicto las dos partes tienen miedo. Es ese miedo el que las hace encerrarse en sí mismas, ignorar al otro, desconfiar de todo, cegarse y... hacer crecer el conflicto.

–¿Hacer crecer el conflicto?

–Imagine que el conflicto fuese algo vivo. A medida que pasa el tiempo, las dos partes, por ese miedo, lo harán crecer agregándole sombras, incertidumbre, desconfianza, sospechas. Si tuviera la forma de un simple espiral, las partes lo irían transformando en un laberinto intrincado y sin salida. Un simple desacuerdo puede mutar hasta convertirse en un monstruo. En cambio, la buena solución de un conflicto contribuye a sanar todo el entorno. Mejora el sistema de relaciones, es un bien para todos.

–¿Qué otra cosa?

–Algo para el final: en el sur de España escuché una historia graciosa. Cuentan que había dos gitanos que se peleaban por la propiedad de una vaca y decidieron ir a ver a un abogado. El hombre escuchó al primer gitano y cuando terminó le dijo: "Tiene razón, la vaca es suya". Luego llegó el segundo gitano y nuevamente afirmó: "Tiene razón, la vaca es suya". Cuando se fue, la esposa que escuchaba detrás de la puerta le dijo: "¿Estás loco? A los dos les diste la razón", a lo que el abogado respondió: "Calla mujer, que la vaca es nuestra". Me reí con la historia, pero pensé como mediador. Porque si yo hubiese sido el abogado, habría respondido: "Es que si estos dos imbéciles se siguen peleando, la vaca va a terminar siendo nuestra".

Luis Aubele

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