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Opinión

 
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Sábado 26 de agosto de 2006 | Publicado en edición impresa

Editorial II

Quebracho, la cara de la impunidad

 
 
 

El grupo de revoltosos autodenominado Quebracho volvió a dar cabal demostración de cuál es la medida de su impunidad. El miércoles último, sus miembros cortaron la avenida Figueroa Alcorta para impedirles el paso a manifestantes, entre quienes se encontraban jóvenes de la Organización Sionista Argentina, que en vano trataron de llegar hasta la sede de la embajada de Irán, animada por la intención de pronunciarse contra el terrorismo.

Cubiertos con capuchas para resguardarse de alguna probable identificación, y empuñando palos, sin duda destinados a atemorizar a quien osase oponérseles, los integrantes de la patota que ya ha tenido oscuro protagonismo en numersos actos de violencia se permitieron obstruir una de nuestras más transitadas arterias. Lo hicieron precisamente en un horario en que esa vía está atiborrada por el tránsito que al finalizar la jornada laboral pretende salir del centro con rumbo al norte del conurbano; mientras tanto,le coartaban a un grupo de ciudadanos su legítimo derecho de expresarse en libertad.

Nadie, que se sepa, osó impedirles -o tan siquiera pedirles explicaciones- a los encapuchados por tan descarado ejercicio de inadmisible prepotencia.

Mal que nos pese, así anda el país. Grupos minoritarios se arrogan la insólita facultad de bloquear una vía pública y, por las buenas o por las malas, cerrarles el paso a los demás. Una conducta por cierto despreciativa, que hasta desdeña reparar en las probables consecuencias del extemporáneo bloqueo.

En otras épocas de la existencia de la república, las expresiones autoritarias de esa calaña movilizaban una rápida intervención policial, encaminada a proteger a quienes eran avasallados por el patoterismo. Hoy en día, en cambio, la reprochable e invariable tolerancia de las autoridades exacerba la comisión de estas agresiones, reiteradas casi a diario a todo lo largo y lo ancho del territorio argentino.

Estas conductas corroen la convivencia social, atentan contra el orden público y se constituyen en la negación de la democracia.

Bastaría con que una vez se les pusiese freno razonable a los atropellos de esos sujetos, naturalmente estimulados por la concreta sensación de su impunidad, para que se comenzase a limpiar de cizaña al libre juego de las ideas, hoy por hoy contaminado por la actividad de estos grupos minoritarios al estilo de Quebracho, autoconvencidos de que son depositarios de la única verdad y de que están autorizados para imponerla a los palazos. .

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