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Entrevista

Política educativa: la escuela bajo la lupa

Enfoques

Experto en Educación,hoy miembro del macrismo, Mariano Narodowski asegura que en el plan educativo del Gobierno no hay una visión radicalmente distinta a la de los 90, y lamenta que entre escuelas y familias se imponga una relación clientelar: "Transformamos a los alumnos en clientes"

"Uno de los principales criterios que hoy tiene la educación en la Argentina es la satisfacción del cliente", define, contundente, el doctor en Educación Mariano Narodowski, para quien esa "relación clientelar", que reemplaza la asimetría por un diálogo de iguales, no permite enseñar. Sólo habilita a los docentes a negociar y, muchas veces en desventaja, los obliga a conceder. "Educar es siempre una relación asimétrica, que no tiene que ser dominio o sumisión, pero tiene que conservar cierta asimetría. La última palabra debe ser de la escuela", repite.

Ex maestro, director del área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), especializado en la historia y las políticas educativas comparadas, autor de quince libros y más de 170 artículos, Narodowski acaba de presentar el libro Dolor de escuela (Prometeo), una compilación de artículos que ilustran "esa sensación de pérdida y de melancolía que aparece cuando se escucha hablar de educación en la Argentina. Se habla menos de la educación como vehículo de ascenso social, de progreso y de alegría, y más con cierta incomodidad", describió Narodowski a LA NACION antes de partir a los Estados Unidos, donde pasará cinco meses como profesor invitado en la Universidad de Harvard.

Narodowski -que hoy integra las filas del macrismo y cuyo nombre suena como legislador o funcionario de Educación en una hipotética gestión de ese sector en el gobierno porteño- desafía: "En el proyecto del Poder Ejecutivo no hay ninguna visión radicalmente distinta a la de la década del 90".

Mira con lupa la escuela, pero pone buena parte de las razones de la crisis fuera de ella: en una dirigencia que no se toma en serio la educación más allá de los discursos, en adultos que quieren ser adolescentes, en crisis que transformaron la idea de familia y en un poder político que propone debatir una nueva ley de educación "sin tener un proyecto educativo claro y sin gestión".

-Se repite mucho que la escuela es impotente para cumplir con sus funciones tradicionales y que en ella se ve también la retirada del Estado. ¿No podría pensarse que la escuela es un espacio donde la presencia estatal resiste?

-Absolutamente, hay una estatalidad fuerte que a veces es muy positiva en términos de presencia adulta y social y muchas veces es muy negativa en términos de burocratización, de sobrerreglamentación, de coartar la libertad de los educadores. Mi hipótesis desde hace muchos años es que no existe retiro del Estado, en ningún caso el Estado se retira y mucho menos en educación. En todo caso se reconvierte hacia formas que pueden ser mejores o peores de la política.

-Con un marco legal distinto, con leyes de educación como la que ahora promueve el Gobierno, ¿se puede salir de la crisis actual?

-La realidad no se cambia con leyes. Las leyes deberían ser más bien el producto de un proyecto, un elemento más de una política educativa. En la Argentina estamos discutiendo leyes sin que tengamos claro para qué, entonces corremos el riesgo de una discusión hueca, estrictamente nominal y por fuera de la política educativa. El Gobierno planteó una ley sin tener un proyecto educativo claro, sin políticas claras y sin gestión, con lo cual la ley entra en el terreno del vacío. Sin políticas adecuadas, con una nueva ley la realidad va a seguir igual.

-No parece que hubiera una revisión, se plantea como empezar de nuevo.

-Es un empezar de nuevo sin empezar demasiado. En el proyecto del Poder Ejecutivo no hay ninguna visión radicalmente distinta de la de la década del 90. Ninguno de los elementos centrales de la normativa -a la que yo me opuse fuertemente en su momento- ha cambiado, ni la lógica del financiamiento, ni la de la federalización, ni los contenidos, ni el rol del Consejo Federal.

-Mucha gente que ahora trabaja en este proyecto estuvo en la década del 90 dando forma a esa norma.

-Eso no es malo. Lo que no es bueno para la República es que no se hagan cargo de esa situación. En una democracia la continuidad es importante, incluso de los funcionarios, pero haciéndonos cargo de los defectos y no renegando de lo que se ha hecho.

-¿No hay una falta de sintonía en las expectativas recíprocas entre alumnos, padres y maestros en la escuela?

-Creo que hemos cambiado el enfoque: de una visión civilizatoria en la que la familia tenía que adaptarse a la escuela y cualquier conflicto se dirimía en favor de la escuela, hemos pasado a una visión que es cada vez más clientelar, o de customización de la familia y los alumnos. Uno de los principales criterios que hoy tiene la educación en la Argentina es la satisfacción del cliente. Suponemos que una escuela es buena cuando la población está satisfecha del servicio que recibe. Y eso no es sólo en escuelas privadas, puede ser en la escuela pública más pobre. Hemos transformado a los alumnos en clientes.

-¿Usted lo ve como un fenómeno estrictamente escolar o encuentra lazos con la escena socio-cultural, por ejemplo, propia de los 90?

-Por supuesto que no es solamente una relación intraescolar y que es propia de la nueva cultura del capitalismo. Sin embargo, en otros países existe una decisión de los funcionarios y de los docentes por mantener la palabra del docente como la "última palabra" mientras que en la Argentina esto parece desalentarse y la palabra del docente está devaluada. No creo que esto sea propio de los 90, aunque es verdad que en la Argentina esta etapa del capitalismo se inició en esos años. Las políticas educativas actuales tienden a aislar a los educadores y, por lo tanto, contribuyen a que la respuesta que éstos tengan que dar esté dada por la presión de la demanda más que por proyectos pedagógicos consistentes. Y en esa transformación hay una equivalencia entre adultos y niños, entre escuelas y familias, entre docentes y alumnos. Esa equivalencia sólo permite la negociación y en ella va desapareciendo la imagen y el rol del educador. Educar es siempre una relación asimétrica, que no tiene que ser dominio o sumisión, pero tiene que conservar la asimetría. La negociación, en cambio, es equivalencia.

-¿Por qué la escuela aceptaría perder esta asimetría?

-Me parece que el motivo es evitar el conflicto. Antes el conflicto se dirimía a favor de la escuela, hoy no se sabe. Los educadores estamos muy temerosos de salir perdedores en los conflictos, por eso lo que hacemos es conceder, transar. Hay educadores que hoy tienen actitudes o prácticas que hace algunos años les hubieran parecido inadmisibles.

-¿Por ejemplo?

-Que todos pasen de grado, que los chicos falten pero igual les pongan presente, estar constantemente negociando frente a los problemas de disciplina o convivencia escolar. Se concede para que no haya conflicto.

-De todos modos pareciera que el estado de conflicto en las escuelas se mantiene.

-El conflicto está latente y presente, en especial en las escuelas secundarias. Lo estaba antes también, lo que pasa es que se dirimía siempre favorablemente para la escuela. Entiendo que hay que reestablecer una alianza escuela-familia basada en la justicia y en la confianza, sin dominio ni sumisión, pero que tiene que ser asimétrica y por lo tanto la última palabra debe ser la de la escuela. Es imposible establecer una relación educativa si la última palabra está en discusión.

-¿Los argentinos tenemos problema con la autoridad?

-En la escuela, muchos educadores sienten la autoridad como algo violento. La principal victoria ideológica de la dictadura del 76 fue habernos hecho creer a muchos argentinos que cualquier forma de autoridad es necesariamente sumisión, dominio, terrorismo y tortura. Nos cuesta pensar la autoridad desde un lugar de confianza y de justicia.

-¿Qué lugar le da a la infancia el discurso pedagógico actual?

-La escuela tradicionalmente estaba configurada para una infancia obediente, dependiente y heterónoma y para una adolescencia obediente y sufrida. Hoy, por el contrario, nuestra sociedad considera no sólo que los niños no son dependientes ni obedientes, sino que los adolescentes han dejado de ser sufridos. Más aún, los adultos quieren ser adolescentes y los chicos ya no nos obedecen automáticamente. Pero hay que buscar nuevos modelos legítimos de adulto que se puedan ajustar a las nuevas infancias. Se trata de mostrar que hay formas de ser adulto que son muy enriquecedoras e interesantes, y que en el paso del tiempo y en la experiencia hay muchos elementos positivos.

-¿No hay una suerte de doble moral en la clase media con respecto a la educación?

-Creo que la dirigencia argentina tiene un doble discurso respecto de la educación, no sólo la política, también la empresaria y los intelectuales. No somos capaces de debatir un proyecto a fondo respecto de este tema.

-¿Por qué?

-En los años 60 empiezan a discutirse nuevos métodos pedagógicos. En muchos países, ese cambio se procesó dentro de las escuelas estatales, pero en la Argentina la solución que se encontró fue que las familias con mayores recursos pudiesen elegir escuelas privadas para quedar por fuera de la crisis de la educación. Eso terminó siendo un boomerang, porque hoy el problema es generalizado. Muchos dicen hoy que "la educación argentina está mal pero la escuela a la que mando a mi hijo es buena". Eso no es cierto, es una visión ideológica y narcisista de la realidad. El problema no está solucionado para nadie.

-¿Por qué para los intelectuales la educación parece un tema menor, del que raramente se ocupan?

-Nuestro país es un país angustiado por los ciclos de la ilusión y el desencanto, que son ciclos socioeconómicos, con lo cual es bastante justificable que la educación esté en un segundo plano. Por eso, este momento de crecimento económico y una cierta estabilidad, a pesar del 30% de pobres que parece ser un piso que lamentablemente va a tener la Argentina por mucho tiempo, es un buen momento para discutir de educación. Por eso lamento que se discuta de leyes, que sería el último elemento por debatir. .

Por Raquel San Martín
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