Las elecciones mañana en Misiones pueden marcar un antes y un después en la situación política argentina. Es la primera contienda electoral en la que el conjunto de las fuerzas opositoras a Néstor Kirchner confluyen en una única opción política, expresada en la lista que encabeza el obispo Joaquín Piña.
Se trata de un episodio políticamente relevante. La Argentina se caracteriza hoy por el cuarto año consecutivo de alto crecimiento económico, la existencia de un gobierno que cuenta con elevado respaldo de la opinión pública, fuerte concentración del poder político e institucional y notoria fragmentación de la oposición. Sin embargo, hechos recientes comienzan a inducir cambios en este escenario.
En diciembre de 2001, el fracaso del gobierno de la Alianza generó una monumental frustración, que dejó sin representación política a gran parte de la clase media de las grandes ciudades, que forma a la opinión pública. La consecuencia fue que esa clase media tuvo un estallido de ira "antipolítica", manifestado en el "¡que se vayan todos!", y en el descreimiento en un sistema político que había perdido su naturaleza bipartidista, ya que, ante la implosión del radicalismo, quedó monopolizado de hecho por el peronismo.
El gobierno de Kirchner nació jaqueado por el fantasma de la ilegitimidad. Para compensar esa fragilidad, ejecutó una estrategia para lograr el respaldo de esa opinión pública, que combina su recelo hacia el peronismo con esa actitud "antipolítica". En esa búsqueda de respaldo, Kirchner ha utilizado una retórica de confrontación, destinada a la construcción de una base de poder propia. Durante los primeros tres años, esa estrategia contó con el auxilio de la recuperación económica, inseparable del crecimiento de la economía mundial. Pero ocurre que en la Argentina el proceso político corre por una vía paralela al crecimiento económico y que una característica del sistema político es su fragilidad institucional, en la que los mecanismos de acción directa reemplazan las mediaciones políticas.
Kirchner es el dirigente político que mejor interpretó esta situación de fragilidad institucional y movilización social. Advirtió que la preservación de la estabilidad política depende del respaldo de la opinión pública y del control de las movilizaciones callejeras. Esta es la razón de fondo de su estilo político y de la estrategia de confrontación. Dicha estrategia genera consecuencias que están más allá de la voluntad de sus impulsores. De allí que la oposición a Kirchner surja como respuesta a la política de confrontación, antes que como una construcción sistemática.
Suele plantearse la visión según la cual los superávit fiscal y de cuenta corriente, más el alto crecimiento son garantía de la continuidad del oficialismo. El diagnóstico opuesto es el que ve en el respaldo de la opinión pública y en el control de las movilizaciones callejeras la garantía de gobernabilidad en la Argentina post 2001. Si se pierde este respaldo, y las movilizaciones callejeras recuperan su autonomía, aún con las más favorables condiciones económicas, el poder político se disuelve rápidamente.
Cabe prever una tendencia creciente a la polarización. La línea divisoria es la reelección presidencial. Un polo, encabezado por Kirchner, tiene ya una fisonomía clara. El otro es todavía un rompecabezas por armar. Las elecciones de Misiones juegan un papel decisivo. Hay un dato revelador aún antes del resultado electoral del domingo: todas las encuestas indican que, en Posadas y en las principales ciudades, el oficialismo será derrotado. Su única chance de triunfo residiría en una aplastante victoria en las zonas rurales. Significa que en esta primera contienda electoral en que el gobierno confronta un polo opositor unificado, la clase media urbana habría resuelto abandonar al oficialismo.
El autor es director del Instituto de Planeamiento Estratégico