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Una clase magistral de canto lírico

Martes 03 de octubre de 2006

Concierto vocal e instrumental de Soledad de la Rosa (soprano). Orquesta Barroca del Rosario. Director: Juan Manuel Quintana. Programa: arias de las óperas Tamerlano , Scipione, Ottone, Giulio Cesare y Riccardo Primo, y partes instrumentales de Admeto, Re di Tessaglia, Alcina, Rodelinda, Ottone y Rademisto de Georg Friedrich Händel (Alemania, 1685-1759), dedicadas a la soprano Francesca Cuzzoni (1700-1770). Organizado por Concierto Pilar Golf. Salón Auditorio del Club House. Nuestra opinión: excelente

Una feliz iniciativa tuvo la organización del ciclo musical que se lleva a cabo desde abril en la sede del Club House de Pilar Golf al invitar a la soprano Soledad de la Rosa y al conjunto instrumental Barroca del Rosario, con la batuta de Juan Manuel Quintana, para desarrollar un programa íntegramente dedicado a música de Händel.

Un acontecimiento artístico que muy probablemente haya sido incomparable, porque no se recuerda otro similar o parecido, al haber estado dedicado a páginas del repertorio lírico de un solo compositor, con orquesta de época y de tan formidable compromiso vocal.

Además, como el resultado artístico fue relevante, tanto por la atinada elección de las obras como por la jerarquía musical alcanzada, se concretó un acontecer artístico al que se debería considerar entre los más notables de la actual temporada de conciertos y, acaso, entre lo aportes más brillantes y exclusivos de los que se recuerda de un cantante, tanto nacional como extranjero.

Es que más allá de la exigencia impuesta por el mismo creador, autor de más de cuarenta óperas, casi todas ellas ricas en arias de gran inspiración y envergadura, Soledad de la Rosa dejó escuchar de manera contundente e incuestionable su hermoso timbre de voz, que provocó placer auditivo por su cristalino color, segura entonación y variedad de inflexiones y matices. Asimismo, su manifestación de aplomo y confianza en sus posibilidades transformó su actuación en una verdadera clase magistral de canto lírico.

Ya desde el aria "Par che mi nasca in seno", de la ópera Tamerlano , se apreciaron los factores básicos del buen cantar, como la perfecta articulación de las palabras sin resentir la línea del fraseo, claridad para resolver con justeza rítmica la resolución de los adornos característicos del estilo barroco -detalle que implica el abordaje de pasajes de agilidad sin perder expresividad-, entre otros aspectos que pusieron al descubierto el formidable bagaje de recursos del más alto nivel técnico que posee Soledad de la Rosa.

Por su parte, la dirección musical de Juan Manuel Quintana logró mucha calidad del conjunto instrumental que destaca ese sonido transparente de las cuerdas frotadas con arcos de la época del autor, un violonchelo da gamba, tiorba y clave, además de las flautas (destacada actuación de Rodrigo Calveyra, cuando con un pícolo dialogó con la voz de la soprano en una de las arias de la segunda parte), oboes y fagot, todos ellos a cargo de instrumentistas especializados, como quedó evidenciado en las breves y gratas páginas para orquesta en magníficas entregas. Gesto expresivo, vitalidad, estilo y ritmo preciso fueron los logros de un auténtico maestro, con toda la dimensión que conlleva el término.

Logró, asimismo, Soledad de la Rosa, un impacto merecedor de un festejo de admiración cuando ofreció de memoria uno de los momentos más inspirados del autor, el aria "Piangerò la sorte mia", que alterna partes lentas con otras rápidas y brillantes en las coloraturas, aquí bien comprometidas, por cierto. Se trata de una cumbre de ese notable título de Händel que es Giulio Cesare in Egitto , acaso una de las obras mas difundidas de la galería de óperas del autor germano. El canto de la artista provocó una feliz reacción del público.

A continuación de un momento instrumental y en una demostración de enorme capacidad y resistencia, agregó para el cierre "Da tempeste il legno infranto", de la misma ópera, lo que generó un sostenido aplauso, motivo del agregado de un momento del aria de Scipione que se había escuchado en la primera parte. Sobrio y atinado final para una jornada de buena música que ha de quedar en el recuerdo.

Por Juan Carlos Montero Para LA NACION

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