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Editorial II

GNC para los colectivos

Opinión

A falta de los añorados tranvías y, también, merced a las décadas de retraso que lleva la extensión de las líneas de subterráneos, los colectivos se han ido convirtiendo en el medio de transporte público más tradicional y más utilizado de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Son imprescindibles para movilizarse, lo cual no obsta para que las empresas propietarias se empeñen en manifestar que, por causa del encarecimiento de sus insumos, trabajan a pérdida, lo cual las lleva a reclamar en forma incesante el aumento de las tarifas.

Ahora, una iniciativa de cuño argentino propone que esos vehículos sean reconvertidos para el empleo de gas natural comprimido (GNC). En caso de que esa innovación fuese aceptada, contribuiría a disminuir los costos de los servicios y serviría para atemperar el disgusto empresarial implícito en aquellas manifestaciones.

La ecuación es sencilla y factible, según el especialista Luis Juanicó, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), reconocido especialista en eficiencia energética. Y le sobran razones: los 1500 millones de dólares que ahora deben ser invertidos para subsidiar al gasoil -combustible escaso y en camino de extinción, si se llegasen a concretar los pronósticos pesimistas acerca del paulatino agotamiento de nuestras reservas petrolíferas- podrían ser aplicados a concretar aquella modificación. Y la iniciativa resultaría doblemente positiva porque plantearía la posibilidad de utilizar un propelente más barato y, además, permitiría ahorrar aquel derivado del petróleo.

Ningún país del mundo ha avanzado tanto en la utilización del GNC como la Argentina. Este progreso notable comprende la elevada calidad de los equipos aquí fabricados. Ambas características confluyen, por supuesto, en el elevado consumo y llamativo aprovechamiento del GNC en el medio local. Una singularidad que, asimismo, abarca el hecho de que ese producto es empleado aquí en forma abrumadoramente mayoritaria por los automóviles, mientras que en otros países la proporción es inversa en favor de los vehículos pesados.

Se interpreta, entonces, que la actitud reacia de los poseedores de vehículos pesados -categoría que, por supuesto, incluye a los colectivos- puede hacer pie en las erróneas suposiciones de que aquí no hay cilindros de carga de GNC con la capacidad apropiada para satisfacer los requerimientos de esa clase de automotores; que se carece de estaciones de servicio dotadas de suficientes bocas como para garantizar una rápida atención, y que si el vehículo se quedase sin gas debería ser remolcado hasta los centros de reabastecimiento. Pero ocurre que cualquiera de esas prevenciones carece de sustento en la realidad, porque la iniciativa nacional ya les ha puesto remedio eficiente.

El terreno es, entonces, fértil y sólo bastaría sembrarlo y cosecharlo para obtener beneficios evidentes. Las empresas dedicadas al transporte público de colectivos son las responsables de dar el primer paso para tomar debida nota de ese conjunto de progresos tecnológicos y comenzar a adoptarlos. Están a su entera disposición no sólo para restablecer sus deterioradas finanzas, sino, por otra parte, para que los subsidios de los cuales disfruta hoy en día el gasoil puedan ser derivados a otros destinos igualmente importantes y, en definitiva, para que una vez solucionadas aquellas acuciantes alternativas deficitarias las empresas puedan abocarse a mejorar sus menguadas prestaciones, en especial en cuanto a la factibilidad de incrementar sus ahora retaceadas prestaciones nocturnas. .

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