Toda acción humana es significativa
Toda acción apela a sentidos, intencionalidades. Buscar el sentido de una acción es indagar en las circunstancias y representaciones que la propiciaron, con el fin de esbozar una explicación que nos brinde una mayor comprensión de los hechos. Se podría catalogar a la batalla de San Vicente dentro de un conjunto de hechos violentos de similares características, que parecen ser cada vez más habituales en nuestro país.
A primera vista resulta casi inevitable encontrar similitudes con las riñas domingueras de las canchas de fútbol y con otros enfrentamientos grupales durante movilizaciones populares, en los que la psicología de la masa adquiere un rol protagónico. Pero tal vez sea más interesante explorar la cuestión de fondo. Quizás la violencia como forma de acción política persiste debido a que encuentra terreno fértil en el espíritu de las personas involucradas.
Para ellos, la violencia, el amedrentamiento y las amenazas, son un medio válido para obtener beneficios porque así lo indica su propia experiencia de vida: es que existen ámbitos culturales en los que los resultados de aplicar esta metodología son más productivos que perjudiciales para quien los ejecuta. En pocas palabras, el axioma central de dicho ámbito podría ser que "el que no llora no mama y el que no roba es un gil".
No deberíamos sorprendernos de la existencia de estos ambientes si fuéramos plenamente concientes del enorme porcentaje de argentinos excluidos del estilo de vida propio de las clases media y alta. Es que en el imaginario popular engordado por la propaganda política de turno y por los medios de comunicación -dirigidos a un público con capacidad de consumo- este estilo de vida es el de la mayoría. Nada más alejado de la realidad.
El acto de San Vicente no es más que es otro indicio de la palpable existencia de grandes masas de relegados que, luego de 60 años de peronismo, siguen constituyendo la mayoría del pueblo argentino, que crece y subsiste a duras penas a espaldas del resto de la sociedad, clamando por un lugar en la agenda política y social que los ha olvidado sistemáticamente. Allí, en los márgenes dejados por un estado endeble, en retroceso, se marchitan las promesas de dignidad y bienestar otrora ligadas al trabajo y a la vida comunitaria, vaciando de sentido los valores inculcados por instituciones como la familia y la escuela, también en franca decadencia.
Los valores tradicionales de la cultura occidental y cristiana pasaron de ser importantes orientadores del accionar a ser semillas incapaces de germinar en tan hostil terreno. En tales circunstancias, la persona se encuentra encerrada en un inmanentismo sofocante. El resentimiento acumulado día a día por la sensación de futilidad de su accionar para mejorar sus condiciones de vida puede incitarla a tomar medidas extremas para sobrevivir, prosperar y construir su identidad, su subjetividad.
Es aquí donde encuentran terreno fértil el oportunismo, el facilismo, la violencia, el egoísmo, el ocio, las soluciones mágicas redentoras. ¿Cómo culparlos? Privados de todo, cualquiera sentiría, como mínimo, la tentación de optar por esa vía. Años y décadas más tarde, se hace cada vez más difícil revertir esta tendencia. Generaciones de argentinos siguen sometidos a tal régimen inmanentista que coarta gravemente su libre elección de caminos alternativos más nobles.
Habrá que analizar los motivos por los que se produjo esta avasallante derrota de las instituciones en la lucha por la construcción y propagación de representaciones más edificantes. Un trabajo pendiente, que hereda con vergüenza la generación del bicentenario. .
Luciano Mendez luciano_mendez_@hotmail.com