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Martes 14.10.2008 (actualizado hace 755 días)

José van Dam, un intérprete superior

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Miércoles 20 de setiembre de 2006 | Publicado en edición impresa 
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José van Dam, un intérprete superiorEl barítono mostró certeza y ductilidad Foto: Fabián Marelli

Recital de José van Dam , barítono, con Maciej Pikulski, piano. Programa: canciones de Fauré, Duparc y Debussy; arias para barítono de óperas de Mozart, Berlioz, Delibes, Bizet y Gounod. Liszt: Fantasía sobre Rigoletto de Verdi, para piano. Mozarteum Argentino. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno

Cuando, hace unos cuantos años, Maya Plisetskaya, en el ocaso de su carrera, arribó a nuestra ciudad, sus fanáticos y todos los amantes del ballet descubrieron que lo que sus músculos ya no podían aportar era reemplazado, mágicamente, por movimientos sutiles de brazos y manos y de ciertos detalles de expresión realizados con gestos mínimos.

Ahora que José van Dam ha arribado con sus sesenta y seis años y una trayectoria gloriosa, admirable y magistral, este último adjetivo no sólo traído como epítome de perfección artística sino también en su más literal significado en cuanto al ejercicio de un verdadero magisterio, vuelven a la memoria aquellas figuras retóricas utilizadas con tanta pertinencia para aludir a las inclemencias del tiempo que pasa y a las búsquedas compensatorias.

Habida cuenta de los varios Mefistófeles que Van Dam trajo a colación, en esta ocasión habría que recurrir a José Hernández o la sabiduría popular y afirmar, de un modo más llano, que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Vaya todo esto para confirmar que hay una declinación en las aptitudes vocales de Van Dam y una aplicación consistente de interpretaciones sustitutivas, notables, aunque tal vez también insuficientes.

Más allá de un programa que puede merecer observaciones por contenidos, al menos, opinables, la actualidad vocal de José van Dam no es aquella que pudimos degustar hace más de una década cuando, por ejemplo, cantó el protagónico de Simon Boccanegra , de Verdi, o cuando ofreció una inolvidable lectura del Viaje de invierno , de Schubert. Apenas comenzó con Après un rêve , de Fauré, se pudo percibir que algo había cambiado. Porque ya no era una cuestión de intimismo, sino de cierta escasez en el volumen y de una disponibilidad restringida de la voz en ambos extremos del registro.

Quien fuera definido, correctamente, como un bajo barítono ha perdido, por lo menos según lo demostrado anteanoche, la envergadura, la soltura y la firmeza de aquellos bajos que causaban emociones profundas por la certeza y la ductilidad más que por un color propio de los verdaderamente bajos.

Pero en la región de los agudos, las facilidades tampoco abundaron y hubo afinaciones dudosas y una constante puesta en práctica de un esfuerzo evidente para poder alcanzar las notas que excedían el Mi agudo.

En la primera parte del programa, Van Dam escogió un muestrario de canciones francesas de Fauré, Duparc y Debussy que, de una punta a la otra y salvando las diferencias obvias, bordearon la interioridad, el recato y la suavidad. Sólo Le Manoir de Rosamonde , de Duparc, con una carga concreta de energía más desembozada, escapó de una monotonía que se instaló irremediable. Además, porque esta actualidad de Van Dam no permite ofrecer las pinceladas y ciertos pormenores que podía aportar en otras oportunidades. Paradójicamente, quien sí aprovechó al máximo las posibilidades que se le aparecieron en las partituras fue Maciej Pikulski, un pianista estupendo en quien confiar.

En la segunda parte, el barítono asumió el riesgo de presentar arias de ópera, con las ventajas y desventajas que el hecho tiene cuando, dentro de un concierto de cámara, no hay orquesta, sino únicamente un piano. Pero fue con este repertorio que Van Dam volvió a mostrar su maravilloso arte de intérprete superior. Según las arias y sus textos, a puro histrionismo y con actuaciones muy logradas, lució cómico, austero, guerrero, bondadoso, contemplativo, desesperado o enamorado. Con apenas alguna inflexión de la voz, la pronunciación de una palabra determinada, una mirada, una gesticulación o una sonrisa, Van Dam crea un fantástico mundo de ilusiones.

Su modo de construir un personaje o de narrar una situación es prodigioso y hace olvidar la necesidad de la orquesta o del devenir dramático propio de una ópera, transformando las arias en unas muy dignas canciones autosuficientes. Entre el Mozart inicial y los franceses del final, Pikulski tocó la Fantasía sobre Rigoletto , una paráfrasis de Liszt sobre temas de la ópera de Verdi. Curiosamente, aquellas exquisiteces demostradas como pianista acompañante quedaron un tanto relegadas cuando denotó alguna brusquedad en el fraseo de las melodías encomendadas a su mano izquierda.

Fuera de programa, José van Dam cantó un aria del tercer acto de Hérodiade , de Massenet, y La calunnia è un venticello , de El barbero de Sevilla , de Rossini, una típica aria para bajo bufo que hubiera requerido mayor anchura y volumen, precisamente, en los bajos.

Por Pablo Kohan
Para LA NACION

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  • 1eluzzatiVer perfil del usuario

    20.09.0622:19

  • Me gustó mucho más la 2nda parte, cuando cantó las arias de óperas. Me emocionó mucho verlo en vivo y me pareció excelente el pianista.
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