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Histórico: River se consagró tricampeón

Deportiva

Por tercera vez en su historia, por lejos la más rica del fútbol argentino, River Plate se consagró tricampeón.

Tan sólo cuatro días después de haber ganado la Supercopa, los de Núñez lograron el torneo Apertura, su título 27 en la era profesional, al empatar en un gol con Argentinos, y continuaron la ininterrumpida seguidilla de vueltas olímpicas que comenzó con la obtención del Apertura de 1996, cuando también ganó la Copa Libertadores, y siguió con el Clausura de este año.

Ayer, en Vélez, ante una multitud que dejó 1.204.954 pesos de recaudación, River abrió el marcador con un cabezazo de Salas y Argentinos empató por intermedio de Saavedra.

La igualdad, alcanzada tras una pobrísima actuación para nada acorde con un balance que lo muestra indiscutiblemente como el mejor, le permitió a River superar por un punto a Boca Juniors, que batió por 4 a 0 a Unión.

Los otros tricampeonatos obtenidos por River Plate fueron en 1955/56 y 57 (Carrizo, Pérez, Rossi, Walter Gómez, Prado, Labruna, Loustau y Sívori, entre otros); 1979, Metropolitano y Nacional, y 1980, Metro, dirigido por Labruna, y con Fillol, Passarella, Juan José López, Merlo, Alonso, Luque y el mismísimo Ramón Díaz como sus principales columnas.

River es un campeón adicto a los festejos

Cerró un año inolvidable; a cuatro días de obtener la Supercopa, empató con Argentinos y conquistó el tricampeonato, relegando a Boca; su broche futbolístico estuvo muy lejos de la brillantez de otras tardes.

Este River de festejos automatizados, ayer le dio la última cuerda a su jolgorio con la pieza del tricampeonato. Un baile anunciado -el de las tribunas; en la cancha sobró el minué-, la música del campeón que volvió a sonar como un estruendo desde los cuatros costados del Amalfitani, el paso memorizado de la vuelta olímpica, la coreografía rojiblanca desde el primero hasta el último escalón de las tribunas...

Esto fue el River del miércoles de Supercopa; esto fue el River del domingo de título del Apertura. Todos, jugadores, cuerpo técnico e hinchas, asistieron a una fiesta a la que ni siquiera se necesitó ponerle el adorno lujoso y distintivo del último partido.

River tomó el encuentro como la sala de espera de la gloria que forjó con producciones memorables de tardes pasadas. Anduvo por la cancha esperando que pasaran 90 minutos para entregarse a una ceremonia que ya había reservado con anticipación, en domingos y noches de fútbol ambicioso, goleador por prepotencia ofensiva, audaz para ganar en el Monumental y fuera de él.

Este River tricampeón -justo y merecido en el balance- es un producto de una campaña notable, de momentos de juego avasallante y de reacciones infartantes. No le busque explicación y justificativo a este River campeón por lo hecho ayer. No la encontrará. Es más, los muy exigentes seguramente se sentirán defraudados por el broche futbolístico. Quienes piensen así merecen todo el respeto, aunque hayan quedado en minoría, porque el atronador festejo de anoche en el estadio parecía generado por una de esas funciones de gala que River sabe regalar.

Pero no, el de los muchachos de Ramón Díaz no pasó de un ensayo desinflado, con varios intérpretes que se habían olvidado la letra. Quizá por tanta saturación de salir a escena en los últimos meses. Quizá porque Argentinos siempre se conformó con ser un partenaire mientras todo fuera un empate. Sólo cuando estuvo en desventaja se preocupó en darle trabajo a Burgos.

Por el balance global

Muy probablemente, el River del segundo tiempo haya sido la versión más floja en el campeonato. Sin embargo, a esa caricatura del campeón le siguió la celebración más grande de las 19 fechas. Como si el placer de dejar a Boca apenas un escaloncito más abajo fuera mayor que el gusto futbolístico.

En nombre de los antecedentes de su gran campaña, puede haber cierta contemplación para este renuncio final. No desacreditó el balance global, pero le restó brillantez al último acto. A lo mejor, porque los dos equipos se acomodaron a las circunstancias de un resultado y relegaron el fuego sagrado de querer un poco más.

Un River chocador

Hubo un partido que fue la excusa para que River entrara en la historia oficial de su tercer tricampeonato. Sólo podrá ser recordado como chato e intrascendente.

Si lo de ayer hubiera sido el rendimiento promedio de River en el torneo, difícilmente hubiese terminado por encima de la mitad de la tabla de posiciones.

Pobre en juego, en individualidades y en actitud. Seguramente cansado por el trajín de la maratón de encuentros de los últimos meses, y distraído por la certidumbre de que no precisaba embarcarse en un gran esfuerzo para alumbrar el título número 27.

Por lo general, en el primer tiempo, River tuvo la iniciativa para chocar por el medio contra un Argentinos que se paró con una doble línea de cuatro, que tenía la particularidad de la marca personal de Ledesma sobre Gallardo.

Chiche Sosa borró de su planteo la figura del engache: Garfagnoli y Bustos abiertos, y Ledesma y Zermatten (el más claro por manejo y panorama) repartiéndose la zona central.

River, con sus nombres conocidos -salvo el cambio obligado de Escudero por Monserrat- y con una imagen futbolística desconocida. Sin inspiración ni acople colectivo. Gallardo, Francescoli (salvo un globo que salió apenas desviado se equivocó siempre), Berti y Salas fracasaban en sus intentos de pasar por el medio, el sector donde Argentinos juntaba más piernas para defenderse. Escudero estaba olvidado sobre la derecha, y Hernán Díaz y Sorin no lanzaban sus conocidas proyecciones. Argentinos, muy de tanto en tanto, preocupaba con algún contraataque del movedizo Gómez (un remate suyo dio en un poste).

Pero como hasta en las peores tardes Salas es un goleador de raza, su cabeza se interpuso en un centro de Berti para abrir el marcador.

Si el River de la primera etapa había sido pobre, el del período final fue impresentable. Parado, sin respuestas, mero espectador del toquecito de Argentinos, que de a poco se animó a poner más agresividad atacante.

Ramón Díaz, quizá como nunca, le pedía a sus jugadores que se adelantaran. No lo escucharon: River siguió flotando en el partido, salvo Burgos, que le tapó un mano a mano a Saavedra. Se veía venir el empate, que llegó tras un centro cruzado, ante el estatismo de todo River.

Argentinos se dio por satisfecho con la igualdad y le bajó la cortina al encuentro; su rival hacía rato que buscaba ese pacto de no agresión. River sólo quería moverse para dar otra vuelta olímpica, porque en el día del tricampeonato, se olvidó del fútbol, y se declaró, con derechos ya adquiridos, adicto a los festejos.

Sospechas

El empate tan temido. El desarrollo del partido dio pábulo a las sospechas. Que no son nuevas ni sorpresivas. El empate le servía tanto a River como Argentinos Juniors. A uno para salir campeón y al otro para seguir sumando y reforzar su permanencia en la primera división.

Y se dio el empate tan temido para quienes quieren actitudes más claras y menos acomodaticias. Para resguardar la buena salud del fútbol, que ya demasiadas contaminaciones tiene. Pareció una igualdad concertada; no se sabe si fue tácita o explícita. Poco importa, ya que las evidencias hablaron por sí solas.

Algo similar ocurrió en el final del Apertura ´93. Justamente entre los dos mismos conjuntos; justamente con el mismo resultado (1-1).

En la semana, Julio Toresani había dicho que no creía que Argentinos le fuera a ganar a River, y abonó la teoría del empate. El volante de Boca sabrá por qué lo dijo, pues él convirtió el gol de River en aquella definición de 1993... .

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