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Ante la necesidad de cuidar la democracia a secas

Por Enrique Krauze Para LA NACION

Miércoles 06 de septiembre de 2006

CIUDAD DE MEXICO.- Para entender el peculiar concepto "democrático" de Andrés Manuel López Obrador viene a cuento una anécdota de Alemania del Este durante la dominación soviética.

En los magros estantes de sus ciudades había dos clases de manteca: una era, propiamente, manteca; otra tenía la marca "verdadera manteca". Los compradores sabían muy bien que el producto con la palabra "manteca" realmente contenía manteca, mientras que el llamado "verdadera manteca" contenía una falsa manteca.

Una falsificación similar ocurre en México en estos días, pero muchos compradores no se han dado cuenta.

Un caudillo carismático con aspiraciones mesiánicas, mentalidad totalitaria y métodos fascistas ha logrado convencer a un sector minoritario, decreciente, pero todavía significativo de la opinión (tal vez 4 millones de personas, el 10% del electorado), de que la democracia no es la democracia: que la democracia es la "verdadera democracia", según él la decreta.

Lo cierto es que la democracia mexicana está viviendo su tercera oportunidad histórica. El primer experimento de vivir en la legalidad constitucional (1867-1876) culminó con un golpe de Estado militar. En el segundo episodio (1911-1913), México trató de vivir respetando la Constitución y las leyes y con elecciones libres. Terminó en otro golpe de Estado militar.

Desde el año 2000 vivimos nuestra tercera oportunidad, que puede muy bien ser la última, porque el peligro de que la historia se repita es real: nuestra democracia puede ahogarse en un golpe encabezado no por un general, sino por un mesías tropical.

Los golpistas de 1876 y 1913 no trataron de disfrazar su golpe con una fraseología democrática. En cambio, López Obrador intenta por todos los medios llegar al poder utilizando la retórica de la democracia para acabar con ella.

Tiene un concepto marxista de las leyes y el derecho: los ve como un instrumento de "los ricos y poderosos" para oprimir al pueblo. Cree que la democracia es el contacto plebiscitario, directo y sin mediaciones, del líder y de la masa. Dice que las democracia no es asunto de votos, sino de movilizaciones.

Y ha hecho creer a sus simpatizantes que la "verdadera democracia" está en peligro y hay que defenderla con lo que él llama "resistencia civil pacífica", lo cual, en términos orwellianos, significa lo contrario: un embrión insurreccional. Su "verdadera democracia" tiene otro nombre: revolución. "México necesita una revolución", declaró al Financial Times, y no bromea

No es difícil de imaginar el escenario de los próximos días. López Obrador procederá como ya ha advertido: el 16 de septiembre, Día de la Independencia de México, reunirá a cientos de miles de personas en la plaza central de la capital, que por aclamación lo designarán "presidente". Su intención al establecer ese "gobierno paralelo" es volver ingobernable el régimen político para asaltar el poder y permanecer ahí indefinidamente, como lo ha hecho Hugo Chávez.

Hace casi 86 años México cerró el ciclo de una revolución que costó un millón de muertos. Desde entonces ha vivido en paz. Es un país plagado de problemas de injusticia, pobreza y corrupción, pero ha hecho avances notables en su transformación económica, sus programas sociales y su vida política. Sería una desgracia que desembocara en la violencia. México no es una democracia más en el mapa mundial: es el vecino y socio de Canadá y Estados Unidos y el fiel de la balanza para que América latina marche por el camino de Brasil y Chile, no por el de Cuba y Venezuela.

El apoyo y la comprensión de la opinión internacional a la democracia sin adjetivos que hemos conquistado es ahora más necesario que nunca.

El autor, mexicano, es historiador y ensayista, miembro de la Academia Mexicana de la Historia.

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