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Un retrato emotivo del tango y su gente

Jueves 19 de octubre de 2006
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El último bandoneón (Argentina-Venezuela/2005). Dirección: Alejandro Saderman. Con Rodolfo Mederos, Marina Gayotto y otros. Guión: Graciela Maglie y Alejandro Saderman. Fotografía: Miguel Abal. Música: Rodolfo Mederos. Presentada por Distribution Company. Hablada en español. Duración: 90 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: buena

El bandoneón, ese instrumento que hace muchos años llegó de Alemania para insertarse en las orquestas de tango, es el eje central de este film que combina armónicamente el documento con la ficción a través de una muchacha triste y desgarbada que se gana la vida tocando en colectivos y subterráneos. Ella, Marina Gayotto, que se interpreta a sí misma, sueña con integrarse a la orquesta juvenil que está formando Rodolfo Mederos, y llega hasta él para rendir una prueba. No hay duda, dice su maestro, de que ella no carece de talento, pero su bandoneón ya está deteriorado por tanto tiempo de transitar los hombros de su dueña.

Mederos ve en Marina a una ejecutante de talento y le sugiere conseguir otro bandoneón que pruebe sus verdaderas virtudes. Y allí va ella a visitar a viejos maestros de ese instrumento, se detiene en salones de baile en los que el tango y sus cultores pueden darle alguna pista para cambiar su maltrecho fuelle y recorre los talleres de luthiers que, con cálidas palabras, la guían hasta hallar un mítico Doble A, el Stradivarius de los bandoneones. La travesía de Marina por esos lugares con sabor porteño pintan con enorme devoción un Buenos Aires en que bailarines y músicos rescatan los compases de nuestro ritmo popular en medio de recuerdos, de añoranzas y de anécdotas que hablan de la devoción por esos temas populares -muchos de los cuales ilustran el film- que anudan a antiguos maestros con parejas jóvenes que van descubriendo el sabor sensual de los ritmos tangueros.

Mederos, el maestro
Mederos, el maestro. Foto: Distribution Company

Alejandro Saderman, un director argentino que pasó gran parte de su vida en el exterior, logró con El último bandoneón una emotiva mixtura que refleja la emoción de sus personajes con la solvencia del equipo técnico, y la fluidez narrativa y la riqueza y precisión del montaje que el realizador supo imponer a su trabajo. Todos y cada uno de los personajes del film evocan lo mejor del tango y llegan a la ternura cuando se detienen en ese grupo de veteranos bandoneonistas que se reúnen semanalmente para no olvidar sus ya lejanos tiempos en que se presentaban ante colmados auditorios. Rodolfo Mederos irradia un carisma tranquilo, propio del devoto de una disciplina artística que le entregó sus secretos, y pasa por la pantalla con su arte y su simpatía. El último bandoneón es una historia tan pequeña como atractiva y tan emotiva como singular, armada con inteligencia y apasionamiento.

Hacia el final, las parejas bailan al compás de una orquesta típica, con el marco de seis veteranos bandoneonistas. Un film que habla del amor por el tango con la simplicidad de esos seres que, bandoneón sobre sus rodillas, agasajan a nuestra música porteña.

Adolfo C. Martínez

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