Los nuevos films de Darren Aronofsky y Tsai Ming-liang
Una catástrofe cinematográfica
"The Fountain", del director norteamericano, es un ambicioso pastiche
VENECIA.- Una catástrofe cinematográfica de dimensiones impensadas se produjo ayer con la presentación en competencia oficial de "The Fountain", la superproducción del norteamericano Darren Aronofsky por la que apostaron tres importantes compañías de Hollywood como Warner Bros., 20th Century Fox y Regency. Durante la primera función -en la que coincidieron los principales críticos del mundo y el jurado oficial- se produjo algo que puede ser bastante habitual en la proyección de una críptica película asiática de tres horas, pero jamás para un film norteamericano que había despertado una enorme expectativa: los periodistas comenzaron a abandonar la sala Perla en masa. Al final, aquellos que se quedaron hasta los créditos de cierre le dedicaron una estruendosa combinación de silbidos y abucheos.
Considerado una de las grandes esperanzas del cine estadounidense a partir del aclamado debut con "Pi" en 1998, Aronofsky -de 37 años- ya había tenido su primer llamado de alerta con el fracaso de "Réquiem para un sueño". Hollywood, sin embargo, le dio una nueva oportunidad con "The Fountain", un proyecto que estuvo a punto de filmarse hace cuatro años con Brad Pitt, Kate Blanchett y un presupuesto de 75 millones de dólares, pero que finalmente sólo pudo concretar ahora con el australiano Hugh Jackman, la inglesa Rachel Weisz, su actual pareja, y la veterana Ellen Burstyn como protagonistas.
El resultado es un ambicioso y pretencioso pastiche que combina elementos de "2001, odisea del espacio", "Matrix" y "El Código Da Vinci", preceptos budistas, elementos bíblicos, imágenes de los mayas, estética new age y una apuesta retrofuturista que salta de manera permanente desde la sangrienta época de la Inquisición española hasta un futuro con experimentos genéticos en chimpancés, y de allí a las explosiones cósmicas y a la búsqueda de la fuente de la vida a la que alude el título en el camino hacia la inmortalidad.
Jackman dejó por un rato al Wolverine de "X-Men" para interpretar aquí a varios patéticos personajes: desde un conquistador español hasta un cirujano atribulado por el tumor cerebral de su esposa (Weisz), pasando por un monje budista (para el que debió pelarse completamente). La culpa, de todas maneras, no es del galán australiano, sino de una película grandilocuente y sentenciosa, que plantea supuestamente grandes temas y termina siendo risible, mientras apela a pomposas tomas cenitales, desde grúas hasta un ampuloso patchwork visual y a una música (interpretada por el Kronos Quartet y la banda de rock escocesa Mogwai) que está a tono con la falsa importancia del relato. Un verdadero despropósito artístico.
También muy audaz resultó "I Don t Want to Sleep Alone", la nueva película del director malayo (radicado en Taiwan) Tsai Ming-liang. Aquí, como siempre, la división fue tajante: algunos abandonaron la sala por las perturbadoras imágenes (como la masturbación de un joven en estado de coma), pero los muchos fanáticos que el director de "Vive l amour", "El río" y "The Hole" tiene en Europa le ofrecieron sostenidos aplausos tras la proyección de prensa.
Con "I Don t Want to Sleep Alone", Tsai Ming-liang filmó por primera vez en su país natal una historia sobre inmigrantes marginales. Un joven chino (su actor fetiche Lee Kang-sheng) es salvajemente golpeado en las sórdidas calles de un barrio bajo de Kuala Lumpur. Rescatado por un grupo de jóvenes nacidos en Bangladesh que viven en condiciones infrahumanas, el antihéroe queda tironeado entre los afectos de un hombre y de dos mujeres de diferentes generaciones.
La película -filmada con la habitual maestría y belleza del realizador de "¿Y allí qué hora es?", "Goodbye Dragon Inn" y "La nube errante"- aborda cuestiones cotidianas elementales como los problemas para conciliar el sueño, pero también temas conflictivos como las miserias de los inmigrantes y hasta tabúes, como la homosexualidad entre los musulmanes, aunque siempre apostando por esa mirada ascética que es la marca de fábrica de este autor amado por algunos y odiado por otros.
Pero Venecia -que ya va tomando su ritmo habitual tras el último fin de semana de vacaciones para los europeos- no sólo apunta a los directores consagrados. En la sección paralela Jornadas de los Autores se pudo ver, por ejemplo, "7 años", la muy interesante opera prima del francés Jean-Pascal Hattu, que narra los conflictos íntimos de una mujer que debe lidiar con las exigencias por momentos tiránicas de su marido, condenado a siete años de prisión, y la tentación de iniciar una aventura sexual con un joven guardiacárcel del mismo penal que ella suele visitar. Minuciosa, creíble, implacable y austera a la vez, se trata de otro promisorio debut de una cinematografía inagotable como la francesa. .
Por Diego BatllePara LA NACION
