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La Sinfónica al máximo nivel

Domingo 05 de noviembre de 2006
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Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Luz Ramírez (piano). Programa: Obertura criolla , op. 20, de Ernesto Drangosch (Argentino 1882-1925); Concierto para piano, K. 467, de Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo 1756-Viena 1791), y Sinfonía Nº 5 , en Re menor, op. 47, de Dmitri Shostakovich (San Petersburgo1906-Moscú 1975). Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: excelente

Se está clausurando la temporada musical y la Orquesta Sinfónica Nacional continúa en una situación francamente tragicómica. Como un Ave Fénix revive de tanto en tanto en lugares imprevistos, conformada por toda su planta de profesores que incluye al titular del organismo Pedro Ignacio Calderón y al oboísta Andrés Spiller, que además es subdirector.

Pero esas esporádicas apariciones de la orquesta oficial de la Secretaría de Cultura de la Nación no alcanzan a conformar una temporada coherente a la altura de su calidad, circunstancia claramente evidenciada en las palabras del concertino Luis Roggero al explicar que pese al estado de crisis que se prolonga por falta de soluciones a los problemas por los que atraviesan, se encuentran ahí porque aman su condición de músicos por vocación y por respetar al público.

El organismo rindió todo su potencial bajo la batuta de Pedro Ignacio Calderón
El organismo rindió todo su potencial bajo la batuta de Pedro Ignacio Calderón. Foto: Rodrigo Néspolo

Pero lo más inexplicable y conmovedor sobrevino a renglón seguido, cuando se escuchó un programa musical de altísima calidad, conducido por Pedro Ignacio Calderón, que ofreció con generosidad su capacidad intelectual y autoridad artística. Todo parece un cuento imaginado por Kafka.

Como prólogo se escuchó una versión poco menos que ideal de la Obertura criolla de Ernesto Drangosh, ese notable compositor, docente, pianista brillante, formado en Buenos Aires y en Europa, que en su colorida partitura, donde abunda el ritmo de milonga con sabor gauchesco, dejó la marca de un talento noble, refinado y sencillo.

La batuta con su consumado oficio logró ofrecer una acertada traducción de la simpática creación dejando lucir detalles interesantes de la orquestación, rica en ideas melódicas originales y de la que surge una encantadora atmósfera nacional inconfundible que provocó, con la última batuta, una amable y prolongada sensación de felicidad del numeroso público que, dicho sea de paso, está conformado en su inmensa mayoría por melómanos, mayores y jóvenes, que no se ven en los ciclos de entidades privadas con precios de localidades que no están a su alcance.

A renglón seguido -¡por fin el piano se ubicó desde el principio en su lugar y esta vez se evitó como debería ser siempre en todo concierto de moverlo y desafinarlo con su movimiento!- se escuchó a la pianista chilena Luz Ramírez radicada en nuestro país, en San Juan donde estudió y se perfecciona todavía en ascendente evolución, en la interpretación del famoso concierto para piano K.467, de Mozart.

La versión se apreció con agrado por la sobriedad de la pianista que exhibió buenos recursos académicos y por el acierto de Calderón en dar con sabiduría esa chispa de energía interna que caracteriza al lenguaje sinfónico de Mozart en casi todas sus obras. Ritmo vivaz en los movimientos extremos de la composición y una liviandad ideal en el famoso andante para no caer en un fraseo de atmósfera romántica, estirada y melancólica, deformación usada con frecuencia, pero que traiciona a una de las páginas más inspiradas del creador.

Luz Ramírez actuó con discreción dejando lucir por sobre todo buen criterio musical, con un fraseo elegante, en tanto que desde el punto de vista técnico tuvo el buen tino de la mesura en los tempi , clara articulación y una expresión matizada dentro de los límites aceptados para ser fiel al lenguaje mozartiano. El público le tributó un cálido aplauso.

En la segunda parte, la Sinfónica Nacional y su director ofreció una memorable interpretación de la quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich, partitura tan cargada de connotaciones biográficas, trágicas por el drama que vivió el autor y todo el pueblo de Rusia en el tiempo de las purgas stalinistas que sembraron tanto retraso intelectual y tanta angustia.

Capacidades reconocidas

Calderón reiteró en su versión su conocida capacidad para enfrentar con enjundia el lenguaje del gran sinfonismo, que no es sólo lograr un rendimiento técnico pulcro de parte de la orquesta, sino el de dar con el clima que quiso transmitir el autor, como acontece en el moderato inicial del primer movimiento; tono pastoril, placidez que denota angustia, en el segundo allegretto, conciso y de espíritu popular; o ese largo memorable que muere con notas desgranadas por el arpa y la celesta y que constituye una de las cumbres más inspiradas del autor, y por último el carácter victorioso e imponente que debía significar redención, júbilo y esperanza en el futuro.

El resultado fue superlativo y no sería justo ni pertinente mencionar y destacar la calidad de los solistas con partes protagónicas, aunque sí hay que señalar la movilidad de Gerardo Gandini desde el piano a la celesta alejados en extremo, no sólo por el peso de su trayectoria, su devoción a la tarea y su autoridad de alguna manera marca el nivel general de los músicos ahí reunidos.

En realidad del conjunto surgió una eficacia profesional incuestionable que ahonda más la falta que se comete con un organismo de tan alto nivel artístico imposibilitado de llevar adelante temporadas de nivel internacional, pero no sólo en Buenos Aires, sino a lo largo y ancho de toda la república que es el fundamento de su existencia, realidad nada menor que parece olvidada desde hace mucho tiempo por los gobiernos, que no fueron pocos.

Juan Carlos Montero

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