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¿Barras bravas o asociaciones ilícitas?

Domingo 10 de septiembre de 2006

Merced a sus más recientes atropellos, las barras bravas del fútbol argentino han recuperado amplios espacios en los medios periodísticos. Esa difusión no hace otra cosa que confirmar -por si así hiciese falta- que esas bandas delictivas no sólo no se han llamado a sosiego, sino que han ampliado sus respectivos campos de acción y, en más de un caso, se han enquistado dentro de los clubes, al amparo de soterradas protecciones que, entre otras cosas, configurarían temibles asociaciones ilícitas.

Como para muestra basta un botón, salta a la vista el ejemplo de la cobarde agresión que habrían cometido miembros de la barra brava de River -autodenominada "Los borrachos del tablón"- para manifestar su rencor por el traspié sufrido semanas atrás por ese equipo de fútbol en un cotejo clásico. Esos turbios personajes mafiosos invadieron el estacionamiento del estadio Monumental, agredieron a los custodios y tajearon los neumáticos de más de una docena de automóviles pertenecientes a dirigentes y futbolistas riverplatenses.

Los aún anónimos incursores son de la misma ralea de quienes domingo por medio irrumpen a cara descubierta en las tribunas diez minutos después de comenzados los partidos, llevándose por delante a quien ose oponérseles y exentos de toda clase de control policial. Son también los mismos que, financiados por debajo de la mesa, viajaron a Alemania para presenciar los partidos del campeonato mundial de fútbol -lujo que estuvo fuera del alcance de la inmensa mayoría de los argentinos- y no pararon en sus excesos hasta que los detuvo la policía alemana.

Sin embargo, los dirigentes y los futbolistas perjudicados coincidieron ante la Justicia en ignorar la existencia de tales personajes. Sólo un jugador, el guardavalla Juan Pablo Carrizo, tuvo la hombría de admitir que los barrabravas son cotidianos visitantes de las instalaciones de River y, en más de un caso, se jactan de ser socios de la entidad.

Llámese cobardía, temor o franca complicidad, esa actitud -muy acorde con ciertas "contribuciones" contantes y sonantes que suelen percibir los violentos- sólo benefició al grupo de violentos que ahora pasa por ser el más turbulento de todo el fútbol argentino.

No son, por supuesto, los únicos que se han hecho acreedores a tan mala fama. Todas las entidades afiliadas a la Asociación del Fútbol Argentino padecen las maldades disfrazadas de pasión deportiva en que incurren esas bandas de facinerosos, cuya peligrosidad nunca es escasa.

Admitir que las barras bravas son un mal endémico y darse por vencido sin haber extremado esfuerzos para acabar con ellas equivaldrá a rendirse a discreción y someterse al arbitrio de estas bandas organizadas. Obviamente, controlarlas primero y erradicarlas después exigirá una intervención conjunta, monolítica, sincera y decidida de la Justicia, la policía, la Asociación del Fútbol Argentino, la dirigencia de los clubes, sus asociados, los futbolistas y hasta los meros simpatizantes. Será menester aislar a los revoltosos, disolver sus asociaciones espurias y sancionarlos uno por uno de acuerdo con la magnitud de sus respectivas inconductas. Asimismo, no contribuir a su sustento -potenciado, según se sospecha, por la venta de drogas y la comisión de delitos en las tribunas-, no protegerlos escondiéndolos tras la cortina del silencio y menos exhibirse junto a ellos.

Erradicar a las barras bravas no es imposible. Otros países han logrado hacerlo. Si los argentinos nos quedamos de brazos cruzados y no emprendemos esa sana empresa, mucho menos podremos esperar salir victoriosos de la acción que, más temprano o más tarde, deberemos librar contra otras formas de violencia y, en definitiva, contra la inseguridad que hoy por hoy nos agobia.

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