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Extra salud y belleza / odontología

Mundo bracket

LA NACION revista

En los últimos años, cada vez más adultos realizan tratamientos de ortodoncia, antes reservados a chicos o adolescentes. En esta nota, el testimonio de una usuaria que apostó a una sonrisa más linda, y también más sana, y que lo cuenta con una buena dosis de humor

Por   | LA NACION

La boca se me haga a un lado. ¿Será posible literalmente? Tengo 27 años y hace uno que resolví ponerme los brackets. Pulcras encías, dientes libres de caries y 0 km eran condiciones sine qua non para el gran momento. Ese que llegó hace casi dos meses y que, desde entonces, hace que mi boca conviva con alambres, bandas, gomitas, alguna que otra visita de la cera ortodóntica, cepillo interdental más ocasionales visitas de su primo (el hilo) y quién sabe cuántas cosas más, a medida que avance el tratamiento.

El 2006 presentó luto para algunas costumbres y el abrazo a otras nuevas. Adiós a las garrapiñadas, a morder una manzana, ojo con todo lo que sugiera "crocante" en el menú de un restaurante, cirugía mayor a los postres con frutas secas y un no rotundo a las semillas de amapola y al morrón (al menos en público). Ni hablar del asado y un instante crucial: al primer bocado de morcilla, está clausurada toda posibilidad de un encendido debate familiar; hay misiles listos para salir y no es mi intención fusilar a nadie. Entonces, el puré, la polenta y las sopas están a la orden del día cada vez que tengo un "ajuste" (es cuando el dentista, con su mejor sonrisa, tensa los alambres que unen cada bracket).

En la sala de espera del odontólogo conocí a Miguel Angel Mata, un hombre de 59 años dueño de una empresa constructora que desde 2004 está en tratamiento. Con su amplísima sonrisa metálica, no duda y me cuenta: "No me afectó para nada en la vida cotidiana; al contrario, a veces es motivo de iniciar una conversación simpática". No muy convencida aún, le pregunté qué valor le encontraba a esto, a ver si se convertía en mi Obi Wan Kenobi de la ortodoncia. Contestó enseguida: "Fue un punto de inflexión de mi vida; decidí que era momento de dedicarme a mí y ésta era una manera de empezar". Y bromea: "Además, de alguna manera volví a la adolescencia".

Me quedo con esas últimas palabras y me cuestiono por la suerte que correrá mi autoestima estos años de imperio metálico. Pero no estoy sola. Ana Miura, de 33 años, fue honestísima con la primera sensación. "Apenas los tuve me sentía Hannibal; tenía la impresión de tener un plato volador colgado de los dientes, una miga en la boca era un clavo y pensaba, frente al espejo: toda esta plata para verme así de fea, ¡¿a quién se le ocurre?!" Calendario en mano, ella estima estar sin brackets y con una sonrisa "di-vi-na" para su casamiento, en noviembre de 2007. Yo la aplaudiré... desde el fondo de la iglesia, si es que aún no resolví el tema de sonreír libremente. Ya veré, porque pasado un tiempo se da el absurdo. Al principio no abrimos la boca ni locos. Meses después, mostramos todos los vericuetos del aparato sin pudor a cuanto curioso pregunte.

¿Y qué pasa con los besos? ¡Uf!, todo un mito y miedo alrededor de ello. Con el correr de los días uno va de la desesperación al estoicismo descubriendo que no es tan difícil, desnudando el amor propio y las ganas de mejorar, ya sea por estética o, en mi caso, por salud también. Claro que el entorno ayuda. Están los que te aplauden por la decisión y los que, al ver que un alfajor te da más pelea que Martín Karadagian, te absuelven de culpa y cargo y te declaran inimputable. Eso sí, con una sonrisa Odol y una mordida perfecta, que nosotros, los parientes de Ricketts y B-Jaraback, no tenemos. Ah, perdón, ¿no los conocen? Se los presento: son dos señores que -según entendí en charlas con mi ortodoncista, interrumpidas por retos y elogios al cepillado- inventaron unos estudios que determinan la posición de nuestros dientes, los valores normales y qué tan alejados estamos de ellos. Al tiempo que algo nos sostiene la barbilla y nos aprisiona la frente y las orejas, nos sacan una radiografía que dirá qué expectativas tenemos.

Para Iván Cantón, de 10 años, ésa fue la peor parte. Para Jimena, su mamá, de 33, también. No por verlo hacerse el estudio, sino porque ella también lo hizo: desde abril ambos tienen brackets. Iván exorciza todos mis miedos cuando asegura que las molestias son al principio y "después te reacostumbrás". "Yo tengo un disyuntor, por mi paladar ojival", agrega con la seguridad de un galeno y me muestra sin vacilar. "Cuando me saque todo, voy a quedar rebién". A los pocos días notaron que el aparato estaba "trabajando" y ésa fue satisfacción suficiente. Jimena, técnica de laboratorio, comenta que para la limpieza Iván es más haragán; en cambio ella, que espera la correcta posición de un colmillo que la traumatiza en cada fotografía, es fanática del hilo dental. Recuerda, con gracia, que los primeros tres días su marido la miraba fijo a la boca. "Qué le vas a hacer, ¡ya los tengo pegados!", le decía.

Con cerámicos, estéticos, metálicos o linguales; con alambres que pinchan y cepillos invasores; con 59, treinta y pico o 10 años, todos los que pertenecemos al "mundo bracket" sabemos de lo que hablamos: no es tan terrible como se piensa. Fácilmente identificables aun cuando no abramos la boca (llevamos siempre un kit de limpieza bajo el brazo, camino al toilette), al final del viaje logramos la meta. Ya sea la devolución más justa del espejo, una digestión que comience perfecta, la satisfacción de haber mejorado lo posible o la sonrisa buscada hacia el altar. Cada uno lo tiene bien presente cuando se sienta en el sillón del dentista y abre la boca para el nuevo ajuste.

Y ahora disculpen, aún no estoy muy ducha con los sándwiches de miga y siento que, de los dos que acabo de ingerir, el 90 por ciento fue a mi estómago, pero el 10 por ciento quedó en lo que ahora se transformó en una aduana: mi boca. Algunos alimentos pasan sin problema, pero a otros les vendría bien una manito de Gustavo Parino, aquel funcionario que dirigía la dependencia durante los noventa. sí, durante la "paralela". Sin papeles al día y sin Parino, mi boca no admite sobornos y la miga de pan encuentra infinidad de escollos. Los dejo, voy a presentar certificado de cepillado exhaustivo y así lograr que llegue a destino.

Miro el espejo y veo una boca que, poco a poco, alinea el caos de incisivos, molares y colmillos. Esa boca, esa boca es mía. Y a mucha honra.

Los dientes, esos caminantes

Por Gabriela Navarra

Aunque resulte difícil de creer, los dientes caminan. Y conservan esa inusual capacidad toda la vida. Son capaces de trasladarse varios centímetros y, como la tortuga -o el caracol-, al migrar llevan todo su equipaje con ellos: corona, raíz, nervios. Este es el fundamento del uso cada vez más frecuente de "aparatos" u ortodoncia en adultos.

Además de los brackets (que son fijos) y los removibles (más habituales, aunque no excluyentes, entre los chicos), los aparatos pueden ser externos -con brackets metálicos o transparentes, menos visibles- o internos: en los últimos años apareció la ortodoncia lingual, que se aplica por detrás de los dientes y no se ve. Los tratamientos duran unos dos años, y suelen ser más breves si se trabaja en un sector puntual de la boca.

La doctora Laura Irurzun, presidenta de la Comisión de Ortodoncia de la Asociación Odontológica Argentina, explica: "La belleza de la sonrisa es hoy una exigencia social, pero necesitamos además que la boca muerda correctamente para un equilibrio funcional. Quizás alguien no tiene los dientes perfectamente alineados, pero su boca funciona correctamente así: en esos casos, no corresponde ortodoncia. Y, por otra parte, cada vez más las distintas áreas de la odontología se complementan: antes el protesista pensaba en rellenar, el ortodoncista en mover y el que hacía operatoria en arreglar caries. Hoy trabajamos juntos".

"Soy la ortodoncista con más experiencia en adultos del país", dice por teléfono la doctora Julia Harfin, profesora titular de la cátedra de Ortodoncia y directora del posgrado de la especialidad en la Universidad Maimónides. Dueña de un currículum sorprendente, que ella misma detalla (afirma que introdujo la ortodoncia lingual en el país, en 1999, y que es la única representante argentina en la Federación Mundial de Ortodoncistas, formada por 11 profesionales), la doctora Harfin asegura que se puede aplicar ortodoncia a cualquier edad, aunque falten piezas dentales y haya enfermedad periodontal -que debe ser tratada antes-, y que siempre tiene sentido un tratamiento. "Tengo pacientes de 80 años que quieren sonreír en el casamiento del nieto -dice-. Eso es calidad de vida."

"Es necesario diferenciar entre los objetivos ideales y los reales -enfatiza el doctor Miguel Angel Petrocelli, presidente de la Sociedad Argentina de Ortodoncia-. La oclusión debe ser funcional, y si es funcional suele ser «linda», pero . ¿qué pasa si, buscando una sonrisa perfecta, se desacomoda una boca que quizá tenía algún defecto pero cerraba bien desde el punto de vista funcional? Ahí opera el límite de la responsabilidad profesional."

Petrocelli explica que una importante limitación de los tratamientos, especialmente entre adultos, radica en que obras sociales y empresas de medicina prepaga no lo cubren, o lo hacen parcialmente. "En nuestra institución, única exclusiva de ortodoncia en el país, fundada en 1933 -enfatiza-, se forman especialistas y hay tratamientos excelentes, con honorarios más accesibles."

Irurzun agrega que un sistema parecido existe en la Asociación Odontológica Argentina. En la Universidad Maimónides, afirma Julia Harfin, es posible pagar una cuota mensual (que oscila entre 60 y 100 pesos) y acceder al tratamiento. "Son honorarios institucionales y atienden odontólogos que están estudiando la especialidad -advierte-. Pueden ser excelentes alumnos, pero nunca es lo mismo que tratarse con alguien de casi 40 años de experiencia, como yo." .

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