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El hombre que vivió demasiado

Tenía 20 años cuando, en 1972, el avión en el que viajaba con su equipo de rugby se estrelló en la cordillera de los Andes. Autor de Milagro en los Andes (Planeta), recuerda aquella experiencia que le cambió la vida y explica cómo la transmite a los demás

Domingo 08 de octubre de 2006
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LA NACION

Un superviviente. Treinta y tres años después, Nando Parrado sigue siendo un superviviente. Lo sabe, lo dice, lo siente así. Tenía 20 años cuando protagonizó una de las tragedias aéreas más dramáticas de la historia: la caída del avión Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya sobre las montañas de los Andes, entre la Argentina y Chile. Fue el 13 de octubre de 1972. La historia es conocida: Nando era uno los jugadores del Old Christians Rugby Club, de Montevideo, que viajaban a Santiago de Chile para jugar un partido amistoso. Cuarenta y cinco personas iban a bordo, entre ellas, su madre y su hermana menor, Susy. Sólo dieciséis sobrevivieron al frío y el hambre extremos. La carne de los cadáveres de sus compañeros les salvó la vida. Fueron setenta y dos días en la Cordillera y Parrado los narra en primera persona:

"Durante las primeras horas no había nada, ni miedo ni tristeza, ni la sensación de que pasaba el tiempo (...), tan sólo un silencio largo y perfecto. Entonces se hizo la luz, un haz fino y gris de luz solar, y salí de las tinieblas como un buceador que nada lentamente hacia la superficie (…) Oí voces y noté movimiento a mi alrededor (…) Vamos, Nando, ¡despierta! (…) No te rindas, Nando, estamos contigo. ¡Despierta! (…) ¡El avión se estrelló! ¡Caímos en las montañas! Nos estrellamos. ¿Me entiendes?"

Estas palabras están en su libro, Milagro en los Andes (Planeta). Nando Parrado era uno de los tantos heridos. Un traumatismo cerebral lo tuvo en coma durante tres días. El calor de los cuerpos de sus amigos le permitió vivir. Al tercer día buceó hacia la luz y supo que su madre había muerto y que su hermana agonizaba. Al octavo día, Susy murió en sus brazos.

"Este es un libro que no lo podría haber escrito hace 30 años", reconoce Nando, el hombre que vivió demasiado, el exitoso empresario y productor de televisión en Montevideo, esposo de Veronique van Wassenhove y padre de Verónica y Cecilia.

–Siempre digo que las cosas me encuentran; siempre ha sido así. Empecé a escribir para mi familia, para mis amigos, para los que vendrán. Fue Veronique, mi mujer, la que me dijo que mucha gente quería conocer la historia contada por mí. En mi vida todo aparece; nada es planificado.

Desde hace más de diez años, Parrado dicta conferencias sobre su experiencia en las montañas en distintas partes del mundo, charlas en las que revela los detalles que hoy recorren las páginas del libro, que se editó primero en los Estados Unidos y que rápidamente se ubicó en los primeros puestos de ventas. Ahora se publica en 34 países y en 14 idiomas.

–¿Por qué cree que la gente se identifica tanto con su historia?

–Todos tenemos nuestros Andes. La gente reconoce en el libro su historia, su propia lucha. Mi experiencia les da escalofríos, pero también les da ánimo porque se dan cuenta de que, a pesar de vivir el más cruel de los sufrimientos, y de tenerlo todo en contra, pude resistir.

En cada página, su historia se convierte en una novela con tintes de autoayuda, donde el autor insiste en que lo único crucial en esta vida es la oportunidad de amar y ser amado.

–Antes de morir, Arturo Nogueira, uno de los más valientes del grupo, repetía una y otra vez: Incluso en este lugar, incluso aunque suframos, vale la pena vivir la vida. Este sigue siendo el mejor consejo. Vive cada momento.

Compartir esa experiencia al límite puede ser de utilidad para los demás. De eso está convencido Parrado, quien desde 1991 dicta conferencias a jóvenes empresarios en diversos países del mundo.

–¿Qué recuerda de la primera charla en la que transmitió su experiencia a otros?

–Luego de aquella charla, extraños con lágrimas en los ojos se acercaron a darme un abrazo. Algunos me contaron sus duras experiencias. Sentí una conexión muy fuerte con todas esas personas. No sólo comprendían mi historia, sino que la hacían suya. Me satisface que tanta gente pueda encontrar fuerza y consuelo en lo que digo. Siempre digo que el usar mi sufrimiento como fuente de inspiración me ha ayudado a curar mis heridas.

De eso sí se habla

El 22 de diciembre de 1972, luego de diez días de una odisea imposible, Nando Parrado y Roberto Canessa vieron a un hombre, Sergio Catalán, el campesino que los ayudaría. Su historia recorrió el mundo y pronto se convirtieron en derribadores de un tabú.

"Nos moríamos de hambre. Nos obsesionamos con la búsqueda de comida (…) Cuando el cerebro percibe el inicio de la inanición, cuando se da cuenta de que el cuerpo ha empezado a descomponer sus propios tejidos para usarlos como combustibles, libera adrenalina en señal de alarma de un modo tan violento e intenso como el impulso que lleva a un animal acorralado a huir del depredador que lo ataca (…) Supongo que hay ciertas líneas que la mente cruza muy lentamente. Cuando mi mente cruzó finalmente ésta, lo hizo con un impulso tan primitivo que me dejó anonadado (…) Había contemplado la carne humana e instintivamente la había considerado comida (…) No tenía sabor. Mastiqué, una o dos veces, y después me obligué a tragarla. No me sentí culpable ni avergonzado. Hacía lo correcto para poder sobrevivir."

Así lo recuerda, sin ahorrar detalles, sensaciones y temores.

–Entendíamos la magnitud del tabú que acabábamos de romper, pero el destino nos había obligado a elegir entre ese horror y el horror de una muerte segura –comenta–. Lo que nosotros hicimos allá arriba, a 6 mil metros de altura, fue muy de avanzada. Fuimos tan perfectos como sociedad. Como grupo logramos hacer allí lo que hoy, treinta años después, el mundo hace. Cuánta gente hoy firma documentos diciendo Si yo muero, dono mis órganos. Yo firmé. Cuánta gente dona sus órganos para que pueda vivir un pariente, una hija, una madre, un hermano. Se saca un riñón, le dona una córnea, le dona un pulmón. Nosotros hicimos un pacto: Si yo muero, por favor utilízame para que alguien pueda vivir, por lo menos acá. Las únicas reglas que nos regían eran las que nos imponían las montañas, nadie más. Y las montañas no te quieren ahí. Si te quedas lo suficiente, te matan.

–¿Las familias de los que no sobrevivieron entendieron lo que hicieron?

–Sí, muchos de los padres de los muchachos que fallecieron expresaron públicamente su apoyo, diciendo que comprendían y aceptaban lo que habíamos hecho. Nos quieren como hijos. Supongo que en su yo más íntimo cuando nos ven piensan por qué sobrevivimos nosotros y no sus hijos. Es un sentimiento lógico. En el primer encuentro con mi padre le conté sin rodeos que nos habíamos comido la carne de los muertos. El sólo me dijo: Hiciste lo que debías. Estoy contento de que hayas vuelto a casa.

En Uruguay, la tragedia se convirtió en una cuestión de orgullo nacional; para muchos se trató de una aventura gloriosa. "Incluso llegaron a decirme que me envidiaban por mi experiencia en los Andes y que hubieran deseado estar allí conmigo." En los medios, la hazaña fue comparada con la "heroica" victoria de la selección uruguaya en el Mundial de 1950, en Brasil y frente al local.

Pero no todo lo que se decía y se escribía eran halagos. La prensa sensacionalista se ocupó de lo que habían comido para sobrevivir con cierto prejuicio.

–Al poco tiempo de ser rescatados, las autoridades de la Iglesia Católica anunciaron que, según la doctrina eclesiástica, no habíamos pecado al comer la carne. El pecado hubiera sido dejarse morir. Los medios han dicho de todo, y hacer frente a eso, después de lo que nosotros pasamos, fue como un juego de niños. Siempre lo han hecho por detrás. Pueden escribir lo que quieran, pero nunca lo van a decir de frente.

–¿Cuál es para usted la lección de vida que aprendió allá arriba, en los Andes?

–Tomar decisiones; aunque suene extraño, eso fue lo más importante. Siempre digo que allá arriba tomé la decisión más importante de mi vida en veinte segundos. Estábamos en la expedición con Roberto [Canessa]; desde hacía días caminábamos para tratar de llegar a algún lado, pero lo único que veíamos era nieve y montañas. En una de las escaladas llegamos hasta una cumbre convencidos de que del otro lado veríamos algo que nos diera una mínima esperanza. Subimos hasta lo más alto, levantamos la cabeza y, en lugar de ver un valle verde, nos dimos cuenta de que seguíamos en medio de la Cordillera. En ese momento yo elegí cómo morir, me paré frente a Roberto y le dije: O nos morimos mirándonos a los ojos o nos morimos caminando. Yo quiero morirme luchando.

–¿Era una decisión tomada?

–Fue la decisión más importante que tomé en mi vida: cómo morir. Decisiones, de eso se trata la vida. De tomar decisiones. La gente tiene miedo de decidir, miedo de hacer. Yo las decisiones más difíciles de mi vida las tomé allí. Decidí cómo me iba a morir dos o tres veces. Qué otra decisión comparada con ésa en tu vida puede ser tan importante. Las demás son todas circunstanciales.

En marzo de este año, Parrado volvió al lugar del accidente, esta vez junto a Veronique y sus dos hijas.

–¿Ellas se lo pidieron?

–Sí. Ellas me pidieron ir por primera vez, y me sentí feliz. Me siento feliz porque, al ver lo que me pasó, estoy en paz conmigo. Tanto tiempo viví bajo la sombra de la muerte que aprendí lo que significa estar vivo.

Para saber más: www.parrado.com

Muy personal

Nando Parrado nace en Montevideo, Uruguay, en 1949. Hermano mayor de Susana y menor de Graciela.

En 1972, es protagonista de una las mayores tragedias aéreas. Su madre y su hermana menor mueren por causa del accidente. Nando sobrevive 72 días y encuentra su camino de regreso después de 10 días de una maratónica caminata junto a Roberto Canessa.

Poco tiempo después del rescate trabajó con Piers Paul Read para escribir el best seller mundial ¡Viven! Veinte años más tarde se convirtió en el asesor de la película que llevó el mismo título.

Vive en Montevideo, junto a su esposa y sus dos hijas.

Es empresario y productor de televisión, presidente de la empresa Seler Parrado SA. Además, dicta numerosas conferencias en las que relata su experiencia en los Andes.

Cada 22 de diciembre, coincidiendo con el día del rescate, se reúnen todos los sobrevivientes a celebrar el "nuevo cumpleaños".

La lección de los Andes

Por Mario Mactas

Al conversar un rato con Fernando Parrado –con Nando Parrado– las cosas cambian. Hay varias razones. Parrado es uno de los dieciséis sobrevivientes de los Andes, en 1972, después de que el avión diera con la panza contra un pico helado y cayera a velocidad de crucero, tres veces, la última en un principio que iba a depositarlo sobre un glaciar. A cuatro miles de metros de altura, cuarenta grados bajo cero, se partió. La mayoría murió entonces: en teoría, en ese escenario y con lo que había ocurrido, si alguien sobreviviera no podría mantenerse vivo más de treinta y seis horas. Fernando Parrado y sus compañeros sobrevivieron setenta y dos días.

Consiguieron poner en funcionamiento la radio del avión, hasta escuchar que habían desistido de buscarlos: se sintieron tan muertos como los muertos helados y queridos que allí estaban. Los vivos, con ropa de verano, quemados por el frío ácido, hicieron bolsas con telas del avión, anteojos con vidrios del fuselaje para proteger la vista, y tomaron algunas decisiones. Esperar todo lo que fuera posible y alimentarse del cuerpo de los muertos.

A llegar el día setenta y dos, Parrado y Roberto Canessa resolvieron intentar la salida. Subieron varios picos con la fuerza misteriosa que les quedaba, para encontrar siempre otro, alto, en el camino a la desesperación absoluta. Como un puntito lejano, vieron un arriero a caballo, lo alcanzaron, y poco después, desde un helicóptero, señalaban el lugar y rescataban a los demás.

Parrado, uno de los hombres extraordinarios del siglo XX, llevó adelante, con sus amigos y compañeros, un hecho que es a la vez una tragedia y el triunfo de un sistema: reemplazar el concepto de revolución –lucha por el poder, la comida, la vida– por el de adaptación. Una visión compartida: todos eran estudiantes disciplinados y optimistas, confiaban en el futuro, conocían las ciencias y la literatura -–por eso se repartieron tareas y propósitos–, y tenían una buena condición física gracias al deporte.

Al romper estremecedoramente el tabú y comer parte de los que no habían vivido, fueron hacia la única fuente de proteínas –sin ellas, la muerte–, y anticiparon la idea de la donación de órganos: alguien muere para que otro viva. Fernando y sus compañeros –todos muy amigos hasta hoy–- fijaron un modelo que en nuestros días siguen grupos, países, sociedades que superan la adversidad y el error y avanzan hacia un mundo en el que la vida sea mejor.

* El autor es periodista

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