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"El símbolo de la política argentina es el laberinto de Borges"

El italiano Riccardo Campa, profesor y ensayista, ofrece su mirada sobre el país

Miércoles 20 de septiembre de 2006

ROMA.– “El símbolo de las inquietudes políticas de quienes buscan hoy una solución a los problemas de la Argentina parece ser el laberinto de Borges y su inclinación a lo fantástico.”

Así se expresa Riccardo Campa, profesor de Historia de las Ideas Políticas en las universidades de Bolonia y Nápoles y director de la colección Biblioteca delle Idee, de la editorial Rizzoli. Fue recomendado ni más ni menos que por Eugenio Montale, premio Nobel de Literatura en 1975, de quien fue amigo.

Campa es autor de libros publicados en Italia, España, Brasil y la Argentina. Entre ellos se puede citar a El conocimiento científico occidental y el pensamiento político latinoamericano, Las nuevas herejías, El tiempo y la imagen, La época de Einstein, La recta y la curva, Reflexiones sobre nuestro tiempo y Meditaciones en la penumbra con Jorge Luis Borges.

Agregado cultural de la embajada italiana en la Argentina a fines de la década del ochenta, el profesor Campa ha seguido manteniendo numerosos contactos con instituciones universitarias y culturales de nuestro país.

En su extensa obra hay trabajos sobre autores argentinos, no sólo Borges, sino también Cortázar y Sabato, a quienes frecuentó. En 1962, Campa escribió el primer trabajo sobre Ernesto Sabato publicado en Italia.

Entrevistado en su despacho de director de la Biblioteca del Instituto Italo Latinoamericano de Roma, el profesor Campa habló con LA NACION sobre Borges y la literatura, pero también sobre el fenómeno de la globalización y los problemas del mundo contemporáneo.

-Existe un proceso de transformación en el que todos estamos involucrados. Por un lado, la globalización económica, y por otro, la exclusión social, la degradación ecológica y las cada vez mayores tensiones internacionales. Como especialista, ¿cuál es su opinión al respecto?

-La inestabilidad mundial, vinculada con los efectos de la globalización, se debe en gran medida a los movimientos no globales, o sea, los que reivindican la tradición, preocupados por asuntos que antes fueron motivo de revoluciones. Así, en nombre de la justicia social, de la estabilidad, del reconocimiento geográfico de determinadas comunidades, proponen trazar para el planeta un futuro que contrasta con la actual dinámica tecnológica. La idea de que algunos países tecnológicamente avanzados influyen en el destino de los menos desarrollados, según un criterio iluminista, depende, sin embargo, del azar ideológico. La evolución tecnológica separa y une las áreas opulentas y las deprimidas según una suerte de "mística del deseo" que antecede y refuerza ciertas formas de fetichismo: la adquisición de objetos en serie como símbolo mundano de la modernidad. Por otra parte, los conflictos contemporáneos (predominantemente económicos) que asoman en el escenario mundial reflejan la vulnerabilidad del sistema respecto de la distribución de la riqueza, así como por las manifestaciones de fanatismos nacionalistas y religiosos.

-Esto se vería reflejado en el actual conflicto bélico del Cercano Oriente...

-Tras la caída del Muro de Berlín, el estallido de los nacionalismos con trasfondo étnico, racial y religioso responde a la exigencia, expresada por distintas comunidades, de considerar sus tradiciones como garantía de identidad en el contexto internacional. El fundamentalismo religioso se relaciona también, de algún modo, con el fracaso de la aspiración a la justicia social. Ese fracaso es determinado por manipulaciones políticas que tienden a preservar el sistema impuesto, avalando los intereses de los países más fuertes, económica y tecnológicamente. El conflicto palestino-israelí constituye la expresión extrema de la geopolítica del pasado. Los esfuerzos deberían orientarse hacia la creación de espacios propios para las dos comunidades en pos de la paz regional. Si el territorio donde se desarrolla el conflicto no tuviera el peso de una tradición religiosa, el doloroso enfrentamiento no tendría sentido.

-Le propongo trasladarnos a otro ámbito geográfico: el de América latina. Como experto en esta región, ¿es optimista o pesimista acerca de su porvenir?

-Me interesa especialmente el caso boliviano. Las últimas elecciones presidenciales demostraron que el sistema político puede inspirarse en un criterio étnico, racial. Así como en Sudáfrica los negros consiguieron la igualdad con los blancos, en Bolivia los indígenas han conquistado la igualdad con los descendientes de europeos, y hasta los han superado, asumiendo el poder político como instrumento para dar consistencia a una normativa institucional y a reivindicaciones del pasado. Si bien este proceso político resulta legitimado por el consenso de la mayoría, el criterio con el que Bolivia piensa hacer frente a los desafíos de la modernidad tiene, fundamentalmente, naturaleza genética. Pero la sociedad consumista exige una competencia de orden teórico-práctico, no derivada fácilmente de la pertenencia étnica. El esfuerzo por adquirir el conocimiento, la competencia, le permitirá a Bolivia, como a otros países latinoamericanos, tutelar su potencial energético, actualizándolo en el mercado global, en beneficio, también, de países todavía afligidos por vertiginosos endeudamientos con el Fondo Monetario y la Banca Mundial, las dos instituciones hasta ahora sufragadas, prioritariamente, por los países hegemónicos.

-Usted ha vivido como diplomático en la Argentina y conoce nuestra realidad. Ese antecedente nos lleva a pedirle su opinión sobre la evolución de nuestro país desde los puntos de vista social y cultural.

-La cultura argentina a partir de los años 20 del siglo pasado no fue ajena a las profundas conmociones sociales de Europa, sosegadas después de Yalta, pero con renovada vigencia de un lado y otro de la frontera entre el socialismo real y el capitalismo. Además de la presencia de Jorge Luis Borges, que animó la escena cultural argentina con una literatura de resonancias universales, Ernesto Sabato interpretó, con dramática extraversión sintáctica, el conflicto de la inmigración en un espacio abierto a la movilidad social, espacio que otros escritores, como Ricardo Güiraldes, Leopoldo Lugones y Macedonio Fernández, reflejaron desde una perspectiva modernista, de origen francés, como una pantalla contra el avance industrial, tecnológico y totalizador. Su contribución es relevante en el ocaso de las certidumbres burguesas que en Europa representaron Nietzsche, Thomas Mann y Robert Musil. El laberinto de Borges y la inclinación a lo fantástico parecen constituir en la Argentina el símbolo de las inquietudes políticas de quienes buscan hoy una solución a sus problemas. La experiencia de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial se conecta también con las formas menos edificantes del devenir político europeo y extraeuropeo. Por desdicha, el nivel de originalidad cognitiva y expresiva de la literatura parece haber declinado.

-Finalmente, ¿cree que la ciencia y la cultura de signo humanista pueden desempeñar un papel importante en la recuperación de valores morales, espirituales, que hoy parecen flaquear?

-El humanismo integral de Jacques Maritain y el materialismo histórico se disputan la hegemonía de la razón de la existencia, mientras que el neoliberalismo se propone atenuar sus efectos, permitiendo al género humano la ilusión de participar del bienestar y de la distribución equitativa de los recursos. La capacidad de invención artística anticipó los descubrimientos científicos modernos. Dostoievski, Musil, Mann, Bulgakov, Céline fueron escritores que reflejaron un mundo en transformación, un mundo que -como diría Eugenio Montale- pierde la piel como los reptiles después de su letargo. El paso de la economía agraria a la economía industrial y de ésta a la de los servicios postula actualmente un conocimiento de hechos que se materializan rápidamente sin que ello permita los momentos de reflexión cultivados por la literatura de otras épocas, desde Homero hasta Carlo Emilio Gadda, en sus aspectos más edificantes.

Por Antonio Requeni Para LA NACION

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