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Bibliografía

La hidra de las imágenes

Suplemento Cultura

LACRIMAE RERUM
Por Slavoj Zizek-(Debate)-Trad.: Ramón Vilà Vernis-316 páginas-($ 38)

Vale la pena comenzar con una digresión. Lejos, en tierra de extraños, un héroe observa un friso que describe la batalla de la cual él mismo viene huyendo. La guerra apenas si ha acabado y sin embargo, todo está allí, retratado como si se tratase de un episodio inmemorial, cuando en realidad es un evento enteramente contemporáneo y próximo. El espectáculo implica una misteriosa virtualidad. El héroe observa su presente en la pantalla del pasado e incapaz de reprimir su desconsuelo, exclama: "Tales son las lágrimas de las cosas...". Por supuesto, la fábula pertenece a la Eneida y describe el estupor de Eneas al confrontar un espejo omnisciente y ubicuo mientras se halla en el palacio de Dido.

Aunque jamás mencione el peculiar pasaje en su texto, Zizek -curioso híbrido entre Hegel y Lacan y hasta cierto punto, rebelde ante el consenso deconstruccionista- parece servirse de la metáfora para escenificar las paradojas que plantean los medios, desde Matrix hasta el ciberespacio, pasando por las filmografías de Kieslowski, Tarkovski, Hitchcock y Lynch. Zizek aborda la hidra de la cultura de masas desde una mirada a un tiempo desenfadada, cínica y llena de guiños de incorrección política, alcanzando varios y afortunados clímax de virtuosismo teórico. Conspira contra la felicidad del libro, no obstante, la verborrea escolástica que anega sus observaciones, obligando a que éstas sufran el corsé lacaniano y sus penosos neologismos y permutaciones pseudomatemáticas. Una y otra vez nos asalta el viejo y sobado triángulo edípico, revestido esta vez de un febril rococó hegeliano, cuyas circunvoluciones no tienen mejor desenlace que el mero pleonasmo o bien la tautología sentenciosa. Con todo, Zizek logra instantes de verdadero vértigo heurístico. El capítulo consagrado al cineasta ruso Andrei Tarkovski, por ejemplo, debe de ser una de las interpretaciones más agudas sobre el director ruso, quien cae del limbo de la alta cultura para regresar, vía Zizek y su flotante diván, al horizonte de la sensiblería populista.

Por contraste, mucho menos clarividente se muestra a la hora de analizar el ciberespacio. Habiendo llegado tarde al fenómeno de la cultura digital (nació en 1949), Zizek procura ponerse al día y baraja impúdicamente términos como "chips" o "bytes", aunque su esfuerzo no redunde, al cabo, sino en un aggiornamento más bien estereotipado, cuando no en puro fetichismo tecnológico. Para Zizek, Internet es algo así como un gran escaparate para citarse a ciegas, donde la singularidad del "sujeto posmoderno" recibe un auténtico bautismo de fuego. Es allí, en la interfaz virtual, y gracias a la plasticidad que supone esta máscara anónima, donde asoman las primeras grietas del complejo de Edipo ( sic ), quedándole al usuario la alternativa de sucumbir a la castración o, en su defecto, alcanzar una distancia irónica respecto de sí mismo.

© El Mercurio / GDA .

Cristián Barros
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